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Paraguay nunca se rinde

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“¿La garra guaraní o el mito que busca romantizar la pobreza?”, titula. No es un libro, no es una tesis doctoral. Es un reel de Instagram. Mejor dicho, la versión instagrameable de un comentario en un programa de radio. El que habla es Camilo Soares, a quien ahora nos conformaremos con llamar periodista. Horas atrás la selección albirroja, dirigida por el DT argentino Gustavo Alvaro, había dejado afuera del Mundial a la tetracampeona Alemania en un partido que quedará en la vitrina grande del fútbol paraguayo. Semejante victoria, incluso, llevó a que el presidente Santiago Peña decretara feriado nacional mediante un posteo en X: “¡PARAGUAY NUNCA SE RINDE! ¡¡FERIADO CARAJO!!”

Mientras tanto, Soares sintetiza la historia de una contradicción: “Nos enseñaron que jugar descalzos, entrenar con menos recursos, crecer en la precariedad y sacrificarse más que los demás era parte de nuestra identidad. Que justamente esas carencias nos hacían más fuertes. Pero vale la pena hacerse una pregunta incómoda. ¿Y si ese relato, además de reconocer el esfuerzo, termina justificando una realidad que nunca debió existir? (En la conferencia de prensa post partido) Gustavo Alfaro dejó una reflexión muy potente. Reivindicó el sacrificio de nuestros jugadores, pero al mismo tiempo dejó en claro que Paraguay necesita mejores academias, mejor infraestructura, más formación y las mismas oportunidades que tienen las grandes potencias del fútbol. Porque el objetivo no puede ser seguir formando futbolistas en la precariedad. El objetivo tiene que ser que ningún niño necesite sufrir más que otro para desarrollar su talento”.

Soares es, además de periodista, sociólogo. Fue uno de los fundadores del Partido del Movimiento al Socialismo (P-MAS) y ocupó el cargo de ministro-secretario de Emergencia Nacional, algo así como lo que en Argentina sería Defensa Civil, durante el gobierno de Fernando Lugo. Mi idea inicial era desgranar con él esta cuestión de los mitos fundacionales, de los relatos que los países se cuentan a ellos mismos, acaso para vanagloriarse o, en el peor de los escenarios, para divinizar sus condenas. Para comprender eso, me explicaba Soares, era necesario elaborar una tesis doctoral, y ahora puedo decir que tenía razón. De alguna manera lo intentamos, pero llegar hasta ahí requirió hacer un repaso por la reciente -y algo ignorada en Argentina- vida política paraguaya.

Por motivos familiares, la vida me llevó a visitar Paraguay en más de una ocasión. La última vez que estuve ahí intenté prestar un poco más de atención a cuestiones que otras veces había dejado pasar por alto. Me sorprendió, por ejemplo, que nadie pudiera asegurarme si el gobierno de Peña era bueno o malo. La sensación que me dio es que eso no importaba demasiado, si total “siempre va a ganar el Partido Colorado”, si total “son todos corruptos”. La mayor parte de mi familia vive en Itá, una pequeña ciudad a las afueras de Asunción. Para hacer una comparación argento-centrista, la distancia entre Itá y Asunción es similar a la que hay entre el partido de Tigre y el microcentro porteño. Mi tía Rocío me contó que para llegar a su trabajo en la capital a las siete de la mañana tenía que despertarse antes de las cuatro porque si la agarraba el tráfico de las 5 o 6 podía llegar a tardar tres horas. Siempre en auto, claro, porque el transporte público ni siquiera era una opción viable. Entendí de lo que hablaba cuando yo mismo me subí a un auto y tuve que hacer ese recorrido. La única forma de llegar a Asunción es a través de una ruta doble mano, un solo carril de ida y uno solo de vuelta. Simplemente era parte del hábitat cotidiano.

“Mientras todos aplauden la ‘garra guaraní’”, concluye Soares “muchas veces dejamos de exigir aquello que realmente puede cambiar las cosas: inversión en el deporte, infraestructura, formación y políticas públicas que permitan que el talento paraguayo compita en igualdad de condiciones”. No voy a mentir, el fútbol terminó siendo una excusa. Al final, pensé, el deporte puede ser uno más de los lenguajes con los que intentamos explicarnos día a día, subsistir. ¿Qué tanta noción tenemos de la presión con la que esos lenguajes moldean todo a nuestro alrededor?:

-La idea de romantizar el aguante, dejando el rol del Estado ahí al margen, ¿dónde creés que tiene sus orígenes, su mito fundacional? ¿La Guerra de la Triple Alianza? ¿La dictadura de Stroessner?

