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Un barco de cemento en la soledad del Paraná

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“Si algo sobra en esta parte del mundo es donde estar solo”
(Haroldo Conti en Todos los veranos)

  1. (Marzo de 2013)

Mi tío Emilio es un hombre sabio. Por eso dice “mejor quedémonos por acá cerca y volvamos mañana temprano”. Frente a nosotros se levanta una pared de cemento en medio de la noche. Detrás de ese muro, los ruidos emergen desde lo profundo: el agua golpea el hormigón, las lechuzas desperezan su idioma y el crujido del acero como música de fondo del lugar perdido en el que estamos. Esa noche, la inmensidad del río Paraná nos abraza. A unos trescientos o cuatrocientos metros se escucha un susurro musical: contra la costa, mecidos por el ritmo del agua, debajo de unos árboles ancianos con sus ramas besando el río, un bote con dos o tres pescadores completa ese paisaje en que todo es soledad. Salvo por nosotros, los pescadores, los bichos y los pájaros, lo único es el barco de cemento al que rodeamos despacio con el Horacio, ese buen barco con el que hace más de veinte años vamos a pescar al Paraná. 

El cielo es un lienzo negro donde loquean las estrellas y algún vuelo rasante de aves de la noche. El chapoteo de un dorado en plena cacería irrumpe cada tanto, dejando en claro que debajo de nuestros pies no solo corre el agua. Reinaldo, el capitán del Horacio, nos dijo que el viaje duraba un trecho. Desde que navegamos juntos el Paraná, Reinaldo aprendió algunas cosas: que cuando vamos a pescar en familia, toda la comida es poca, y que para nosotros esas noches en el río son una fiesta. Para esta travesía surgida de la cabeza de mi tío, también llevó reservas de combustible y lo necesario para vivir tres días entre arroyos, islas y aire puro. Por delante teníamos doce horas de viaje.

La silueta que vemos esa noche, y que por momentos desentona con todo lo que nos rodea, es uno de los cuatro barcos de cemento que todavía sobreviven en Argentina. Desde hace décadas está custodiado por el Paraná y sus islas. Hasta llegar a ese punto exacto donde confluyen la nada y la naturaleza, navegamos desde San Nicolás por el Pavón acompañados por las charlas y el ronroneo del motor. De a poco, en la estela del Horacio quedan atrás el canal grande, las moles de Acindar, el puerto cerealero, los ranchos cada vez más espaciados, las lanchas de pescadores y nutrieros, y el cielo y sus colores que cambian y se mezclan con el reflejo del agua formando un horizonte inalcanzable. Cuando desembocamos en el Victoria, ya en aguas entrerrianas, solo quedan algunas horas más para divisar la popa casi en el aire de Le Saglier, que en nuestro idioma se llama El Jabalí.

“Hubo una creciente –recordaba Reinaldo en esos días—, y el barco quedó arriba de la tierra. Pasó el tiempo y se fue a pique. Por eso ahora se ve solamente la popa. Cuando estuve la primera vez, hace más de veinte años, estaba casi todo afuera del agua”.

El cielo es un lienzo negro donde loquean las estrellas y algún vuelo rasante de aves de la noche. El chapoteo de un dorado en plena cacería irrumpe cada tanto, dejando en claro que debajo de nuestros pies no solo corre el agua. Foto/Leandro Albani
El cielo es un lienzo negro donde loquean las estrellas y algún vuelo rasante de aves de la noche. El chapoteo de un dorado en plena cacería irrumpe cada tanto, dejando en claro que debajo de nuestros pies no solo corre el agua. Foto/Leandro Albani
  1. (La historia)

El barco de cemento —con 54 metros de eslora, 10 de manga y seis de puntal— que se encuentra en la unión de los arroyos Victoria y La Batea, fue trasladado desde el Riachuelo, en La Boca. Era 1965 y su dueño, Nicolás Sfeir, se encargó de remolcarlo con el objetivo de que “La Esperanza”, la procesadora de pescados que había instalado, no sufriera más las crecientes que se llevan todo.

Sfeir nació en 1899 en Líbano y a sus 32 años llegó a Argentina y se asentó en el Delta del Tigre, donde se dedicó a la actividad forestal y luego a la producción frutihortícola. En la década de 1940 fundó “La Esperanza”, entre Arroyo Seco y Villa Constitución, pero 50 kilómetros río adentro. En el lugar se producía aceite y harina de pescado, y en sus buenas épocas llegó a tener noventa empleados. Como el trabajo era a tiempo completo, los empleados —muchos de ellos con sus familias— vivían en galpones instalados al costado de la fábrica. Durante horas y horas, desde que el sol asomaba y hasta la noche, todos se volcaban al río en botes y con trasmallos.

