A los pies de las pirámides de Xochicalco, representantes de pueblos originarios de distintos puntos de América y África reunidos por la Organización de Naciones Originarias realizaron una ceremonia dedicada a la tierra y a las fuerzas de la naturaleza. El fuego, el agua, el viento y la tierra formaron parte de un ritual atravesado por el agradecimiento, la memoria de los ancestros y el vínculo entre las comunidades y el territorio. En muchas cosmovisiones indígenas estos elementos forman parte de un mundo en el que naturaleza, seres humanos y espiritualidad permanecen profundamente relacionados.
Durante la ceremonia se proclamó también el nacimiento del Sexto Sol, expresión que para quienes participaron simboliza el comienzo de un nuevo tiempo para los pueblos originarios. Allí apareció una de las imágenes que desde hace décadas recorre encuentros indígenas de América, la profecía del Águila y el Cóndor, según la cual llegará un tiempo en que los pueblos del Norte y del Sur volverán a encontrarse y “volarán juntos”. En versiones contemporáneas de este relato aparece también el Quetzal, ave profundamente vinculada con las culturas mesoamericanas, como símbolo de Centroamérica. Águila, Cóndor y Quetzal reunidos expresan así una misma aspiración, la unidad de los pueblos de todo el continente.

El escenario difícilmente podía ser más significativo. Xochicalco fue uno de los principales centros políticos y ceremoniales de Mesoamérica entre los siglos VII y X y todavía conserva el monumental Templo de las Serpientes Emplumadas. Sus relieves muestran la importancia que esta figura tuvo en la concepción mesoamericana del cosmos. El Instituto Nacional de Antropología e Historia señala que la Serpiente Emplumada fue un símbolo religioso y de poder, pero también de unidad del cosmos, y que en siglos posteriores sería conocida como Quetzalcóatl. En el propio templo de Xochicalco quedaron además registrados fenómenos astronómicos, entre ellos la representación de un eclipse ocurrido en el año 664.
Las abuelas y las mujeres tuvieron un lugar central en la ceremonia, como guardianas de una memoria que se transmite entre generaciones y que encuentra en la palabra, las plantas, los alimentos, los cuidados y la relación con la tierra algunas de sus formas de continuidad. Frente a las antiguas piedras de Xochicalco, esa transmisión adquirió también un sentido político.
Después de siglos de conquista, colonización y persecución de sus culturas, pueblos provenientes de diferentes territorios volvieron a reunirse alrededor del fuego para reconocerse unos a otros. “Tlazohcamati miyac”, “muchas gracias” en una variante del náhuatl registrada por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, puede condensar algo de lo ocurrido allí.
Periodista (TEA-Universidad de Concepción del Uruguay) y fotógrafa (ETER); especialista en política internacional. Soy docente en TEA&Deportea y escribo en Página 12.


