El futuro médico, Nicolás, lo dijo con cierta vergüenza profesional: su carrera no lo formó para esto y todavía no lo hace. Es la primera vez que participa de una marcha del Ni una menos. Martín tiene 26 años, trabaja en cocina y habló de algo que vio muchas veces: a las mujeres siempre las mandan de mozas. Otro, Martín, de 19 años y estudiante de Letras, mencionó el machismo con el que creció en su familia, las cosas que normalizó durante años. Uno más dijo que estaba acompañando a una amiga y que reconocía sus propios micromachismos. Eran varones en la marcha del 3 de junio, hablando con franqueza, con referencias concretas, con algo que parecía genuino.
Y sin embargo.
***
Las preguntas hechas, habiendo un micrófono cerca, una marcha como contexto, un 3 de junio como fecha que ya dice qué hay que decir, volvía a esas palabras verdaderas, pero predecibles. No porque los varones mintieran, aunque eso es difícil de decir sino porque el diagnóstico estaba listo. Era lo que había que decir. Eso no hace a los testimonios menos valiosos, pero desde otro lado hay una pregunta subyacente: ¿Qué hacemos juntos los varones?

Si estaban mintiendo o no esos varones, no podemos afirmarlo. Pero el problema es otro: el diagnóstico vive en el plano del yo individual. Yo me doy cuenta, yo reconozco mis micromachismos, yo vi la desigualdad en mi trabajo. Lo que falta es hablar de nosotros. Espacios donde eso que cada uno carga solo pueda volverse pregunta colectiva, conversación sin respuesta preparada, incomodidad que se sostenga entre varios. En este sentido, esos testimonios son valiosos: los espacios colectivos no están. En este contexto no sólo se desfinancia el Estado, sino que también se produce subjetividad: el individuo es responsable de sus propios resultados, de sus fracasos, de su transformación. Yo me deconstruyo, yo reconozco mis privilegios.
La falta de espacios colectivos de varones no es solo un problema de voluntad o de costumbre. Es coherente con una forma de entender la vida social donde lo que existe es el individuo y nada más.
Hay quienes llevan años en la deconstrucción
La Red de Espacios de Masculinidades en Argentina, REMA, agrupa colectivos de distintas partes del país que impulsan talleres, espacios pedagógicos y acciones orientadas a ese trabajo entre pares. El mismo 3 de junio hicieron circular un documento en el que pedían, entre otras cosas, “recuperar y profundizar los espacios de encuentro, reflexión y transformación personal, colectiva y relacional entre pares”. Luciano Fabbri, del Instituto Masculinidades y Cambio Social, quien integra esa red, lo explicó con claridad: “hay una dimensión que estos colectivos trabajamos históricamente, que tiene que ver con los espacios de reflexión, con la claridad de que es necesario romper la complicidad machista y los pactos de silencio en todos los grupos que habitamos como varones”.
Pero esos colectivos, que existen y funcionan, también saben que tienen un techo. Y lo dicen ellos mismos en el mismo documento: “El Estado es responsable, y sin políticas públicas para el trabajo con hombres, toda apuesta autogestionada va a resultar insuficiente” y quedará, entonces, en una respuesta en solitario en una manifestación como la del 3 de junio.
***
Es jueves a las 15 horas, comienza una clase en la que una estudiante de 15 años levanta la mano y pregunta si se va a hacer algún comentario sobre el Ni una menos o sobre lo que sucedió con Agostina Vega.
Las estudiantes hablaron. Contaron situaciones que vivían con quince años con una naturalidad que dejó en claro que esas cosas no eran novedades para ellas y también con una naturalidad que es alarma permanente. Ese es su paisaje cotidiano.
Los varones escuchaban. Y cuando se les preguntó si conocían esas situaciones, si sabían que eso les pasaba a sus compañeras, la respuesta fue unánime: no y era la primera vez que lo escuchaban.
Entonces uno, desde el fondo, tomó la posta y preguntó algo que fue distinto: “¿por qué nunca contaron esas cosas?”.
Las respuestas llegaron sin dudar: “me da vergüenza, me siento humillada”, “lo estoy normalizando”, “porque tendríamos que estar contando todo el tiempo estas cosas”, “porque no sabemos si nos van a juzgar, si nos van a entender”.
No había micrófono. No había 3 de junio como escenario. Sólo un aula en una escuela porteña. Había una pregunta hecha con curiosidad genuina y respuestas que no estaban preparadas de antemano. Si hubo algo parecido a una conversación real ese día, empezó ahí. Una conversación que, interesante por supuesto, también apuntó al plano colectivo.

Ni Una Menos y el gobierno de La Libertad Avanza
Marta Dillon, histórica activista y periodista, en una nota publicada el 2 de junio pasado en El Destape mostró que desde que asumió el gobierno de Javier Milei se derogaron cuarenta y siete de cincuenta políticas de cuidado: salarios complementarios, programas de prevención y asistencia a víctimas de violencia de género, construcción de jardines de primera infancia. La desigualdad no es solo un problema cultural que se resuelve con más conciencia o más conversaciones: es también que el 64,2% de las personas pobres del país son mujeres, que siete de cada diez hogares sostenidos por mujeres necesitan financiamiento para la vida cotidiana, que la carga de horas de cuidado que recae sobre ellas duplica la de los varones.
Depositar la responsabilidad únicamente en los varones es también una forma de quitarle responsabilidad al Estado.
Lo señaló, entre otros, el comunicador Luquitas Rodríguez al decir que es importante que “pensemos quiénes somos (…) y pensemos en nuestro universo social, familiar y vincular”. La mención al Ni una menos fue celebrada (y con justicia) pero la buena voluntad individual se disipa si no hay estructura que la sostenga. Como señaló Fabbri: “cuando hablamos de desigualdades y violencia de género, hablamos de un problema estructural y sistemático. La exigencia al Estado de implementar políticas públicas es histórica y permanente. Lo cierto es que atravesamos una coyuntura con un gobierno que sistemáticamente desmantela todas estas políticas”.
El pibe de quince años que preguntó por qué sus compañeras nunca contaban esas cosas no tenía el lenguaje aceitado de los adultos en la marcha del Ni Una Menos. Tampoco sabía nada de colectivos de masculinidades ni de políticas públicas de género. Pero hizo una pregunta que abre algo: la que no sabe su propia respuesta, la que necesita al otro para poder seguir.
Eso no alcanza tampoco. Pero es, al menos, un principio distinto.
También podes leer: ¡Spoiler alert! Bebé Reno y cómo ser hombre
Historiador, docente universitario y periodista. Trabajé en radio y en la producción de podcast para distintos medios de comunicación. Publico crónicas, perfiles y notas para distintos medios. Nací en México y vivo en Buenos Aires (Argentina) desde hace varios años.