El Jabalí fue construido en Le Havre, Francia, en 1919. En 1922 fue remolcado hasta Argentina por el vapor noruego Margit Skogland. Desde 1923, esperaba su oportunidad en La Boca, pero con otro nombre: Portland 2001

La escasa información sobre este tipo de barcos (que en realidad son de hormigón armado, con su estructura interna de acero) señala que fueron utilizados en la Primera Guerra Mundial. Se calcula que entre 1917 y 1918, Gran Bretaña construyó barcazas, remolcadores y pesqueros de concreto. Por su parte, Estados Unidos produjo doce vapores de cemento.

Estos barcos tenían las líneas similares a los buques de acero, pero requerían de cascos de un espesor mucho mayor para tener su misma resistencia. Entonces se empezó a utilizar portland, por ser un material más liviano, pero seguían siendo más pesados que los buques convencionales, aunque su capacidad de flotación seguía intacta.

En Argentina hay al menos otros tres barcos de este tipo. Uno se encuentra en el río Luján, en el Delta Bonaerense, y en la actualidad sirve de muelle del club náutico Belgrano. El otro buque descansa en la Costanera Norte, frente al Aeroparque de Buenos Aires, y se puede ver cuando se producen bajas importantes del río. El último está en Colón, Entre Ríos, y fue construido alrededor de la década de 1950. Bautizado con el nombre Néstor, transportaba canto rodado desde la provincia hacia Buenos Aires, con una capacidad de 700 toneladas.

Sfeir falleció en 1975. “La Esperanza” dejó de existir a principios de 1982 cuando una creciente desoló el lugar. A partir de ese año, El Jabalí se convirtió en un recuerdo secreto del presente.

En Argentina hay al menos otros tres barcos de este tipo. Foto/Archivo
En Argentina hay al menos otros tres barcos de este tipo. Foto/Archivo

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  1. (Marzo de 2013)

En esa noche de espera agarramos algunos bichos. Lo mejor fue un dorado que no recuerdo si llegó a San Nicolás. Mi tío, un arquitecto de las líneas de mano, enganchó una tarucha. Reinaldo tiene una ollita de acero que cuando vamos a pescar tratamos de que no se aleje demasiado del fuego. Bagres, taruchas, dorados chicos y bogas cortados en pedazos y rebozados en harina tienen su despedida solemne adentro de esa ollita cargada de aceite o untada con grasa de chancho. Comer en el Paraná nunca cae mal. Ni el ajo ni el vino, y mucho menos el pescado frito, alteran el orden armónico del cuerpo humano.

Cuando mis días en la capital se vuelven pesados y un poco monótonos, siempre pienso en el Paraná. Y hago fuerza para que recordar el río sea navegarlo. 

Con el barco de cemento (y sus ruidos y habitantes) a una distancia prudencial, la noche en el Horacio se convierte en la cena, en más charlas y anécdotas, con la fritura de la radio como música de fondo, y volver a recoger las cañas, ver qué quedó de carnada en el anzuelo, poner una morena que resplandece en su oscuridad y esperar, siempre esperar, a que un pique estremezca alguna campanita y cuando el sueño y el cansancio casi nos derrotan, pegar un salto, salir del calor interior del barco y manotear la caña que se dobla para adelante y se tensa, y entonces sí, pegar el tirón para ver si el bicho está enganchado y dios nos libre si lo que hay en las profundidades es pesado y tozudo, y empezar a recoger, el silbido de la tanza y el reel es una sola canción, y ahí nomás preparar el bichero porque si es grandote con la caña sola no lo levanta nadie, y a esa altura ya estamos todos en una danza de festejos y palabras de prudente cautela, pero quién nos quita lo bailado, y que si es un dorado o un patí, o (si la providencia nos ilumina), ahí abajo, en el fondo correntoso del Paraná, un surubí de bigotes refinados y la boca como un embudo achatado, entonces todos preparados, así, siempre así, en todas las pescas la feliz ilusión de que esa noche se nos da, si estuviera mi viejo dice mi tío Emilio, y cuando aparece mi abuelo en la voz de mi tío, la historia (la de mi familia, la mía) vuelve a los orígenes, a ese principio creador que es mi abuelo Emilio y su hermano Mario, y también su amigo Ramón, y las pescas un rito, una tradición de la sangre, el momento donde la organización familiar llegaba a niveles de perfección científica, mi abuelo Emilio en el medio como la fuente de energía originaria, y a su alrededor cañas, reeles, cajas de pesca, nietos, garrafas, un sol de noche, la parrilla, una que otra olla, bidones con agua, las bolsas de carbón, mantas y banquitos y reposeras, el asado y los salames, y kilos y kilos de pan, y mi abuelo ahí y nosotros volando a su lado y mi abuela Ñata con la paciencia de mil beduinos mirando cómo la pesca iba tomando forma debajo de la mesa de sastre de mi abuelo, y así toda la vida hasta esa noche fresca de marzo, mi tío, Reinaldo, yo, el barco de cemento a lo lejos, apenas una silueta tenebrosa e imponente recortada por el resplandor de ciudades lejanas, minúsculas esas ciudades al lado del Paraná, un país de agua, tierra e historias que nunca dejan de contarse.