-Lo que sucede es que la dictadura militar de Alfredo Stroessner fue una dictadura muy larga, más de treinta y cinco años, del ‘54 al ‘89. Pero había un elemento que hacía que fuera una dictadura larga, dura, sin alcanzar los niveles de violencia que tuvieron Chile o Argentina. La sociedad paraguaya de 1954 era inmensamente rural, mucho más rural que la de cualquier otro país de la región. Incluso hoy Paraguay sigue siendo el país con mayor proporción de población rural de Sudamérica, aunque eso cambió muchísimo en las últimas décadas. Desde la caída de Stroessner hubo una transformación sociodemográfica enorme: Paraguay pasó de ser un país predominantemente rural a ser un país mayoritariamente urbano. Pero es una urbanización muy reciente. Esta es la primera generación nacida en la ciudad. La mayoría de sus padres son migrantes campesinos. Entonces tenés una transición cultural muy fuerte. Los padres viven en una especie de limbo: dejaron de ser campesinos, pero todavía no terminan de ser aceptados plenamente por la ciudad. Y los hijos tampoco terminan de pertenecer a ninguno de los dos mundos. Conservan costumbres heredadas del campo, pero ya no son campesinos; al mismo tiempo, tampoco forman parte de la cultura urbana tradicional de las viejas élites paraguayas.

Viaductos del corredor vial botánico se incorporan al paisaje urbano. Foto/Lorena Aponte para ABC
Viaductos del corredor vial botánico se incorporan al paisaje urbano. Foto/Lorena Aponte para ABC

-¿Y cómo dialoga esa clase trabajadora con la política?

-Acá todo el mundo explica los problemas del país diciendo que todo es culpa de la corrupción. Punto. Se termina ahí. La corrupción aparece como un problema exclusivamente moral: quién es honesto y quién es deshonesto. Entonces pareciera que, si reemplazás a los corruptos por gente honesta, el problema desaparece. Eso impide hacer una lectura más profunda de la estructura social y política del Paraguay. Además, históricamente los conflictos sociales paraguayos nunca estuvieron organizados alrededor del movimiento obrero, como ocurrió en otros países. Paraguay nunca tuvo una clase trabajadora industrial importante. El gran sujeto social siempre fue el campesinado. Y el campesinado tiene características muy particulares. Es una sociedad dispersa, atomizada, cada familia en su pequeña parcela. Por eso los conflictos históricos fueron conflictos por la tierra: ocupaciones, desalojos, cierres de rutas, ese tipo de luchas.

-Siguiendo tu lógica, algo debería cambiar con esta creciente urbanización de Paraguay…

-En los últimos diez o quince años los conflictos campesinos fueron perdiendo centralidad, eso sí. Cambiaron profundamente las bases materiales del campo paraguayo. Hay un dato que para mí es muy ilustrativo: la Federación Nacional Campesina, que es la organización campesina más importante del país, realiza desde 1994 una gran marcha sobre Asunción todos los meses de marzo. Era un acontecimiento político ineludible. Movilizaban veinte mil, treinta mil, cuarenta mil personas. Y la marcha se hacía, sin excepción, con lluvia, tornados o terremotos. Este año, sin embargo, fue la primera vez desde 1994 que los campesinos no marcharon sobre Asunción. El gobierno dice que eso demuestra que consiguió la paz social. No es cierto. Lo que ocurrió es que las bases materiales del campesinado cambiaron dramáticamente durante los últimos treinta años, especialmente en la última década. Porque la economía paraguaya sí atravesó una transformación enorme. Si tomás como referencia el año 2003, el Producto Bruto Interno (PBI) paraguayo rondaba los seis mil millones de dólares, lo mismo que una sola provincia argentina. Hoy supera los sesenta mil millones. Es un crecimiento extraordinario, difícil de encontrar en otro país de la región. Ahora bien, ese crecimiento produjo algo muy particular: permitió que las élites tradicionales y algunos nuevos sectores enriquecidos alcanzaran niveles de vida propios del primer mundo, mientras el resto del país siguió viviendo en condiciones profundamente precarias.

