InicioEspecialesIII Asamblea Mundial ONO“Cuando sabemos quiénes somos, sabemos cómo caminar en el mundo”

“Cuando sabemos quiénes somos, sabemos cómo caminar en el mundo”

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Adam Shield of the Feather pertenece a los pueblos Oneida y Washoe de Estados Unidos. Cuando habla de su identidad, lo hace desde una idea de pertenencia que excede ampliamente el origen familiar. Para él, reconocerse como parte de esos pueblos significa saber de dónde viene, comprender qué lugar ocupa dentro de una comunidad y asumir una responsabilidad hacia quienes estuvieron antes y quienes vendrán después. “Cuando sabemos quiénes somos, sabemos cómo caminar en el mundo”, dice. En esa frase condensa buena parte de una concepción en la que la identidad, la soberanía y la vida colectiva forman parte de un mismo entramado.

Entre los Oneida, esa trama se sostiene sobre una organización matrilineal en la que la descendencia sigue la línea femenina y las mujeres ocupan un lugar central dentro de la estructura social y política. Las madres de clan tienen históricamente la responsabilidad de nominar líderes y también pueden removerlos cuando dejan de contar con la confianza de la comunidad. Las mujeres cuentan además con sus propios espacios de deliberación y sus decisiones pueden llegar al consejo confederado. La autoridad femenina no queda restringida al ámbito familiar, sino que atraviesa la continuidad del clan, el territorio, la representación política y la preservación de la comunidad.

Esa forma de organización está ligada a la tradición política de los Haudenosaunee, la confederación integrada originalmente por Mohawk, Oneida, Onondaga, Cayuga y Seneca, a la que posteriormente se sumaron los Tuscarora. Durante siglos, esas naciones sostuvieron un sistema que les permitió permanecer unidas sin perder sus propias identidades. La Gran Ley de la Paz, conocida como Gayanashagowa, estableció principios de convivencia, deliberación y responsabilidad común y fue transmitida mediante la memoria oral y los cinturones de wampum. En lugar de una autoridad central que absorbiera al resto, el sistema articuló diferentes naciones dentro de una estructura común.

Uno de sus símbolos fundamentales es el Árbol de la Paz. Sus raíces se extienden hacia los cuatro puntos cardinales y representan una paz que puede alcanzar incluso a quienes originalmente no formaban parte de la Confederación, siempre que acepten las responsabilidades que supone vivir bajo esos principios. La pertenencia aparece así vinculada tanto al origen como a una conducta colectiva. La casa larga completa esa imagen. Distintas naciones pueden habitar una misma estructura, conservar su autonomía y al mismo tiempo reconocerse como parte de una comunidad mayor. Esa idea reaparece permanentemente en el relato de Adam cuando habla de los Oneida y, al mismo tiempo, extiende su identificación hacia los pueblos indígenas de Centro y Sudamérica.

La centralidad de las mujeres dentro de este sistema permite aproximarse al concepto de matriarcado desde una perspectiva diferente a la simple inversión de las jerarquías patriarcales. Las mujeres no sustituyen a los hombres en una pirámide de poder, sino que forman parte de una distribución de responsabilidades en la que los distintos consejos tienen funciones propias. Las mujeres de cada clan mantienen su propio fuego de consejo y pueden reunirse cuando los intereses del pueblo lo requieren. Sus decisiones y recomendaciones tienen un canal establecido hacia las autoridades de la Confederación. Los hombres cuentan también con sus propios consejos, dentro de una arquitectura política que busca sostener el equilibrio y la deliberación entre distintas partes de la comunidad.

Las madres de clan ocupan, sin embargo, una posición decisiva. La descendencia se organiza por la línea femenina, las mujeres aparecen como progenitoras de la nación y mantienen una relación particular con la tierra. Sobre ellas recae también una parte esencial del control del liderazgo. Elegir a quien representa a la comunidad supone igualmente conservar la facultad de retirarle esa confianza. De esa manera, la autoridad de un jefe no se concibe como un poder autónomo o permanente. Está condicionada por su comportamiento, por su servicio al conjunto y por el vínculo que conserva con quienes lo reconocieron como autoridad.