"Si estuviera mi viejo" dice mi tío Emilio, y cuando aparece mi abuelo en la voz de mi tío, la historia (la de mi familia, la mía) vuelve a los orígenes, a ese principio creador que es mi abuelo Emilio y su hermano Mario, y también su amigo Ramón, y las pescas un rito, una tradición de la sangre, el momento donde la organización familiar llegaba a niveles de perfección científica. Foto/Leandro Albani
“Si estuviera mi viejo” dice mi tío Emilio, y cuando aparece mi abuelo en la voz de mi tío, la historia (la de mi familia, la mía) vuelve a los orígenes, a ese principio creador que es mi abuelo Emilio y su hermano Mario, y también su amigo Ramón, y las pescas un rito, una tradición de la sangre, el momento donde la organización familiar llegaba a niveles de perfección científica. Foto/Leandro Albani
  1. (Las voces)

El documental El Jabalí, historia de un naufragio tiene muchas virtudes. En apenas 25 minutos, su realizador José Luis Espeche sintetiza una historia desconocida, pero que es parte medular de las memorias del río. Durante tres décadas, Espeche recolectó archivos fotográficos y fílmicos (además del propio), contactó a Carlos e Inés Sfeir, hijo e hija del dueño del barco, y a quienes vivieron alrededor de “La Esperanza”. Sus voces son la fuente de la narración, a la que se suma la del noruego Erlend Bonderud, un investigador de naufragios e histórica nórdica que luego de leer un artículo sobre El Jabalí se dedicó a rastrear su origen europeo.

En un registro en video de 1990 se ve el barco en su total magnitud. Hoy, El Jabalí todavía se distingue, pero buena parte de su cuerpo ya es agua marrón del Paraná

Inés Sfeir recordaba que la vida en “La Esperanza” era “muy ordenada, muy rutinaria”, y que los trabajadores madrugaban para empezar la jornada. “Yo iba con mi papá en el barco. Estar a la madrugada y esperar el amanecer para la pesca, en silencio absoluto”, contó. Su hermano Carlos relató que cuando el barco ya estaba instalado por completo, un período de bajante en el río hecho por tierra su finalidad. Al no haber pesca, todo el esfuerzo de su padre fue casi inútil.

El proyecto de Sfeir padre no era sencillo. Para ponerlo en funcionamiento, desde Mar del Plata fue enviada toda la maquinaria: un horno rotativo de entre 7000 y 8000 kilos, una moledora, una secadora y un sinfín de ocho metros para transportar la harina para su embolsado. La embarcación además contaba con una caldera a presión y un grupo electrógeno.

Graciela Hevia, que nació en la década de 1960 al lado de “La Esperanza”, dijo que de pequeña sentía terror al ver el barco, pero sabe que es parte de su infancia y sus sentimientos. “Mi sueño es verlo flotar otra vez”, se lamentaba Graciela en el documental.

  1. (Memorias)

Hay unas pocas fotografías en blanco y negro, condenadas por paso del tiempo que difumina lo que se ve: el establecimiento pesquero “La Esperanza”. 

En una foto hay un espacio abierto de tierra pelada y al fondo dos tinglados, uno más alto que el otro. A la derecha se levanta la figura borrosa de otra estructura techada. Hay, tal vez, una persona pintada por las sombras. Más adelante, un trabajador lleva una carretilla hacia un galpón con paredes de chapa o de láminas de acero. Una mancha negra es la puerta que parece una de las fauces del río. Todo lo que toca el sol es blanco: barriles, maquinarias, botes. 

En otra de las fotografías todo es gris opaco: más barriles, un carro, una carreta donde resalta una rueda inmensa, un tinglado donde cuelgan cosas, el suelo áspero y más atrás la quietud del río.

