Hay lugares donde la generosidad está reglada. Donde el que ofrece lo hace sin medir, y el que recibe se toma su tiempo para aceptar, porque aceptar de entrada estaría mal. En Irán eso tiene nombre propio, taarof (تعارف). No tiene traducción al castellano, porque no nombra un gesto suelto sino todo un sistema de cortesía.
Es un ida y vuelta de ofrecimientos, rechazos e insistencias donde cada uno se ocupa de poner al otro adelante. Y no es protocolo de embajada, es la vereda. Está en una puerta, cuando dos personas se pasan minutos insistiendo en que el otro entre primero. Está en un negocio, cuando el vendedor rechaza el dinero y la otra persona insiste en pagar. Nada de esto está escrito en un cartel en la frontera. El que llega lo aprende desde adentro.
Fernando Duclos, más conocido como Periodistán, lo vivió en primera persona. Estuvo tres meses en Irán y se fue solo porque se le terminaba la visa. Se encontró con la gente más hospitalaria del planeta, que no lo dejaba pagar nada, con familias que se peleaban por ver quién lo alojaba y quién le daba de comer.
Nació en Buenos Aires en 1986 y empezó como periodista deportivo, hasta que dejó la redacción para contar regiones de las que la prensa argentina habla poco. En 2013 arrancó en Somalia y cruzó África durante nueve meses. En 2019 salió de España rumbo a Kirguistán por la Ruta de la Seda, que contó en tiempo real desde Twitter para cientos de miles de lectores. Luego salieron sus tres libros, editados por Futurock, Crónicas africanas, Un argentino en la Ruta de la Seda y Un viaje a la India de carne y hueso. Hoy guía viajes en grupo y forma parte del streaming El Régimen.
Después de más de una década haciendo preguntas en países que casi nadie cubre, esta vez le tocó contestar.
-Viajás por lugares donde a veces no hay señal. ¿Cómo tomás notas: cuaderno, grabador, memoria?
-Eso fue cambiando mucho con el correr de los años. Mi primer viaje largo, pre-Periodistán, fue un viaje por África en 2013… Eran tiempos en que los celulares apenas servían para jugar algunos jueguitos, alguna aplicación de mensajería. No había internet en todos lados, uno no podía pagar por celular. Todo cambió muy rápido.
En un principio, lo que yo hacía, y lo sigo haciendo hasta hoy, es tratar de averiguar lo más que pueda del lugar o los lugares a los que voy antes de salir, como haría cualquier periodista previo a hacer una entrevista. Así que en ese sentido es algo que uno sigue haciendo, y esa modalidad no cambia.
Yo trato de saber lo más que puedo, de llenar lo más que puedo mi mochila de conocimiento antes de ir al lugar, porque mientras más cosas sepas, más historias vas a encontrar.

En un principio, imaginate, en 2013, lo que yo hacía era pagar una hora de ciber, como se hacía en aquel momento. Y en esa hora de ciber yo tenía un pendrive, ponía mi pendrive en la computadora del locutorio y, durante una hora, primero le avisaba a mi mamá y a mi papá que estaba todo bien, y después, durante 50 minutos, me la pasaba copiando y pegando sin leer todo lo que me apareciera en Wikipedia y en demás páginas respecto al país en el que estaba. Copiaba, pegaba y me armaba un Word de 500 páginas. Y después, ya a la noche en el hotel, sin conexión a internet, abría ese documento Word en la computadora y leía y averiguaba lo que había sobre ese país en el que estaba.
Más allá de si es con teléfono, si es con grabador, si es con una libreta de anotaciones, sea como sea, el soporte es lo de menos. Lo que importa es que, a cada lugar al que vas, mientras más conozcas sobre el lugar, entonces mucho más jugo le vas a poder sacar a la estadía, al viaje.
–¿Qué hacés con todo lo que no entra en el libro?