-Cuando uno recorre los barrios más ricos de Asunción o ve la dimensión de los shoppings más nuevos encuentra un nivel de lujo incluso mayor que en espacios similares de Argentina. Pero después salís de ahí y seguís viendo rutas colapsadas, gente que tarda tres horas para llegar a trabajar, un transporte público muy deteriorado…

-Exactamente. Y ahí volvemos al punto inicial. Paraguay nunca había sido un país urbano como lo es ahora. Entonces, para las élites, ni siquiera era necesario desarrollar algo parecido a un Estado de bienestar. No existían grandes concentraciones urbanas ni una clase trabajadora que presionara por ese tipo de políticas. Recién ahora el Estado empieza a recibir la presión de una población urbana cada vez mayor, de trabajadores industriales y de servicios que empiezan a reclamar infraestructura, transporte, salud, educación. El problema es que toda esa transformación social convive con un sistema político que prácticamente no cambió.

***

El partido-Estado

-Claro, el país crece pero la política es la misma. Ahí aparece inevitablemente el Partido Colorado…

-Exactamente. El Partido Colorado construyó una hegemonía muy profunda en la sociedad paraguaya. Tiene redes clientelares monumentales. Si uno quisiera buscar alguna comparación con Argentina tendría que pensar, más o menos, en algunas provincias del norte, como Formosa, para entender ciertas dinámicas políticas. La diferencia es que incluso en un lugar como Formosa, por formar parte de un movimiento nacional más amplio, el gobierno termina obligado a construir determinados niveles de bienestar. Acá ni siquiera eso ocurrió, porque tampoco existió una protesta social permanente que presionara en ese sentido. Durante mucho tiempo el Partido Colorado sostuvo su poder sobre el funcionariado público, pero después fue perfeccionando el sistema. El control de los principales recursos económicos del Estado quedó históricamente en sus manos.

-Y, además, desde 1947 solo perdió una vez…

-Hay que pensar una cosa: después de la guerra civil paraguaya, solamente dejó el gobierno entre 2008 y 2012, durante la presidencia de Fernando Lugo. Estamos hablando de un partido que lleva casi ocho décadas administrando el Estado. Pero hay otro problema igual de importante: enfrente del Partido Colorado nunca apareció una alternativa verdaderamente distinta. El principal partido opositor es el Partido Liberal Radical Auténtico. Sin embargo, si uno mira el proyecto social, la concepción económica o incluso la cultura política, encuentra enormes similitudes con el Partido Colorado. Son la cara y la cruz de una misma moneda. Es más: muchas veces las élites liberales son incluso más anticomunistas que las propias élites coloradas. Conservan muy viva toda esa tradición heredada de la Guerra Fría, del enemigo interno, del anticomunismo. Entonces la población termina diciendo algo muy sencillo: “¿Para qué voy a votar una copia si puedo quedarme con el original?” Y así nunca consiguió desarrollarse una fuerza verdaderamente contrahegemónica.

-¿Y por qué creés que eso nunca ocurrió? ¿Por qué prácticamente no quedaron rastros del gobierno de Lugo?

-Yo tengo una hipótesis. O, mejor dicho, una conjetura. Por un lado, tiene mucho que ver con la propia estructura social paraguaya. Durante muchísimo tiempo no hubo grandes ciudades ni una clase trabajadora urbana numerosa. Eso dificulta enormemente la construcción de organizaciones políticas de masas que disputen la hegemonía. Recién ahora empiezan a existir esas condiciones. Y ahí aparece otra confusión bastante extendida, sobre todo vista desde afuera: mucha gente cree que Fernando Lugo fue un presidente de izquierda. Yo no comparto para nada esa lectura. Lugo no fue un gobierno de izquierda. Él provenía de una familia colorada. Logró articular una coalición muy amplia de sectores opositores y consiguió algo histórico, que fue derrotar electoralmente al Partido Colorado. Pero eso no significó que impulsara un programa transformador. Lugo era un obispo progresista, eso es cierto. Pero una cosa es ser un obispo progresista y otra muy distinta es construir un proyecto político. No había esa racionalidad. De hecho, cuando era presidente siempre repetía: “Yo no soy de izquierda”. Recién después de que lo destituyeran empezó a reivindicarse como un dirigente de izquierda. Para nosotros era bastante absurdo. El sistema político paraguayo nunca consiguió construir una alternativa duradera al Partido Colorado. Mi conjetura es bastante pesimista: en términos estrictamente electorales, casi utilitarios, hoy no existe una forma real de derrotarlo.

