Isaac Díaz nació en San Pablo Autopan, en el Estado de México, y se presenta como médico tradicional, filósofo, escritor, poeta y sacerdote otomí. Desde hace décadas trabaja en la recuperación y difusión de la lengua, la filosofía y la espiritualidad de su pueblo, una tarea que lo llevó a publicar libros, participar en investigaciones y ofrecer conferencias dentro y fuera de México. La UNAM conserva registros de su trabajo como hablante y traductor de otomí, es una figura dedicada a mantener vivo el pensamiento de su comunidad.
Su camino como curandero, cuenta, comenzó mucho antes de que pudiera nombrarlo de esa manera. Creció junto a sus abuelos, escuchando relatos, aprendiendo ceremonias y siguiendo los calendarios otomíes. Cuando era niño, un rayo cayó cerca suyo y de uno de sus hermanos. Sus abuelos interpretaron aquel episodio como una señal de la divinidad y le dijeron que había sido elegido para curar. Años más tarde, después de formarse en filosofía y teología y ordenarse sacerdote católico, abandonó el sacerdocio y regresó a su comunidad para dedicarse de lleno a la tradición otomí y cumplir la promesa que había hecho a su abuela antes de que muriera.
Para él, curar forma parte de un sistema espiritual en el que cuerpo, mente, alma, naturaleza y comunidad están profundamente relacionados. Sus ceremonias cambian según la persona y el motivo de la consulta e incluyen ofrendas, invocaciones a distintos espíritus, cantos, fuego y el uso del sahumero. Él cuenta que acerca sus manos al fuego y luego las coloca sobre diferentes partes del cuerpo para identificar y retirar aquello que interpreta como energías o presencias negativas, y sostiene que el canto también puede utilizarse para llamar al espíritu y restablecer el equilibrio.
En su concepción, estas prácticas forman parte de una preparación espiritual que, según la tradición que reivindica, exige disciplina, ayuno, conocimiento y haber sido señalado para cumplir esa función.
-¿Cómo comenzó tu vínculo con la espiritualidad otomí y cuándo entendiste que ese era tu camino?
-Desde niño, con mi abuelita y mi abuelito, los papás de mi papá, nosotros vivimos las tradiciones. Nunca se perdieron las ceremonias ni los calendarios otomíes. Ellos me contaban en otomí toda la historia y la filosofía otomí. En nuestros pueblos dicen que si te toca el rayo eres señalado por la divinidad para hacer cosas grandes. Yo estaba con un hermano mayor cuando cayó un rayo. A mi hermano lo botó como dos metros y a mí solamente me sentó. Mis abuelos dijeron que habíamos quedado marcados.
También hubo otras cosas que me fueron marcando. Cuando era joven se me apareció un jaguar negro y después un lobo negro. Muchos años después le pregunté a mi abuelo y me dijo que él era ese nahual. Me explicó que el nahual no es para hacer cosas negativas, sino que es el guardián de la cultura. Cuando escuchas al nahual, le está diciendo al pueblo y a los espíritus “aquí estoy todavía y mi cultura no se va a perder”. Eso me cambió totalmente la visión de la vida. Después también apareció un águila blanca enorme, y yo recordé que el nombre que me había dado mi abuelo de niño significaba “águila blanca”. Para mí fue otra señal de que tenía que continuar.
-¿Qué significa para vos curar dentro de la tradición otomí?
-Cuando me toca el rayo, mis abuelos me dicen “a ti te señalaron para curar”. Para nuestro pueblo, si te toca el rayo eres señalado por la divinidad para hacer determinadas cosas. Pero tienes que prepararte. Es cuerpo, mente, alma y espíritu. Cuando hablo del cuerpo, tienes que trabajar lo que comes, hacer ejercicio y practicar el ayuno voluntario. También tienes que trabajar la mente. Cuando cuerpo y mente están equilibrados, llegas a lo que yo llamo alma y tienes la capacidad de curarte, de autocurarte y de tener otro contacto con la vida.
