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La calle era esto y nadie estaba mirando

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“Mi almuerzo”, “Anoche el Congreso lucía así”, “Les muestro las fotos de este día”, “Todo listo para arrancar”, “Ahí va un claroscuro” (procede foto en blanco y negro), fotos de una peña, una selfie se cuela en la catarata de mensajes, textos e imágenes. “Volví a fotografiar una pizzería de Almagro donde solíamos reunirnos con mis amigos”, “Me puse a tomarle fotos a puertas”. Otra catarata de imágenes.

Entre textos y fotos el grupo de WhatsApp de Proyecto Calle está activo casi las 24 hs, como el relato de una noticia minuto a minuto. Entonces cae un mensaje que pone una pausa a la vorágine del día a día de los autores de Proyecto Calle. Es de Andrea, una de las coordinadoras: “Corto bajada de la semana”.

Este punto es necesario para que todos los archivos compartidos de la semana puedan cargarse en las carpetas de Drive de cada uno de los asistentes del taller: Martín, Carolina, Charly, Carlos, Guillermo, Mabel, José. La dinámica de los jueves suele ser siempre similar: entre pelucas y espejos, reunidos en la sala donde funciona el curso de peluquería del hogar, Guillermo Kirch, el coordinador general, comparte en la pantalla grande las imágenes de la semana. Observa, interpreta, analiza, va y vuelve, compara con otras. “¿Esto es parte de tu serie del Barrio de Almagro-La Boca, no, Carlos?”, “Me gusta esta nueva búsqueda que estás teniendo José”, “Caro, estás afiladísima”. Así uno por uno, cada uno tiene su tiempo y su devolución personal. Entre clase y clase, se planifican las próximas muestras, se organizan salidas y conversatorios con otros fotógrafos.

En el taller no existen las fotos “malas”, y los errores no son considerados como tales, sino como interpretaciones. La corrección es suave. “¿Qué quisiste hacer?”, “La próxima si no quedaste conforme podés volver a hacerla”, “¿Y si oscurecemos un poco esta parte?”. Si el ángulo del que fue capturada la imagen no convence tanto, Guille prefiere rotarla, si hay una parte “quemada” por la intensidad de la luz, prefiere indagar en sí existió una búsqueda; si no, juega con los contrastes. Las fotos no se descartan, y pocas veces se recortan.

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Para Carlos Carrascosa, el momento del taller es un corte en el tiempo: durante dos horas, la rutina diaria del hogar queda suspendida. Sus fotos son fácilmente identificables: la gran mayoría (por no decir casi todas) son en blanco y negro, y evocan su paso por la fotografía analógica. Le gusta captar los barrios en los que vivió, La Boca y Almagro.

Al otro Carlos, “Charly” Camaño, le encantan los ángulos picados y contrapicados, y su sello es superponer fotos muy distintas para resignificarlas. Aunque quiera, Mabel no puede estar presente en el taller, cursa el bachillerato para adultos, sin embargo no se pierde ninguna muestra. Con el tiempo sus fotos se volvieron menos oscuras.

Martín viaja desde Santa Marta, Lomas de Zamora, para asistir al taller, y muchas de sus fotografías son de una esquina particular de su barrio. Carolina es colombiana, llegó hace algunos años al país con la promesa de una propuesta laboral que nunca existió, pero decidió quedarse, asiste al taller cuando puede pero comparte lo que ve por el grupo.

José conserva la tonada tucumana, cuando lo conocés se presenta como ingeniero en informática, y siempre tira un chiste. “No podría estar dentro de un laboratorio, tengo claustrofobia. Te explico por qué: cuando era chico, tenía 13 años, durante un desfile militar me trepé a un tanque y me caí adentro. Permanecí encerrado durante 3 hs”, me confesó la primera vez que nos conocimos y que asistí a Proyecto Calle. Esa anécdota me ayudó a entender algo que atravesaba todo el taller: cada uno fotografía desde su propia historia.

 

La Boca. Foto: Carlos Carrascoza.
La Boca. Foto: Carlos Carrascoza.