Expresidente de Paraguay, Fernando Lugo, durante su rehabilitación en Cuba. Foto/La Nación Paraguay
Expresidente de Paraguay, Fernando Lugo, durante su rehabilitación en Cuba. Foto/La Nación Paraguay

-Y la forma en que terminó el gobierno de Lugo también debe haber tenido un impacto fuerte sobre quienes habían depositado alguna expectativa en esa experiencia. Me imagino que para mucha gente debió sentirse como la confirmación de que cualquier intento de cambio iba a terminar siendo aplastado…

-Sí… aunque hay algo paradójico. No hubo una reacción social demasiado grande. Y eso también tiene una explicación. Durante su gobierno, Lugo desmovilizó muchísimo a la sociedad. En lugar de aprovechar esos años para fortalecer organizaciones populares, sindicatos, movimientos campesinos y formas de participación política, terminó reproduciendo muchas de las prácticas tradicionales del propio coloradismo. Los dirigentes que antes te convocaban para organizar una marcha o una huelga empezaron a buscarte para conseguir una audiencia con un ministro. La movilización fue reemplazada por la gestión. Y así cualquier intento de confrontación quedaba aislado. Los grandes medios de comunicación golpeaban permanentemente a los sectores más combativos, las élites económicas hacían lo mismo y, para colmo, dentro del propio gobierno predominaban sectores muy conservadores que tampoco estaban dispuestos a sostener un conflicto político.

-Decías recién que no existe una forma real de derrotar al Partido Colorado. ¿Estos cambios demográficos que mencionabas antes no son un escenario prometedor para que surjan variantes al status quo?

-Yo soy muy amigo de un concepto: las condiciones de posibilidad. No sé si hoy existen los márgenes para que eso ocurra, pero sí existen las condiciones de posibilidad. Y esa diferencia para mí es importante. Sin determinadas condiciones materiales no hay ninguna posibilidad de cambio. Cuando esas condiciones aparecen, recién ahí puede empezar a discutirse otra cosa. Si me preguntaras desde una mirada muy clásicamente leninista, te diría que empiezan a existir las condiciones objetivas, pero siguen sin existir las condiciones subjetivas. No tenemos una izquierda organizada, con presencia territorial, con capacidad de disputar sentido. Hubo un momento en que la izquierda llegó a tener representación parlamentaria, pero estaba muy atada al ciclo político de Lugo. Cuando ese ciclo terminó, la izquierda prácticamente desapareció del mapa. Hoy la discusión política en Paraguay se reduce a continuidad o alternancia.

-¿Y qué representa esa alternancia?

-No representa un proyecto distinto. Vos les preguntás a los principales dirigentes opositores qué piensan de Estados Unidos, de Donald Trump, del papel del Estado en la economía, y encontrás respuestas prácticamente idénticas a las del Partido Colorado. No existe una discusión sobre soberanía nacional. No existe una discusión seria sobre desarrollo económico. Planteás que el Estado debería intervenir más en la economía y enseguida te dicen “zurdo”, independientemente de si son colorados, liberales o lo que sea. En Argentina esos espacios ideológicos existen, pueden ser más grandes o más chicos, pero existen. Acá no. Acá lo que existe es una hegemonía. Y cuando digo hegemonía lo digo en un sentido estrictamente gramsciano. El Partido Colorado consiguió construir una hegemonía que no consiste solamente en ocupar el Estado o ganar elecciones. Consiguió ocupar el código cultural con el que la sociedad interpreta la realidad. Entonces una persona puede militar toda su vida contra el Partido Colorado y, sin embargo, seguir pensando desde categorías profundamente coloradas. Eso es hegemonía.

-Como si la tradición política del Partido Colorado fuese directamente la tradición del Estado paraguayo…

-Exactamente. Te doy un ejemplo muy simple. Yo no estoy bautizado, no soy católico, soy ateo. Pero nací y crecí en una sociedad profundamente católica. Entonces llega Semana Santa, llega Navidad, llega el Día de la Virgen, y aunque yo no crea absolutamente en nada, toda mi vida cotidiana sigue organizada alrededor de ese calendario. No necesito ser católico para pensar desde una cultura católica. Bueno, con el coloradismo pasa algo parecido.

-¿Y no existe alguna especie de contra-agenda capaz de introducir ciertos debates que no se están dando?