-Por ejemplo, para mi libro de la Ruta de la Seda, viajé 14 meses. Cada día me pasaban un montón de cosas… Mi gran problema para hacer ese libro fue, principalmente, que yo siento que conté el 5 % de lo que me pasó. Y obviamente hay un 95 % que para mí fue súper interesante, que estuvo espectacular, pero lo tenés que sacar, porque no podés hacer tampoco un libro de 10 mil páginas. Siempre está el problema de que uno siente que quiere contar todo lo que le pasó, que todo fue espectacular, que tenés un montón de información, que querés compartirla, y en un momento tenés que seleccionar. Yo, la gran mayoría de cosas, o de acciones, o de hechos, o de sucesos, o de información que me pasaron o que recabé en mis viajes, no la conté. Y probablemente ya me la olvidé. Me acuerdo de días en particular, de hechos, de sucesos, y después había un montón de cosas interesantes que se me perdieron, que no las supe ver, y otras que simplemente pasaron.
Hoy no recuerdo exactamente lo que hice cada día de mi viaje, pero sí te puedo decir que hoy veo el mundo diferente y soy una persona diferente porque en ese momento viajé. Eso significa que me marcó, que hubo un montón de cosas que se internalizaron en mí.
-¿Hubo algún libro que te haya enseñado a viajar antes de que vos viajaras?
-Yo leía muchos blogs y muchas páginas de internet de viajeros. No tanto por ver cómo viajar, sino a qué lugares iban. A mí no me gustaba el relato que hablaba siempre en primera persona y sobre el viajero mismo. Era como “no me importa lo que te pasó en el hostel en Bangkok, me interesa que me cuentes sobre la cultura tailandesa”. Entonces iba teniendo modelos sobre lo que a mí me gustaba y lo que no me gustaba hacer. Y a partir de eso, fui dándole mi forma a mi viaje, tratando siempre de usar la primera persona, porque es importante mostrar que uno está en Afganistán, que uno está en Irán, que uno está en Omán, pero al mismo tiempo intentar que el relato no gire en torno a uno. Lo importante es que, en algún punto, intento servir de vehículo, de herramienta, para que la gente aprenda cosas sobre otros lugares.
Leí muchos libros que obviamente me sirvieron para aprender mucho de los lugares a los que yo iba. En mi primer viaje por África, leí Ébano, de Kapuściński, a mí me fascinaba y yo decía “yo quiero hacer esto, quiero hacer exactamente lo que hizo este hombre en los 60”. Después, para viajar a la Ruta de la Seda, leí un libro que me fascinó mucho, que se llama El corazón del mundo, de un historiador, Peter Frankopan, que me explicaba por qué los lugares a los que yo iba, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, eran tan importantes en la historia de la humanidad, cosa que yo no tenía la menor idea.
-Ahora que viajás pero guiando grupos, ¿cambia lo que vos ves cuando se lo tenés que mostrar a los otros?
-Intento que no cambie, porque creo que la gente elige viajar conmigo también porque existe esa esencia de que vas a ver el lugar de la forma en que yo tal vez lo vi hace unos años. Trato de ser la misma persona, y creo que más o menos lo soy, en general mi mirada no cambió mucho. Me sigo sorprendiendo con cosas que ya vi varias veces, me sigo maravillando de escuchar historias que tal vez yo escuché 10 veces. Lo hago con mucha pasión y mucho entusiasmo, realmente me apasiona.
Ahora, los viajes son diferentes. No es lo mismo ir solo que ir con 20 personas, no es lo mismo dormir en carpa que dormir en un hotel, no es lo mismo desayunar atún que te sobró que estar en un desayuno de hotel. Se me abren las puertas a un montón de cosas que antes no podía hacer, porque no tenía el dinero o no tenía la forma. La primera vez que fui a Egipto, no fui al museo porque ya no tenía ni un peso. Después volví a Egipto con un grupo, fuimos al Museo Egipcio de El Cairo y dije “por Dios, cómo me había perdido esto”. Pero lo pude hacer porque iba con un grupo, porque estaba todo pago.
Entonces, obviamente que cambia mucho, sí, pero yo intento que la esencia, que es el descubrir, el sorprenderse, el conocer algo nuevo, el tratar de entenderlo, intento que eso siga siempre en pie. Y creo que es lo que la gente más valora. No vamos a los lugares simplemente a hacer un viaje para sacar fotos, tratamos realmente de entender, con todas sus complejidades.

