El 27 de febrero de 1976, apenas un día después de que España comunicara formalmente a Naciones Unidas el final de su presencia en el Sáhara Occidental, el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática. La declaración llegaba después de casi un siglo de dominación colonial española y en medio de una guerra que ya enfrentaba a las fuerzas saharauis con Marruecos y Mauritania. Cincuenta años después, el territorio continúa figurando en la lista de Naciones Unidas de territorios no autónomos, donde permanece desde 1963. Con unos 266 mil kilómetros cuadrados de superficie y una extensa costa sobre el Atlántico, el Sáhara Occidental sigue siendo uno de los procesos de descolonización pendientes más antiguos del mundo.
Los meses previos a la proclamación habían acelerado un conflicto que llevaba años gestándose. El 16 de octubre de 1975, la Corte Internacional de Justicia emitió un dictamen consultivo sobre los reclamos territoriales de Marruecos y Mauritania. La Corte reconoció que habían existido determinados vínculos jurídicos entre algunas tribus del territorio y esos Estados, pero concluyó que las pruebas presentadas no demostraban la existencia de soberanía territorial marroquí o mauritana sobre el Sáhara Occidental y sostuvo la aplicación del principio de autodeterminación mediante la expresión libre de la voluntad de su población. Semanas después, Hassan II impulsó la llamada Marcha Verde, que movilizó alrededor de 350 mil marroquíes hacia el territorio.
España había firmado el 14 de noviembre de 1975 los Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania y abandonó definitivamente el territorio el 26 de febrero siguiente. Sin embargo, Naciones Unidas sostiene que esos acuerdos no transfirieron la soberanía sobre el Sáhara Occidental. La retirada española dio paso a una guerra abierta. Mauritania abandonó sus reivindicaciones territoriales y firmó la paz con el Frente Polisario en 1979, mientras el enfrentamiento con Marruecos se prolongó hasta el alto el fuego de 1991. Las estimaciones históricas sobre aquella guerra varían considerablemente y algunas sitúan el número total de muertos entre 10 y 20 mil personas, entre combatientes y civiles. La ausencia de un registro exhaustivo impide establecer una cifra definitiva.
A las muertes provocadas por la guerra se sumaron las desapariciones, las detenciones clandestinas y el desplazamiento forzado. Amnistía Internacional documentó que cientos de saharauis fueron detenidos y desaparecidos desde 1975. Más de 300 fueron liberados por las autoridades marroquíes en 1991 después de haber permanecido hasta quince años en centros secretos de detención, mientras decenas de prisioneros habían muerto durante el cautiverio y cientos de casos continuaban entonces sin esclarecerse.
La guerra también dividió físicamente el Sáhara Occidental. Durante la década de 1980 Marruecos construyó un sistema defensivo de aproximadamente 2.700 kilómetros, conocido como el muro marroquí o berm, rodeado de posiciones militares y zonas contaminadas por minas y otros explosivos. En términos aproximados, Marruecos controla actualmente cerca del 80 por ciento del territorio al oeste del muro, incluidas las principales ciudades y áreas costeras, mientras que el Frente Polisario controla las zonas situadas fundamentalmente al este. El legado explosivo continúa causando víctimas. Naciones Unidas registra más de mil personas afectadas por minas y restos explosivos de guerra en el territorio.

Otra consecuencia permanece visible a cientos de kilómetros, en el suroeste de Argelia. Decenas de miles de saharauis viven desde mediados de los años setenta en cinco campamentos próximos a Tinduf, en una de las situaciones de desplazamiento prolongado más antiguas de África. ACNUR actualizó en 2018 la estimación de población saharaui residente en los campamentos hasta unas 173.600 personas, aunque utiliza una cifra operativa de 90 mil refugiados considerados entre los más vulnerables ante la falta de un registro completo. Las condiciones climáticas extremas, las limitadas oportunidades laborales y la dependencia de la asistencia internacional atraviesan desde hace décadas la vida cotidiana en los campamentos.
En 1991 parecía abrirse una posibilidad de resolución. Marruecos y el Frente Polisario aceptaron un alto el fuego y Naciones Unidas creó la Misión para el Referéndum del Sáhara Occidental, la MINURSO. El propio nombre de la misión expresaba su objetivo original. Debía organizar una consulta en la que la población saharaui eligiera entre la independencia y la integración con Marruecos. El referéndum nunca llegó a celebrarse, atravesado durante décadas por desacuerdos sobre el padrón electoral, las condiciones de la consulta y el futuro político del territorio.