 

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VOLVER A VER

Acordamos que el punto de encuentro sería en el Museo Simik. “Comenzó como una inquietud. Me interesaba registrar como creaban un mundo privado en uno público. Particularmente me llamaba la atención el concepto de hogar que construían con los materiales que tenían al alcance. La subsistencia apela al ingenio: en esas situaciones uno suele ser más creativo que en la bonanza económica. Quizás esa casita o parada, les duraba para pasar la noche, o los desarmaban para rearmarse en otro lado”, recuerda Jorge “Jachi” Mazzinghi sobre las primeras cámaras descartables que entregó en 2002, cuando el país atravesaba las consecuencias sociales y económicas de la crisis del 2001, y él era un arquitecto recién graduado de la UBA.

Y continúa: “ Me acercaba y les preguntaba si les interesaba la idea. Si me decían que sí, les dejaba la cámara, pactabamos un lugar de encuentro y a los 15 días las retiraba para revelar el rollo. Se las acercaba impresa, y me quedaba con los negativos”.

Las imágenes de la calle contadas por quienes la habitaban lo sorprendieron. La idea principal de contar cómo las personas que viven en la calle se las ingeniaban para construir con distintos materiales su “casita”, transmutó en una expresión artística. Palomas, un pedazo de cielo, un auto, un personaje amigo, entre otras escenas urbanas, eran retratados de forma cercana, borrosa, a la lejanía, en ángulos contrapicados, o casi al ras del suelo. 

La propuesta se extendió a “Proyecto Calle”, una serie de talleres de fotografía que actualmente se brindan en diferentes espacios: el hogar San José, en Parque Patricios, en la sede de Hecho en Buenos Aires, una cooperativa de inclusión social, y en CILSA. Además la experiencia colectiva se replicó en otros países, como Brasil (Porto Alegre), y Uruguay (Montevideo). 

Jorge Mazzinghi, creador de Proyecto Calle en el Museo Simik. Foto: Shannon Prickett
Jorge Mazzinghi, creador de Proyecto Calle en el Museo Simik. Foto: Shannon Prickett

A medida que pasaban los años, el material recolectado aumentaba pero seguía ahí, intacto, con poca exposición.“Si las fotos están buenísimas, ¿por qué no hacemos una muestra?”, pensó Mazzinghi. Fue en pandemia, durante el encierro, y cuando disponía de más tiempo, que se le ocurrió la idea de hacer un fotolibro. “¿Qué hacemos con todo este material? Un montón de negativos, un montón de fotos. Yo había agregado los nombres de muchos autores, otros los había perdido. Obviamente había perdido contacto con casi todos, porque no tenías teléfono”.

Entre 2002 y 2020 entregó 366 cámaras descartables y participaron 291 autores. Algunas cámaras volvieron, otras no. Con algunos trazó un vínculo que se sostuvo de forma indeterminada, otros permanecieron como autores anónimos. El resultado de esos contactos dejó un valioso archivo de 4656 fotos reveladas de las cuáles 80 fueron seleccionadas para los tomos 1 y 2: 2001-2015, y 2004-2012. El tercero recopilar fotos de personas que residen en el Hogar San José, de Cáritas.

Los fotolibros tuvieron una buena repercusión.Actualmente salen $30 mil y se pueden comprar en la web o están exhibidos en el Museo Malba, Fundación Proa y en algunas librerías. Lo recaudado sirve para financiar el proyecto, y les permite además a los autores contar con un ingreso. El proyecto también participó de muestras en importantes galerías como Vasari, Buenos Aires Photo y ArtexArte. Este año también fueron invitados como expositores en el Festival de Calamuchita.

La entrevista está por terminar, las tazas en donde hubo café están vacías, y el plato con las medialunas también. Jorge me cuenta que esta semana se va a reencontrar con alguien que participó de Proyecto Calle en sus inicios, pero que perdió su rastro. “El otro día me llamó un coordinador de un centro de adicciones. Estaba mostrando en el taller uno de los libros de Calle. Entonces uno de los participantes se reconoció en una de las fotos, era un autorretrato de hace 15 años”.