-Mirá. El otro día, en mi programa de radio, estaba leyendo una nota publicada en el principal diario del país (que vendría a ser una especie de Clarín paraguayo) y, en el suplemento cultural, aparecía una noticia presentada de forma completamente natural. Decía que la Orquesta Sinfónica Nacional iba a realizar un concierto para homenajear los doscientos cincuenta años de la independencia de los Estados Unidos. Y nadie veía nada raro. Entonces yo preguntaba al aire: ¿la Orquesta Sinfónica Nacional también organiza conciertos para conmemorar la Revolución China? ¿La independencia de Bolivia? ¿Las fiestas patrias de Colombia? ¿La independencia de Chile? No. ¿Por qué se homenajea la independencia de Estados Unidos? Y, sobre todo, ¿por qué eso pasa completamente desapercibido? Si vos cuestionás algo así, enseguida te dicen que estás exagerando: “Qué amargado, no politices todo.” Como si fuera simplemente un concierto. Pero justamente ahí está la política. La sociedad paraguaya naturalizó de una manera muy profunda la centralidad cultural de Estados Unidos. Funciona como una especie de hermano mayor. Y esa naturalización es tan fuerte que deja de percibirse como parte de una construcción política.

***

Centro Educativo Privado Walter Elías Disney

Por mucho tiempo lo tomé como algo anecdótico. En otro de esos viajes a Paraguay me enteré que uno de mis primos iba a la “escuela de Disney”. ¿A la escuela de qué? Al colegio Walt Disney. En realidad, me explicaron, se llama Centro Educativo Walter Elías Disney. ¿De dónde salía “Elías”? Bueno, Walt Disney, escrito así, es el nombre de la marca y por supuesto no se trataba de una sucursal bancada desde los Estados Unidos, por lo que simplemente no se podía llamar así. Entonces le pusieron el nombre completo del creador de Mickey Mouse, el que llevaba en su documento. En vez de interpretar a los héroes patrios, en los actos del colegio Walter Elías, los alumnos se disfrazaban de los objetos encantados de La bella y la bestia o de los juguetes de Toy Story. Me pareció ocurrente contarle esto a Camilo Soares:

-Te doy un ejemplo todavía más absurdo. Acá, en Asunción, había una plaza que históricamente se llamaba Plaza Simón Bolívar. Cuando Paraguay rompe relaciones con Venezuela, en medio de toda aquella crisis regional posterior al juicio político contra Fernando Lugo, le cambian el nombre. ¿Y sabés qué nombre le ponen? Plaza Walt Disney. Así, directamente.

-Mentira.

-Verdad. Plaza Walt Disney. Y no fue una ocurrencia aislada. Después Paraguay restableció relaciones diplomáticas con Venezuela y surgió la propuesta de devolverle a la plaza su nombre original, Plaza Simón Bolívar. ¿Y qué pasó? Los vecinos organizaron una campaña para impedirlo. Juntaron firmas. Hicieron manifestaciones. Salieron a defender el nombre Walt Disney. Llevaban muñecos de Disney en las pancartas. Era una locura, una verdadera locura. Y finalmente consiguieron que volviera a llamarse Plaza Walt Disney.

-Parece una anécdota graciosa, pero resume todo lo que me venías diciendo.

-Claro. Porque una hegemonía tan potente termina expresándose en esas cosas. En el nombre de una plaza, en un concierto de la Orquesta Sinfónica, en un colegio. En decisiones que parecen completamente inocentes. Y, sin embargo, ahí está condensado un proyecto cultural. Yo incluso diría algo más. No estoy seguro de que en los propios Estados Unidos Disney ocupe el lugar simbólico que ocupa en Paraguay. Porque acá representa mucho más que una empresa, representa un horizonte cultural. Y eso es precisamente lo que hace tan difícil discutir cualquier forma de dependencia. Porque antes de discutir la dependencia económica o política, tendríamos que discutir la dependencia cultural. Y esa discusión prácticamente no existe.