Cuando cuerpo, mente, alma y espíritu están fuertes, entonces puedes llegar al espíritu. Ya no solamente puedes curarte tú, puedes curar a otros seres humanos y también a la naturaleza. Pero para lograrlo tienes que tener un equilibrio muy fuerte contigo mismo. Para mí, el guerrero otomí no es el que mata ni el que domina a otros. El guerrero es el que se domina a sí mismo. Su enemigo es la flojera, aquello que no quiere hacer y tiene que hacer. Lo elemental es entender esa visión espiritual de la vida y entenderte a ti mismo.
-¿Cómo son las ceremonias de curación y qué elementos utilizás en ellas?
-Las ceremonias son distintas. Son para equilibrar la vida, para curar, para darle poder a alguien. Cambian las formas, los modos, lo que se pide y las ofrendas. Dependiendo de qué ceremonia estés haciendo, invocas a determinado espíritu para que se logre aquello que estás pidiendo. Si voy a curar a una persona, primero pregunto qué tiene. Dependiendo de eso invoco también al espíritu y preparo una ofrenda diferente. Cada enfermedad implica una ceremonia distinta.
Yo uso el fuego. Enciendo el sahumero, pongo las manos en el fuego y después las pongo en distintas partes del cuerpo. Cuando pongo las manos, siento si sale algo o si entra algo. También existen cantos muy poderosos que me enseñaron mis abuelos. El canto es rezo. Hay cantos al sol, al viento, a la tierra. Con el canto también puedes curar, porque para nosotros la naturaleza está hablando y está cantando. Nosotros somos naturaleza. Pero una ceremonia no la hace cualquiera. Tiene que hacerla una persona preparada y señalada por la divinidad.
-¿Cómo se relacionan la naturaleza, los espíritus y los antepasados dentro de tu visión de la vida?
-Nuestros ancestros nunca pierden la comunicación con nosotros. Lo que pasa es que con la educación muchas veces dejamos de entender la manera en que se comunican. Ves una mariposa y puede ser un ancestro diciéndote “despierta”. Puede ser un pájaro o alguna otra señal. Si me preguntas si hablo con mis abuelos que ya fallecieron, hablo con ellos. Y si me preguntas si hablo con mis ancestros más allá de mis abuelos, también hablo con ellos. A veces llegan en la noche y me advierten cosas.
Mi abuelita me decía que nosotros los otomíes somos de aquí, de la Tierra, pero que venimos de las Pléyades. Antes, cuando moría alguien, el cuerpo se envolvía en un petate y se llevaba cerca del río. Esperaban la noche, que las estrellas se reflejaran en el agua, y hacían una ceremonia. Se pedía al río que se llevara el cuerpo y a la Vía Láctea que guiara el espíritu hasta su hogar, en las Pléyades. Por eso para nosotros el Día de Muertos significa que esos ancestros regresan a visitarnos. Nosotros hacemos la ofrenda porque para nosotros sí vienen.
-¿Qué entendés por filosofía y teología otomí, y por qué decidiste recuperar ese pensamiento?
-Yo estudié filosofía y teología, pero cuando hablo de los pueblos indígenas no tiene nada que ver con lo que estudié dentro de la Iglesia. Eso sí me dio elementos para explicar ciertas cosas. La filosofía permite explicar algunas cuestiones de una manera más racional, mientras que la teología me permite hablar de otras cosas que la filosofía o la ciencia no pueden explicar.
Yo dejé el sacerdocio católico porque necesitaba reencontrarme con mi cultura. Cuando hice a un lado todo eso, vi el poder que tenemos cada uno de nosotros, cada pueblo y cada cultura. Por eso me dediqué a recordar todo lo que mis abuelos me habían enseñado, a investigarlo y sistematizarlo. Doy conferencias sobre filosofía y teología y escribo para mostrar otra forma de mirar la vida. Mi altar es otomí, mis ceremonias son otomíes y cuando hablo de filosofía y teología parto de esa visión. La finalidad de mi trabajo es demostrar que nuestros pueblos tienen conocimiento y que cada pueblo tiene que ser arquitecto de su propio destino.
Periodista (TEA-Universidad de Concepción del Uruguay) y fotógrafa (ETER); especialista en política internacional. Soy docente en TEA&Deportea y escribo en Página 12.