Adam Shield of the Feather pertenece a los pueblos Oneida y Washoe de Estados Unidos. Foto/Camila Mitre
Adam Shield of the Feather pertenece a los pueblos Oneida y Washoe de Estados Unidos. Foto/Camila Mitre

El propio liderazgo se concibe desde una lógica alejada de la idea de mando vertical. Los jefes deben actuar como orientadores de su pueblo, mantener la paciencia frente a las críticas y priorizar el bienestar colectivo. Las decisiones pasan por distintas instancias de discusión y revisión y el acuerdo debe ser comprobado entre diferentes cuerpos. Incluso frente a una amenaza extraordinaria para el conjunto de las naciones, la voz del pueblo vuelve a ocupar el centro del proceso de decisión. El poder aparece así asociado al consentimiento, la responsabilidad y el servicio, antes que a la capacidad de imponer una voluntad individual.

La organización política tampoco está separada de la vida cotidiana. La soberanía alcanza la producción, la distribución de alimentos, la tierra y los vínculos familiares. Las madres de clan tuvieron históricamente funciones vinculadas con la distribución de recursos y con la conservación de la identidad y los registros de la comunidad. La agricultura correspondía principalmente a las mujeres, mientras que entre las tareas masculinas se encontraban la caza, la pesca y el trabajo forestal. Esa división no convierte cada actividad en un universo aislado, sino que forma parte de una economía basada en la reciprocidad y en la responsabilidad común.

A esa concepción se suma una relación con el tiempo que incorpora explícitamente a las generaciones futuras. Las decisiones no deben evaluarse solamente por sus efectos inmediatos, sino por sus consecuencias a largo plazo. El llamado principio de la Séptima Generación obliga a considerar a quienes todavía no nacieron. La naturaleza entra también dentro de ese círculo de responsabilidades. Árboles, ríos, vientos, antepasados y generaciones futuras forman parte de una misma red. Gobernar significa entonces mantener un equilibrio entre personas, territorio y comunidad, y no administrar exclusivamente las necesidades del presente.

Ese sistema atravesó siglos de desposesión territorial, tratados incumplidos y políticas destinadas a reemplazar las instituciones indígenas por modelos occidentales. Sin embargo, muchas de esas estructuras permanecieron. La Confederación continúa existiendo, la Gran Ley sigue siendo transmitida, las madres de clan continúan nombrando líderes y la casa larga mantiene su lugar como espacio comunitario y ceremonial. La continuidad de esas instituciones ayuda a entender por qué Adam utiliza la palabra soberanía cuando habla de lengua, educación y tradición. Para él, preservar una canción, aprender una ceremonia o recuperar una lengua forma parte también de la posibilidad de seguir existiendo como pueblo.

La educación aparece precisamente como uno de los principales campos de esa disputa. Adam cuenta que durante los últimos años su comunidad impulsó escuelas de inmersión cultural donde los niños comienzan aprendiendo su propia lengua, sus tradiciones y sus formas de comprender el mundo. Recién después incorporan los contenidos del sistema educativo estadounidense. El objetivo no es aislar a las nuevas generaciones del mundo exterior, sino evitar que incorporarse a él implique necesariamente abandonar aquello que los vincula con su comunidad.

Ese problema atraviesa buena parte de su reflexión sobre la juventud. Adam identifica en el modelo occidental una promesa de vida construida alrededor del individuo. Estudiar, conseguir una profesión, casarse y organizar la existencia únicamente alrededor de una carrera personal puede terminar desplazando la responsabilidad comunitaria. La pregunta que aparece entonces entre algunos jóvenes es para qué aprender una lengua o participar de una ceremonia si la vida cotidiana parece desarrollarse por fuera de esas prácticas.