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UNA CIUDAD INÉDITA PARA MÍ

“Hace varios años (…) mientras veía las imágenes del Proyecto Calle me cruzaron dos pensamientos. El primero, una admiración profunda por la idea (…) Una idea simple pero contundente. 

Gente que vive en la calle, que pasa las 24 hs del día allí, fotografiando su hábitat, su lugar en el mundo.Y la segunda reflexión: esas fotos reflejan una ciudad que yo nunca había visto, aún habiendo vivido casi toda mi vida en Buenos Aires y con un libro a costras sobre la ciudad. Estas fotos muestran otro punto de vista. Son imágenes tomadas por personas que permanecen quietas, a veces al ras del piso. Y eso sí que es una novedad, es una ciudad surcada por gente que parece no parar nunca, gente apurada que no puede quitar los ojos de su recorrido habitual (…) Cuando logramos traspasar ese rectángulo que nos devuelve la imagen y nuestra imaginación se adentra en el momento en que fueron obtenidas, entonces si aparece desnuda la angustia. Es que para la mayoría de aquellos que tomaron las fotos, su único techo es el cielo”

Las palabras pertenecen a Eduardo Longoni y son el prólogo de la tercera edición del fotolibro de Proyecto Calle. El destacado fotoperiodista recuerda que en 2017 Jorge lo fue a visitar a su casa para contarle sobre el proyecto. “La idea me pareció genial y dije que en lo que precisara podía ayudarlo.También pensé: Yo trabajé en la calle, en periodismo, toda mi vida, y me pareció ese tipo de ideas que decís ¿Por qué no se me ocurrió a mí antes?”, reflexiona.  

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Una de las primeras fotos sacadas en la calle con las cámaras Kodak descartables, y que Eduardo Longoni recuerda. Autor anónimo

El primer acercamiento con el taller fue una tarde en la sede de Guaraní, en el Hogar San José, Jorge lo invitó para que diera una charla sobre su trayectoria en la fotografía. “Ahí me di cuenta de que de alguna manera como defecto profesional de haber trabajado toda mi vida en periodismo, lo que puede significar la fotografía desde el punto de vista sanador, ¿no? Cómo los acercaba eso, y los unía entre ellos. La fotografía les había generado un vínculo comunitario.” 

Y añade: “Al principio había visto en el proyecto una idea fotográfica, hasta que me di cuenta que para las personas que habían vivido en la calle también era una manera de ver la vida de manera más optimista.” Longoni recuerda que lo que le llamó la atención fue el punto de vista desde el cual se registraban la gran mayoría de las fotos. “Sobre todo en las primeras, muchas están tomadas al ras del piso. Porque la gente que vive en la calle está tirada en la calle. Y el que hace fotografía callejera camina la calle”

“Es muy difícil, por no decir imposible, tener un buen resultado de fotografiar algo que no se conoce. A mí lo que me parece es que el resultado de las fotos de la gente que está en la calle con respecto a fotografiar la calle, es que está registrada con el alma, porque es su hábitat. Es lo que mejor conocen, mucho mejor que cualquiera de nosotros” .

El fotoperiodista es mencionado en el taller como “amigo del proyecto”, y suele regalar becas para que los participantes de Calle puedan puedan asistir a sus cursos.

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LA CÁMARA COMO REFUGIO Y ENCUENTRO

Andrea forma parte de la coordinación del proyecto y es quién “custodia el archivo”: organiza y ordena el material compartido durante la semana en carpetas de Drive para recolectar el trabajo de cada asistente. 

Es estudiante de fotoperiodismo en ARGRA, y conoció Proyecto Calle a través de un curso de fotografía callejera que dictaba Longoni. Allí conoció a Carlos “Charly” Camaño, y quedó asombrada por su sensibilidad y por su historia. “Recuerdo que nos mostró una foto que había sacado de la iglesia de Flores. Y nos contó del taller de fotografía que se dictaba en el hogar dónde él vivía.” Andrea fue invitada una vez, y nunca más se fue. Dicto algunas clases y ayudó en el armado de uno de los últimos fanzines que cuenta la vida en el hogar. Se había implantando en ella (como se suele decir en el taller) “el germen de Proyecto Calle”.

