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El Indio Solari y las multitudes eternas

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El diario llegó a la puerta del edificio como todos los domingos. Lo vi al salir. Clarín. Abajo, casi al pie de página, entre los titulares de los jueces y la Selección Argentina de fútbol, estaba la pequeña mención de lo que iba a ser el masivo velatorio del Indio Solari. Lo miré un momento mientras me sonaba el teléfono. Leí el mensaje que me habían reenviado: la provincia de Buenos Aires detalló cómo iba a organizar el operativo de seguridad, los accesos, las indicaciones. Salí para Villa Domínico.

La estación de trenes de Constitución estaba llena, parecía un día de semana cualquiera. En algunos vagones  la despedida ya había empezado. En uno de esos, alguien había subido con una guitarra y un micrófono improvisado -no era un escenario, era un vagón del tren, pero funcionaba igual. Se escuchaba desde el otro extremo las voces, los acordes, el olor a cerveza mezclado con el aire y la neblina. De otro vagón llegó un “vamos los Redó” y el efecto se contagió, se multiplicó, corrió de boca en boca. Un desconocido le preguntó a otro desconocido, sin presentación ni preámbulo: “¿Estuviste acá cuando tocaron?”, mientras que pasábamos cerca de los estadios de Independiente y Racing.

La idea era bajar en Villa Domínico, donde estaba el Gatica. Pero ya en Sarandí -una estación antes- alguien avisó que la fila llegaba hasta Plaza Alsina, en el centro de Avellaneda. Son cinco kilómetros. Bajamos, entonces, en Sarandí. Desde las ventanillas ya se intuía la magnitud. Una vez en la calle, sobre la avenida, una fila que no tenía fin visible. Nadie sabía todavía hasta dónde llegaba. Un parlante sonaba fuerte y la gente comenzó a cantar Encuentro con un ángel amateur. Era una procesión. No hay otra palabra. Y como toda procesión, debía iniciar su larga marcha.

La fila era infinita, inconmensurable. Por el costado, una camioneta de la policía de la provincia de Buenos Aires pasaba y con un megáfono un efectivo dijo: “buenas tardes, para el lado del cordón por favor” y seguía avanzando despacio por el costado de la multitud. Nadie le prestaba demasiada atención, aunque la fila parecía ordenada. Alguien llevaba coca y Fernet y andaba buscando hielo. Eso parecía impostergable. Un helicóptero sobrevolaba la zona con ese zumbido que genera una mezcla de curiosidad y alerta. Muy cerca de la estación de Sarandí, donde habíamos bajado e iniciamos la procesión, una casa -una casa común, de familia- había abierto sus puertas para que la gente usara el baño. En la ventana tenían colgada una remera del Indio.

La organización sorprendía. La Municipalidad de Avellaneda y el gobierno de la provincia de Buenos Aires habían desplegado un operativo que se notaba pensado, había postas de salud distribuidas a lo largo de la avenida, puntos de hidratación donde la gente podía tomar agua, una 4×4 de gestión de residuos que recorría el perímetro. El Estado municipal presente, a ras del asfalto. Las multitudes de la patria asomaban por la avenida Mitre. Gente con flores, bebés en cochecitos, remeras de todos los recitales posibles. Los vendedores ambulantes habían montado su propia economía paralela sobre la vereda: remeras a 25 mil, Fernet a 10, chori, sanguches, bondiola, cervezas frías.

En Mitre y Monteagudo la fila se comprimió. Estábamos más cerca. Mientras tanto, sonaba Me matan, limón! desde algún parlante cercano y la gente empezó a mover la cabeza sin proponérselo, ese movimiento involuntario que tienen las canciones que uno conoce de memoria. La canción se cortó de golpe, mientras todos cantaban. El “uuuuh” fue unánime, instantáneo, colectivo, frustrado y divertido al mismo tiempo, como solo puede serlo una multitud que está de duelo y de fiesta simultáneamente.

Los carriles se habían reducido a dos y el espacio se achicó. Más gente, más cerca, más difícil hablar y ser escuchado. La música venía de todos lados -de parlantes, de teléfonos, de alguien que cantaba cerca- y se mezclaba con el ruido de los puestos de comida, los motores, las conversaciones superpuestas. El aire se hizo más espeso. Más cálido. Ya no hacía frío.

Unas cuadras más adelante, la multitud se detuvo y formó un círculo espontáneo. No sería el único ni el último. Sin que nadie lo organizara, sin que nadie lo pidiera, todos empezaron a cantar Toxi-Taxi. La procesión era colectiva. Nadie había pedido la palabra y todos la tenían. En esa gigantesca fila, uno podía escuchar toda la discografía del Indio cantada por cientos de miles de personas.

En Mitre al 4600 el espacio se organizaba de otra manera. Había un vallado y un solo carril para acercarse al predio, con personal controlando el acceso. La fila para entrar era otra fila dentro de la fila -más apretada, más lenta, como el embudo de un recital cuando todavía falta mucho para que empiece. Algunos se sumaban. Muchos no. La Municipalidad había instalado un escenario con pantallas grandes que transmitían en vivo lo que pasaba adentro del Polideportivo Gatica. En la pantalla se veía el cajón. Se veía la gente que pasaba y regalaba cosas: banderas, flores, cartas dobladas, objetos que uno no alcanzaba a identificar pero que claramente importaban mucho a quien los llevaba. Las canciones del Indio Solari sonaban desde el escenario y la gente las cantaba mirando la pantalla, como si la distancia no cambiara nada. Rostros cansados. Rostros felices. Lágrimas en los ojos y sonrisas en las caras, al mismo tiempo, en la misma cara. Muchos eligieron quedarse en ese lugar, muchos no tuvieron energía para llegar al Polideportivo o no pudieron o sintieron que no era necesario, o vaya a saber uno qué. Muchos habían decidido en silencio y todos juntos, que el velatorio no tenía una sola dirección y entonces, sí, habían llegado.

El frío que es típico de las noches de junio en el conurbano empezaba a caer sobre la multitud y nadie parecía registrarlo, o si lo registraban, no importaba. Había algo más urgente, que era llegar, o simplemente estar, que a esa altura era lo mismo. Las multitudes reclamaban su espacio y su presencia. Como siempre lo hicieron.

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Historiador, docente universitario y periodista. Trabajé en radio y en la producción de podcast para distintos medios de comunicación. Publico crónicas, perfiles y notas para distintos medios. Nací en México y vivo en Buenos Aires (Argentina) desde hace varios años.

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