Algunos jóvenes salen de sus comunidades, se forman como abogados, médicos o profesionales de la salud y luego regresan para poner esos conocimientos al servicio de sus pueblos. Esa trayectoria transforma incluso la relación entre educación occidental y tradición. Aquello que alguna vez funcionó como instrumento de asimilación puede convertirse también en una herramienta para recuperar tierras, defender derechos y reconstruir instituciones propias. La formación profesional deja de implicar necesariamente una ruptura con el origen cuando el conocimiento adquirido vuelve a circular dentro de la comunidad.

En ese punto, la cuestión del matriarcado se entrelaza con una discusión más amplia sobre qué significa sostener una cultura viva. La autoridad de las mujeres, la transmisión de la pertenencia, las escuelas de inmersión, las ceremonias, la casa larga y la recuperación territorial forman parte de una misma disputa por la continuidad. La propia tradición contempla mecanismos para adaptarse frente a nuevas circunstancias, sin abandonar los principios que organizan la vida colectiva.

Por eso, cuando Adam habla de sus pueblos, la identidad aparece menos como una etiqueta que como una práctica. Ser Oneida o Washoe significa mantener una relación con una comunidad, aprender sus historias, participar de sus ceremonias, cuidar aquello que fue transmitido y encontrar la manera de legarlo a otros. También implica entender que la soberanía puede comenzar mucho antes que en una frontera o en una institución estatal. Puede empezar en una lengua que vuelve a hablarse, en una madre de clan que conserva la capacidad de elegir a un líder, en una familia que decide enviar a sus hijos a una escuela cultural o en una comunidad que recupera una porción de su territorio.

En su relato, la maternidad, aparece como parte de una estructura que todavía organiza vínculos, responsabilidades y formas de comprender el poder. Una concepción donde liderar supone servir, donde las mujeres intervienen directamente en la continuidad política de la nación y donde las decisiones deben considerar a quienes todavía no nacieron. Es también desde ahí que Adam piensa el desafío central de su generación, encontrar la manera de vivir en el presente sin perder aquello que permite a un pueblo reconocerse a sí mismo.

-¿Qué significa para vos pertenecer a los pueblos Oneida y Washoe y cómo influye esa identidad en tu manera de vivir?

-Pertenecer a los pueblos Oneida y Washoe de Norteamérica me hace sentir conectado con mis orígenes, con mis pueblos y con quien soy como persona en este mundo. Creo que ahí es donde existe la verdadera soberanía, cuando conocemos nuestra identidad a través de nuestra cultura y nuestras tradiciones. Eso forma quien soy en el mundo, porque cuando sabemos quiénes somos, sabemos cómo caminar en el mundo.

Para mí, además, no se trata solamente de formar parte de estos pueblos. También siento a los pueblos indígenas de Centroamérica y Sudamérica a mi lado. Recuerdo a un anciano que me decía que esta sangre, desde el norte hasta el sur, forma parte del linaje del águila y el cóndor. Y por eso tengo una responsabilidad, como él decía. Poder hacer el trabajo que hago con las naciones indígenas, desde el norte hasta el sur, me lleva nuevamente a mis orígenes y a mis pueblos para poder ayudar. Especialmente en estos tiempos, eso forma parte de una profecía. Para mí es algo muy especial y me siento orgulloso de formar parte de esto.

-¿Cómo se transmiten la lengua, las ceremonias, las historias y los conocimientos tradicionales a las nuevas generaciones?

-A través de las escuelas. Nuestra tribu, durante los últimos diez años, ha creado lo que llamamos una escuela de inmersión cultural. Tenemos profesores de la propia tribu que enseñan primero a los niños nuestra tradición, nuestra cultura y nuestra lengua. Después incorporan los programas educativos estadounidenses. Los niños aprenden la lengua y también la transmiten hacia los adultos. Esa revitalización se está sosteniendo de una buena manera porque los padres quieren que sus hijos estén en esas escuelas, y la mayoría lo hace.