-Desde que viajás tanto, ¿qué cosa argentina te empezó a resultar exótica?
-Al contrario. Tal vez hace un tiempo me hubiera sorprendido por algún tipo de costumbre o algo, pero después de haber visto tantas cosas en el mundo, le encuentro patrones parecidos a muchas cosas que de otra forma tal vez me hubieran sorprendido más.
Argentina es un país maravilloso y tiene lugares que realmente uno los ve cinco, diez y mil veces y se sigue sorprendiendo cada vez, y son lugares que no existen en otras partes del mundo. Las Cataratas del Iguazú son una maravilla, el glaciar Perito Moreno es una maravilla. La predisposición constante que tenemos los argentinos de juntarnos y comer un asado y hacer todo juntos y compartir y charlar, eso no se ve en otras partes del mundo. Este país tiene un montón de cosas hermosas e interesantes, y no hay que irse hasta el Círculo Polar Ártico para ver el glaciar, no hay que irse hasta la selva amazónica para ver las Cataratas del Iguazú, y un montón de otras cosas más. La llanura misma, que para nosotros que vivimos en Buenos Aires es una cosa absolutamente normal, salir a la ruta durante cuatro horas para ver solamente llanura, a ninguno de nosotros nos sorprende. Sin embargo, en otras partes del mundo se vuelven locos. Que no haya gente en la Patagonia, el hecho de que no haya gente y de que vos puedas manejar por una ruta durante seis horas sin cruzarte a nadie, para mucha gente es impresionante.
Nuestro país tiene un montón de cosas increíbles, increíbles. No las caracterizaría como exóticas, pero porque tampoco caracterizo como exótico a ningún pueblo de Vietnam, o de Camboya, o de Eritrea. ¿Quién puede decir qué es exótico, en última instancia? Habrá cosas que son más parecidas a lo nuestro y otras que son más diferentes, pero en última instancia, para la gente que vive en el valle del río Omo, en Etiopía, el exótico soy yo.
-Viajaste a India con tu papá. ¿Qué se ve de un padre a quince mil kilómetros que no se ve en un asado familiar?
-Sí, pero no aplica solamente a mi papá, aplica a todo. Con un amigo, una pareja, o los papás incluso, los conocés de una forma, la interacción que se va a generar si comparten un mes en India va a ser diferente, y ahí vas a ver un montón de cosas, ni malas ni buenas, diferentes, porque actuamos diferente cuando estamos viajando, actuamos diferente frente a determinados estímulos, actuamos diferente en culturas y países que no conocemos.
Mi papá hizo el viaje a India conmigo en 2022, a sus casi 70 años. Viajar a India es difícil, es muy difícil incluso para personas jóvenes, y él se la recontra bancó y lo disfrutó. Y se cansó mucho, sí, porque India es cansador, es fascinante y cansador. Pero viajó en tren, se movía en transporte público, conoció India de primera mano, real, al norte, al sur, comió comida callejera conmigo. En ese sentido es muy admirable, y yo me volví muy contento.
-¿Hay alguna palabra o concepto intraducible que hayas traído de algún viaje?
-Una palabra o un concepto… Uno que siempre cuento, es el concepto de taarof, que es algo que existe en Irán y que lo cuento en el libro de la Ruta de la Seda. El taarof es como una gentileza constante, preparada, premeditada, y al mismo tiempo necesaria para llevar a cabo tus relaciones sociales.
Yo subo a un taxi en Irán, le pregunto al taxista cuánto es y el taxista me dice “no, nada, para usted es gratis, porque usted es extranjero y es mi amigo”. Y ahí yo le digo “no, pero yo le quiero pagar, porque usted está trabajando, usted me llevó”. “No, que no.” “Que sí, que sí.” “Que no.” “Que sí.” Y podemos estar así unos 10 minutos, hasta que finalmente el taxista me dirá “bueno, ok, son 100 riales”, que es la moneda de allá, y entonces ahí yo le pago los 100 riales y nos vamos todos contentos.