Además de expandir su mirada en la fotografía, por fuera de los encuadres tradicionales y las reglas de composición, para ella fue significativo ver lo sanador que podría resultar la disciplina. “Durante el taller tracé un vínculo cercano con Mabel (quien en ese entonces era Gustavo).Ella comenzó la transición durante el taller. En mayo teníamos una exposición y le pregunté con que nombre de autor quería presentar sus fotos, y por primera vez lo hizo con el nombre de ‘Mabel’.”

Y cierra sobre su experiencia : “Cuando empezás a dar devoluciones a los demás de tus fotos, también miras con otros ojos tu propia foto. Es tener una mirada un poco más crítica y también amorosa para tratar de entender un poco: ¿qué quisiste decir? ¿Para dónde apuntaste?”.

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Algunas veces para Guillermo Galinetti llegar al hogar San José se vuelve complicado: depende de que el ascensor en la estación de Hospitales funcione. Cuando no sucede tiene que bajarse en Parque Patricios, y hacer varias cuadras en subida con la dificultad que presenta trasladarse en silla de ruedas. 

“Guille” conoció el taller en 2019, al poco tiempo de ingresar al hogar luego de un accidente por el cual perdió la pierna derecha.Sin embargo, antes de eso, siempre lo atravesaron las imágenes: estudió cine, y fue productor de un canal de televisión por cable. “Me reencontré con mi yo de cuando era chico, que andaba con una Kodak fiesta y era el fotógrafo de la familia”, rememora.

El taller lo ayudó a salir de la depresión, y reavivó su faceta de productor: creía que al igual que le había sucedido a él, involucrar a otros en el proyecto podría ayudarles a encontrar otro sentido al tránsito de estar en el hogar. Hoy vive en su departamento propio, gracias a la red de Caritas y otros contactos, logró que el Gobierno de la Ciudad le otorgara un subsidio a la vivienda.

Con Jorge armaron una muestra dentro del hogar del trabajo realizado, al año fueron invitados a participar de la feria de expositores que organizaba la reconocida galería de arte BADA. El espacio les permitió dar a conocer la propuesta fotográfica, y comenzar a vender los fotolibros. “Explotó. El proyecto generó mucho interés, la gente se acercaba al stand para conocernos. En ese momento ya estaban impresos los volúmenes 1 y 2 de Proyecto Calle, y vendieron rapidísimo”.

Tras esa primera experiencia tuvieron la oportunidad de participar como expositores en Galeria Vasari y en BA Photos, evento en el cuál el proyecto recibió el Premio Estímulo que entregaban los coleccionistas. El proyecto logró captar la atención de reconocidos fotógrafos, además de Longoni, también se acercaron al proyecto, entre otros Juan Travnik y Toni Valdez, quienes apoyaron la iniciativa dando charlas, regalando becas de estudio para sus talleres o ayudando a difundir el proyecto.

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El colectivo de Proyecto Calle recibe la invitación de una visita guiada por la muestra de Marcos Lopez en Fundación Lariviére.

Durante su experiencia en el taller, primero como asistente  y luego tomando un rol más activo desde la coordinación, observó el impacto positivo que tenía en quienes participaban. “Calle está hecho por gente muy golpeada que intenta volver a ver. Volver a verse uno y volver a ver a los demás a través de la fotografía. Hubo varios que me decían cosas como ‘no puedo ir más al taller porque conseguí trabajo y me mudé a un hotelito’. Y yo sabía que  para muchos, la posibilidad de salir del hogar, encontrar un empleo, antes de que comenzarán con el taller, no existía”.

Guillermo está presente en cada muestra que tiene que ver con Proyecto Calle. De espaldas es fácil reconocerlo: lleva una bandera de Palestina colgada en su silla de ruedas. El año pasado se integró a la red de CILSA para asistir en el taller de fotografía a personas con discapacidad. La fotografía se convirtió para él en una búsqueda terapéutica y en espejo de distintas circunstancias de su vida: hoy le gusta fotografiar la ventana de su departamento en distintos momentos del día, y ver cómo cambia la luz. 

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Shannon Prickett es periodista egresada de TEA. Trabajó en la sección política del diario El Cronista.

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