-Mientras te escuchaba pensaba que, en Argentina, aunque existe una influencia enorme de la cultura norteamericana, también existe una tradición muy fuerte de discutirla. Hay toda una historia de antiimperialismo, de debates sobre soberanía, sobre dependencia. Uno puede coincidir o no, pero ese lenguaje existe…

-Exactamente. Ese es el problema. Acá muchas veces ni siquiera entendemos de qué estamos hablando cuando aparece la palabra imperialismo. Porque la influencia norteamericana se vive como algo completamente natural, no como una relación de poder. Y cuando algo deja de percibirse como una relación de poder, deja también de ser un problema político. Pasa a formar parte del paisaje. Por eso yo siempre digo que la mayor victoria del Partido Colorado no fue solamente gobernar durante décadas. Fue conseguir que buena parte de la sociedad paraguaya terminara interpretando el mundo desde categorías que ya no siente como propias del Partido Colorado, sino simplemente como el sentido común. Eso es una hegemonía. No que todos voten al mismo partido, sino que incluso quienes quieren derrotarlo terminan pensando con las herramientas culturales que ese mismo partido ayudó a construir.

-Uno de los eventos que se sumó al conflicto agrario de la época en cayó el gobierno de Lugo fue la aparición del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), un enigmático grupo guerrillero al que se le atribuyó, entre otros actos, la quema de maquinaria agrícola y el secuestro y asesinato del estanciero Luis Lindstron. En ese entonces un cartel en el poste de una hacienda fue la forma en la que decidieron presentar la lista de sus crímenes. En ese cartel había una frase: “Hay vacas de los oligarcas que tienen más valor que un campesino paraguayo”. Pasaron muchos años desde entonces. ¿Sentís que esa frase sigue describiendo al Paraguay de hoy?

-Depende de a quién le preguntes. La mayoría de las personas probablemente te digan que no, que eso es mentira. Te va a responder que la ganadería genera trabajo, que gracias al campo la economía paraguaya crece, que el país exporta cada vez más. Esa es una mirada. Después están los técnicos, los economistas ortodoxos, los analistas que sostienen que ese crecimiento termina derramando sobre toda la sociedad y que, de una forma u otra, el campesinado también se beneficia. Y después está la otra visión, de la cual yo soy tributario. Para mí, en el Paraguay actual, la producción ganadera tiene muchísimo más valor que el campesinado. Yo suelo usar una imagen que una vez me trajo un problema enorme cuando ocupaba un cargo público. Dije que en Paraguay las vacas tienen mejor salud dental que la población. Casi me matan. Pero no era una metáfora, era literalmente cierto. Para exportar carne a Europa o a Estados Unidos, los animales tienen que pasar controles sanitarios muy rigurosos. Entre otras cosas, les revisan la salud bucodental porque es un indicador del estado general del animal. Si la dentadura no está en condiciones, esa vaca no se exporta. Entonces las vacas paraguayas reciben controles odontológicos mucho más estrictos que una enorme parte de la población. Vos caminás por los barrios populares de Asunción (ni siquiera hace falta ir al interior) y encontrás una cantidad enorme de personas con un deterioro muy fuerte de su salud bucal. Por eso digo que no es una figura retórica. Es una descripción bastante precisa del modelo de desarrollo paraguayo. Hoy una vaca tiene objetivamente más valor económico que un campesino. Porque el campesinado dejó de ocupar un lugar central dentro del modelo productivo. La riqueza rural ya no depende del pequeño productor, depende de los grandes complejos agroindustriales, completamente mecanizados, integrados al mercado internacional y con niveles tecnológicos de primer mundo.

Marcha de la Federación Nacional Campesina de Asunción. Foto/Fernando Romero para ABC
Marcha de la Federación Nacional Campesina de Asunción. Foto/Fernando Romero para ABC

-Y, sin embargo, es el tipo de modelos que en Argentina se ponen de ejemplo.

-Porque es cierto que crece. Paraguay produce mucha más carne que antes. Produce carne de muchísima mejor calidad. Exporta más. Pero una cosa es el crecimiento económico y otra muy distinta es quién se apropia de ese crecimiento. La carne que producimos terminó convirtiéndose en un artículo de lujo para buena parte de la propia clase trabajadora paraguaya. Ese es el contrasentido. El país produce más riqueza que nunca, pero esa riqueza está extraordinariamente concentrada. Por eso vos venís a Asunción y ves centros comerciales que probablemente no encontrás en muchas ciudades argentinas, pero caminás quinientos metros, ochocientos, un kilómetro y aparece otro Paraguay, el Paraguay del tercer mundo.

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Joaquín Benitez Demark es periodista. Escribe el newsletter "La sociedad del rebote" miércoles de por medio.

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