Desde el primer momento, cuando él me ofreció viajar gratis, yo ya sabía que le iba a terminar pagando. Pero hubiera estado muy mal que él no me lo hubiese ofrecido, y al mismo tiempo hubiera estado muy mal también que yo lo hubiese aceptado. Entonces, esos 10 minutos que se generan en el medio de “que sí, que no”, de charlar, son 10 minutos que en última instancia sirven para conocerse, para decir cosas lindas, para agradecer. Y uno tal vez, como occidental, diría “che, qué pérdida de tiempo, si ya sabían que lo iba a terminar pagando desde el primer minuto, ¿por qué no lo pagó y ya?”. Bueno, son diferentes formas de pensar el mundo, y a mí particularmente me gustaba. En un momento, a veces se vuelve ya como medio repetitivo, pero las relaciones humanas se dan un poco con ese concepto, y es un concepto súper interesante para conocer.
-Me nombraste más de una vez a Irán. ¿Hay algún país que te haya marcado más que el resto?
-Irán es un país que me marcó muchísimo. Me quedé tres meses, 90 días, y no me quedé más porque se me acababa la visa. Me encontré con la gente más hospitalaria del planeta. No podía pagar nada, no me dejaban. Se peleaban para ver qué familia me alojaba, para ver dónde me daban de comer. Era algo increíble lo que me pasó. Me pasó algo similar también en Afganistán, me pasó algo similar en muchos países de Medio Oriente, me pasó en Turquía, en Asia Central, incluso me pasó en India. Pero bueno, Irán fue como el acercamiento a la calidez y la hospitalidad humana. Me pasó en Omán también, pero en Omán particularmente con un amigo, un gran amigo que me hospedó durante un mes y me llevó a todos lados y hacíamos todo juntos. Gente buena, realmente buena. Es injusto que te tenga que nombrar un solo país, pero bueno, sí, en general es esa parte del mundo la que más me atrapó: Medio Oriente.
-La gente va a los lugares a sacarse fotos, a fotografiarlos. ¿Vos pensás que hoy queda un lugar sin fotografiar? ¿Está todo fotografiado ya?
-Está todo fotografiado ya. Pero después, en los viajes uno encuentra también el disfrute, el regocijo, el placer en cosas que no son turísticas. Te pongo otra vez el ejemplo: viajando por Irán hay una familia que me invita a irme de picnic con ellos, y me pasé todo el día en una plaza, tomando té, divirtiéndome, aprendiendo de la cultura, jugando al fútbol con los chicos y demás. Ese día para mí va a ser increíblemente lindo, y no hace falta tampoco ir a Machu Picchu. No hace falta tener la foto del año. Después, obviamente, hay lugares más fotografiados, más turísticos, otros menos. La Torre Eiffel es más fotografiada que Papúa Nueva Guinea, de eso no hay duda.

-A los cinco años sabías todas las capitales del mundo. Para vos, ¿viajar fue descubrir el mundo o confirmar el mapa que tenías en la cabeza?
-Descubrir principalmente, porque si uno viaja para confirmar no tiene mucho sentido tampoco. O sea, uno se queda con lo que ya pensaba de antes. Y entonces, ¿para qué viajaste? Al menos uno tiene que tratar de descubrir siempre, de conocer, de aprender, viajando o no. Y después repensará sus categorías, las confirmará, o dirá “che, me había equivocado en esto, me habían dicho que tal país era A, pero resultó ser que para mí tal país fue B, me habían dicho que la gente de tal país era súper huraña, hosca, y al final me encontré con gente súper agradable y cálida”. Eso obviamente uno lo va redescubriendo, confirmando, aprendiendo. Pero al mismo tiempo, uno tiene que ir ya sabiendo y conociendo los lugares, porque de esa forma los va a entender mejor cuando vaya, y le va a servir para también descubrir cosas que de otra forma no podría haber descubierto.
Entonces, creo que un poco de las dos. Es indudable que uno también viaja para confirmar, porque lo hacemos todo el tiempo en nuestra vida. Particularmente cuando uno viaja y está en contacto con otros mundos, también descubre un montón de cosas. Entonces me parece que no está mal pensarlo como una suerte de combinación entre ambas.
Micaela Rafaniello es periodista y profesional en comunicación institucional. Escribe el newsletter "La batalla cultural" de manera mensual.