Después de casi tres décadas de tregua, la situación volvió a modificarse en noviembre de 2020 tras la crisis de Guerguerat. El Frente Polisario dio por terminado el alto el fuego y desde entonces se registran enfrentamientos de baja intensidad a lo largo del muro. La propia MINURSO reconoce que el cese del fuego establecido en 1991 se quebró en 2020.
El escenario diplomático también cambió. El 31 de octubre de 2025, el Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 2797, que prorrogó el mandato de la MINURSO hasta octubre de 2026 y llamó a desarrollar negociaciones tomando como base la propuesta marroquí de autonomía. La resolución sostuvo al mismo tiempo que una solución definitiva debe contemplar la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental. Para el Frente Polisario y la dirigencia de la RASD, el derecho a decidir mediante una consulta que incluya la independencia continúa siendo una cuestión irrenunciable.
En paralelo a la disputa territorial y militar, la RASD construyó durante estas cinco décadas una estructura política y diplomática propia. Integra la Unión Africana desde 1982 y mantiene relaciones con Estados de distintos continentes, además de embajadas y representaciones en África, América Latina, Europa y Asia. Su incorporación a la entonces Organización para la Unidad Africana provocó incluso la retirada de Marruecos de ese organismo en 1984. Rabat regresó a la Unión Africana en 2017 y desde entonces ambos forman parte de la organización continental.
América Latina ocupa un lugar particular dentro de esa estrategia internacional. México reconoció a la República Árabe Saharaui Democrática el 8 de septiembre de 1979 y estableció formalmente relaciones diplomáticas el 24 de octubre de ese año. Casi cinco décadas después, el vínculo continúa vigente y convirtió al país en uno de los puntos centrales de la diplomacia saharaui en la región.
Omar Bulsan, embajador de la República Árabe Saharaui Democrática en México, conversó sobre la construcción de esas relaciones internacionales, la importancia de América Latina, el lugar de África y el papel que cumplen las redes de solidaridad, las organizaciones sociales y los movimientos de derechos humanos alrededor del mundo. En el año del 50 aniversario de la proclamación de la RASD, sostiene que la cuestión central continúa atravesada por el mismo reclamo que acompañó su nacimiento en 1976, alcanzar la autodeterminación y extender la soberanía saharaui sobre todo el territorio del Sáhara Occidental.
-¿Cómo se construyen las relaciones internacionales de un Estado como la RASD, que mantiene relaciones diplomáticas con distintos países y forma parte de la Unión Africana, pero cuyo reconocimiento internacional sigue siendo objeto de disputa?
-El reconocimiento de la República Saharaui es amplio y está asentado en el derecho del pueblo saharaui a la soberanía y a la independencia de acuerdo con el derecho internacional. Desde la proclamación de la República, el 27 de febrero de 1976, distintos Estados soberanos comenzaron a reconocernos. Hasta hoy han sido 84 países. Tenemos embajadas en América Latina y África y representaciones en otros países, sobre todo en Asia y Europa. Trabajamos de forma permanente tanto en la información sobre la causa saharaui como en el fortalecimiento de las relaciones bilaterales. También existen el Parlamento saharaui, las organizaciones de masas, las organizaciones sociales y las organizaciones de derechos humanos, entre ellas las de familiares de desaparecidos y de presos políticos en manos de Marruecos. Todas estas instituciones realizan un trabajo permanente para explicar las violaciones de derechos humanos cometidas contra la población saharaui en los territorios ocupados y para fortalecer los lazos de amistad y solidaridad con nuestro pueblo.
Naciones Unidas no ha podido celebrar hasta el momento el referéndum. Para el pueblo saharaui, ese referéndum constituye la salida legal del conflicto. La Corte Internacional de Justicia, los tribunales europeos y las instancias judiciales africanas han establecido elementos fundamentales respecto de la ausencia de soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Ante la falta de celebración del referéndum y después de la violación del alto el fuego por parte de Marruecos, volvimos a las armas. Hoy estamos en guerra con Marruecos y el pueblo saharaui está determinado a seguir luchando hasta culminar la soberanía de la República Árabe Saharaui Democrática. No existe actualmente un alto el fuego.
-¿Qué importancia tienen para el pueblo saharaui las relaciones con América Latina y, particularmente, con México, que reconoce a la República Saharaui desde 1979?