Entre las tradiciones más importantes que se han transmitido en nuestra tribu están, por supuesto, las canciones, que yo también estoy intentando aprender, y la Gran Ley de la Paz. Es la historia del Pacificador y de cómo logró reunir a nuestras naciones bajo lo que conocemos como la Gran Ley de la Paz, simbolizada por el Árbol de la Paz. Ese árbol sostiene los principios, las comunidades y las naciones juntas. La Gran Ley de la Paz está presente en cada ceremonia. Honramos nuestra forma de ser a través de las canciones, del cuidado de nuestros alimentos y de la siembra. Tenemos ceremonias de plantación y diferentes ceremonias comunitarias que se realizan en nuestra casa larga.

Nuestro verdadero nombre es Haudenosaunee, que significa “la gente de la casa larga”. Son todas las naciones bajo una misma casa, viviendo juntas, respirando juntas y apoyándose unas a otras. Yo soy Oneida, pero también están los Mohawk, Onondaga, Cayuga, Seneca y Tuscarora. Son naciones diferentes que trabajan juntas porque la Gran Ley de la Paz creó un modelo que permite que pueblos distintos puedan convivir y avanzar juntos. Cada nación tiene su propia casa larga. Allí se reúne la comunidad para realizar sus ceremonias, contar sus historias y desarrollar los distintos acontecimientos culturales y comunitarios.

-¿Qué amenazas enfrenta actualmente esa transmisión cultural, especialmente entre los jóvenes?

-Diría que una de las principales luchas y problemas que veo entre mi gente tiene que ver con el pensamiento occidental. Especialmente en Estados Unidos, ese pensamiento nos dice que tenemos que ir a la escuela, construir una vida individual para nosotros mismos, conseguir una profesión, casarnos y pasar el resto de nuestros días con ese matrimonio y esa carrera. Nuestra juventud ha ido creyendo en esa manera de vivir. Entonces algunos se preguntan por qué necesitan la cultura y las tradiciones si esa es la forma en que viven. Se les ha hecho creer que esa es la manera de vivir y muchos jóvenes dejaron de interesarse tanto por aprender sus propias tradiciones y formas de vida.

Creo que eso lentamente está cambiando. Como decía, tenemos estas escuelas de inmersión y, cuando los niños ingresan a ellas y aprenden desde una edad temprana, muchos quieren permanecer conectados de esa manera. Eso es algo muy bueno. También tuvimos un problema con la lengua. No muchas personas se preocupaban por aprenderla. Pero, nuevamente, a través de las escuelas de inmersión se comienza a enseñar desde una edad temprana y la lengua también se está recuperando.

-¿Cómo se reconstruye una comunidad después de generaciones de colonización y de pérdida de tierras, lenguas y tradiciones?

-También está ocurriendo una recuperación de nuestras tierras. Aunque hemos atravesado todas estas luchas, muchos miembros de nuestros pueblos se integraron al mundo exterior y pudieron educarse. Ahora están regresando a sus comunidades. Hay personas que estudiaron y tuvieron buenos maestros y maestras, y vuelven a casa para ayudar como abogados, médicos y profesionales de la salud. Están ayudando con la recuperación de nuestras tierras y con todas las cosas necesarias para mantener unida a nuestra tribu. Eso es algo muy importante.

Hay muchas luchas en el mundo. Las reservas están entre los lugares más pobres de Estados Unidos y nosotros somos los pueblos originarios de esas tierras. Sé que esto también ocurre con muchos otros pueblos alrededor del mundo. Pero a través de la educación y de encuentros entre pueblos indígenas, donde las personas pueden reunirse y discutir estos problemas, aparecen nuevas ideas para orientar y educar mejor a nuestra gente. Por eso tengo confianza y creo que, a pesar de todas estas luchas, podemos construir un futuro mejor.

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Periodista (TEA-Universidad de Concepción del Uruguay) y fotógrafa (ETER); especialista en política internacional. Soy docente en TEA&Deportea y escribo en Página 12.

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