También, en otra foto, hay tapas de acero apoyadas sobre una tolva, un par de rieles sobre el que se congela un carro de madera y una construcción alta de chapas acanaladas. Y otra imagen más, donde los rieles son dos líneas finas en la tierra, y cuatro trabajadores, dos a la izquierda, con camisas claras, mirando algo ahora borroso, uno de ellos con sus brazos apoyados en la cintura; los otros dos trabajadores, en el centro de la foto, son como manchas negras que apenas se perciben entre construcciones de madera, chapas y sombras con diferentes tonos.

Hay fotos de un hombre sobre un bote que cruza una franja de río petrificada, y también hay imágenes de los trabajadores sobre la rueda de una carreta en la costa, todos descalzos, las bombachas de campo arremangadas hasta las rodillas, la mayoría de ellos arrastrando un trasmallo. Los mismos hombres, en otra foto, miran de frente, con sombreros o boinas y camisas blancas, un bote y la rueda de la carreta las únicas cosas sin vida pero construidas con las posibilidades que da el río.

Un puñado de fotos, algunas ajadas, los rostros curtidos por el sol y el agua, las vidas que se alimentaron del Paraná, vidas que se convirtieron en las memorias del río.

Todo lo que toca el sol es blanco: barriles, maquinarias, botes. Foto/Leandro Albani
Todo lo que toca el sol es blanco: barriles, maquinarias, botes. Foto/Leandro Albani

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  1. (Marzo de 2013)

El Horacio se acerca despacio al barco de cemento. Reinaldo lo hace dar una media luna y deja que la correntada lo arrastre hasta la parte más hundida. Con mi tío bajamos y atamos una cuerda a uno de los tantos recuerdos de acero que sobreviven. En la cubierta hay decenas de cajones abandonados para colmenas. Nuestros primeros pasos sienten lo empinada que está la embarcación. Las paredes y los techos fríos, húmedos, sostenidos en una mezcla de grises, marrones y marcas de crecientes. Las pintadas registran que en algún momento pasaron Cristian, Joselo, Carli, Cucho y unos cuantos más. En el medio, un rectángulo abierto deja ver hacia abajo: agua y camalotes, y apenas una pequeña puerta que se salvó de los caprichos de la luna, permite observar las entrañas del barco. Otros huecos más elevados sí dejan ver el interior. 

El acero en el barco conforma un museo de un pasado que, muchas décadas atrás, era el futuro del trabajo. En el óxido se pueden rastrear las huellas naturales de un siglo. Malacates, cadenas, remaches y guías, ganchos y maquinaria derruida, todo se dispersa sobre el cemento bajo el sol y el viento. Reinaldo cuenta que años atrás El Ñato era “el encargado de contar la historia” —y que hasta una vez “salió en la televisión”—, pero que ese hombre ya es memoria del Paraná. Reinaldo también nos dice que con el paso del tiempo, los chatarreros entraron en acción sobre el barco. Todo es parte de los testamentos del río que se escriben sobre sus propias aguas y en sus correntadas y remansos profundos.

En la cubierta, la inmensidad del río se enrosca en el pecho y la sensación de agobio revela que cuando el Paraná se impregna en el cuerpo es lo más parecido a entregarse a una fe luminosa y etérea que el ser humano nunca conoció.

El Jabalí, inclinado cada vez más recto hacia el cielo, esa mañana cambió su carácter. El sol, el viento, la frescura del agua y los pájaros que lo usan de posta de descanso, le quitan de encima su figura tenebrosa. Bajo las nubes delgadas del cielo, es un mastodonte en posición de descanso, tal vez despertando de la larga noche de las islas. Mientras tanto, el río continúa su trabajo: lo lame, lo acaricia y lo arrastra al fondo de la propia historia del Paraná.

El sol, el viento, la frescura del agua y los pájaros que lo usan de posta de descanso, le quitan de encima su figura tenebrosa. Foto/Leandro Albani
El sol, el viento, la frescura del agua y los pájaros que lo usan de posta de descanso, le quitan de encima su figura tenebrosa. Foto/Leandro Albani

También podés leer: “Paraná en movimiento, la travesía es una gesta política”

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Leandro Albani (1980, Pergamino). Periodista. Autor de los libros "Kurdistán. Crónicas insurgentes" (kunto a Alejandro Haddad), "Revolución en Kurdistán. La otra guerra contra el Estado Islámico", "ISIS. El ejército del terror", "Mujeres de Kurdistán. La revolución de las hijas del sol" (junto a Roma Vaquero Diaz), "No fue un motín. Crónica de la masacre de Pergamino", "Ni un solo día sin combatir. Crónicas latinoamericanas" y "Kurdistán urgente. Historias de un pueblo en resistencia".

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