-Son relaciones de enorme importancia. El pueblo saharaui es un pueblo árabe que habla español como consecuencia de la colonización española del Sáhara Occidental. Junto con Guinea Ecuatorial, somos uno de los pueblos africanos donde el español mantiene una presencia histórica muy importante. Eso dio lugar a una cultura hispano-árabe que fortalece nuestra relación con el mundo hispano y especialmente con América Latina y el Caribe. Varios países latinoamericanos reconocen a la República Saharaui y México lo hizo en 1979, durante la Conferencia de Países No Alineados, a través de su canciller Jorge Castañeda.
Con México tenemos una relación muy profunda y existen perspectivas importantes de intercambio cultural y también, en el futuro, comercial. El territorio del Sáhara Occidental posee importantes recursos minerales y pensamos esas riquezas dentro de las posibilidades futuras de cooperación y de relaciones bilaterales con los países amigos de América Latina y el Caribe. La relación con América Latina tiene también una dimensión histórica y política. La experiencia demuestra que la posición de las antiguas metrópolis o de determinados gobiernos puede condicionar los procesos políticos, pero no elimina el derecho soberano de los pueblos a vivir libremente, decidir de manera democrática y gestionar sus propios asuntos nacionales.

-¿Qué lugar ocupa África en su estrategia internacional y cómo convive esa pertenencia con las dificultades para obtener un reconocimiento más amplio en otras regiones del mundo?
-La República Saharaui es un Estado de pleno derecho dentro de la Unión Africana. Participa de sus estructuras y también de las relaciones, conferencias, asociaciones y mecanismos de cooperación que África mantiene con Europa y Asia. Para nosotros esa pertenencia tiene una importancia fundamental. La propia normativa de la Unión Africana establece principios como el respeto de las fronteras, la soberanía de sus Estados miembros y la no injerencia. Desde nuestra perspectiva, la presencia marroquí en una parte del territorio saharaui contradice esos principios.
La RASD mantiene relaciones estables con los países que la reconocen y, al mismo tiempo, una reivindicación permanente para completar su soberanía y conseguir la retirada de las fuerzas marroquíes de los territorios ocupados. África es, por lo tanto, nuestro espacio natural de pertenencia política y continental, pero nuestra acción internacional no termina allí. Tenemos reconocimiento y vínculos en América Latina, África y Asia y desarrollamos relaciones también con países que todavía no reconocen formalmente a la República Saharaui.
-Más allá del reconocimiento formal de otros Estados, ¿cómo se construye en la práctica la diplomacia saharaui? ¿Qué papel tienen las embajadas, las organizaciones sociales, la solidaridad internacional y los vínculos entre pueblos en la búsqueda de la autodeterminación?
-La diplomacia saharaui se construye todos los días. Las embajadas y representaciones desarrollan un trabajo permanente de información sobre el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación y la soberanía, de acuerdo con la legalidad internacional y con las resoluciones pertinentes de Naciones Unidas. Pero la acción internacional no depende solamente de las relaciones entre gobiernos.
Existe un movimiento de solidaridad internacional con el pueblo saharaui muy importante. Europa es uno de los ejemplos más claros. Más de 500 ayuntamientos españoles y decenas de municipios de Italia y de otros países están hermanados con municipios saharauis. Hay un movimiento solidario europeo muy numeroso que mantiene de manera continua su apoyo a nuestra lucha.
A eso se suma el trabajo del Parlamento, las organizaciones sociales, las asociaciones de familiares de desaparecidos y presos políticos y los organismos de derechos humanos. Son actores fundamentales para mostrar lo que ocurre en los territorios ocupados y mantener la causa saharaui presente internacionalmente.
Por eso, para nosotros, la diplomacia implica tanto las relaciones oficiales entre Estados como las relaciones entre pueblos. La solidaridad, los hermanamientos, las organizaciones sociales y los vínculos culturales forman parte de una misma tarea. Después de cincuenta años de la proclamación de la República Saharaui, seguimos trabajando en todos esos terrenos con el mismo objetivo, que el pueblo saharaui pueda ejercer plenamente su derecho a la autodeterminación y a la soberanía.
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Periodista (TEA-Universidad de Concepción del Uruguay) y fotógrafa (ETER); especialista en política internacional. Soy docente en TEA&Deportea y escribo en Página 12.


