María Eugenia Castañeda Rediz creció vinculada desde niña al conocimiento y las prácticas de la tradición mexica. Sus padres, interesados en los saberes de sus ancestros, la acercaron desde temprano a un camino que con el tiempo se transformaría en parte central de su vida. A los nueve años, recuerda, sintió su primer llamado al observar a un grupo de danzantes y decirle a su padre que quería ser como ellos. Años después comenzó a formarse en la danza y encontró distintos maestros que la introdujeron también en saberes vinculados con la elaboración de atuendos, el bordado, los huaraches y las prácticas de sanación.
Una parte de ese recorrido está atravesada por la Danza de la Luna, una ceremonia contemporánea de raíz mexica protagonizada por mujeres y vinculada con la búsqueda espiritual, la sanación y la transmisión de conocimientos. Distintos círculos de esta tradición sitúan el comienzo de las primeras danzas modernas en México a comienzos de la década de 1990, a partir de enseñanzas transmitidas por abuelas y de la recuperación e interpretación de elementos de la tradición ceremonial mexica. La danza suele desarrollarse durante varias noches e integra movimiento, cantos, tambores, oración y ceremonias como el temazcal.
La Danza de la Luna se convirtió también en un espacio de encuentro entre mujeres y de construcción comunitaria. Estudios antropológicos sobre estos círculos la describen como una práctica ritual en la que el cuerpo, la danza y la memoria oral funcionan como vehículos de espiritualidad, identidad y sanación emocional. En algunos encuentros, las participantes permanecen juntas durante varios días, realizan talleres y danzan durante la noche al ritmo del tambor y los cantos.
Para ella, sin embargo, estos conocimientos no pertenecen a un pasado inmóvil. Su sentido está precisamente en vivirlos y transmitirlos. Habla de una espiritualidad que se aprende a través de la experiencia, de maestros y abuelos que dejan “semillas” para las generaciones siguientes, y de mujeres que encuentran en la danza un camino de transformación. Reivindica la posibilidad de sostener una identidad mexica en pleno siglo XXI y de hacer que sus saberes ancestrales continúen formando parte de la vida cotidiana.

-¿Qué significa para vos ser una mujer mexica en pleno siglo XXI y cómo forma parte esa identidad de tu vida cotidiana?
-Considero que mi vida como mujer mexica en la actualidad es toda una revolución que ha ocurrido a lo largo de mi existencia. Desde que nací tuve unos padres que ya se interesaban por el conocimiento de nuestros ancestros y me integraron dentro de ese conocimiento. Me enseñaron, me guiaron y me protegieron. Después, poco a poco, uno va creciendo y va conociendo este camino. El toque del huehuetl que vibra dentro del corazón fue el primer llamado que sentí cuando era una niña de apenas nueve años. Le dije a mi papá: “Papá, yo quiero ser como los danzantes que están ahí”. Mi papá volteó, se me quedó mirando y me dijo: “Algún día, hija, algún día vas a ser como ellos”. Yo me quedé con esa ilusión. Pasaron los años y no veía nada, pero tenía esa confianza de niña.
Luego llegaron mis primeros maestros. Eran unos maestros de primaria, aunque yo ya estaba en secundaria, y ellos me integraron en mi primer movimiento de la danza. Empecé a entender cómo era desplazarse por el universo, volar como un águila, entender el ritmo y todo lo que estaba guardado como una semilla dentro de esa danza. Con el tiempo tuve otros maestros, muy amorosos, que me guiaron y me integraron todavía más en este conocimiento. Me enseñaron a bordar un atuendo, a hacer un huarache, a elaborar mi copilli y muchas otras cosas. No tengo más que agradecimiento para ellos. También conocí a otro gran maestro, que era un curandero danzante azteca. Con emoción y con ilusión aprendí a curar y aprendí a danzar. Entendí la conexión de la danza con el Gran Espíritu y cómo, a través de mi movimiento, podía invocar al Gran Espíritu y a las energías presentes en la naturaleza. Aprendí a sanar hermanos y aprendí también que en esta vida hay seres buenos y seres malos. Él me decía que, de todas maneras, todos los caminos nos llevan a la gran divinidad, sea bueno o sea malo.
-¿Cómo se puede incorporar una sabiduría ancestral a la vida moderna sin convertirla en una pieza del pasado, sino en una forma viva de relacionarnos con la comunidad, la naturaleza y con nosotros mismos?
-Pues es vivirla. Primeramente, nosotros la tenemos que vivir. Si yo desde que era niña sentía la necesidad de reconocerme y de conocer mi pasado, igualmente hay muchas hermanas y muchos hermanos que andan en la búsqueda, que quieren esa guía, esa luz, que tienen esa necesidad de saciar esa hambre, esa sed, y necesitan que alguien les enseñe el camino. Y no es vivir en el pasado. Es vivir nuestro presente y saber que viene el futuro, en el que tenemos que recoger esas semillas que nos dejaron guardadas, escondiditas, nuestros abuelos, y hacerlas retoñar. Hacer que florezcan nuevamente esos conocimientos y esas sabidurías ancestrales. Poderlas vivir es hacerlo todos los días. Nosotros somos seres conscientes, seres que sabemos que hay algo más allá que la simple existencia sobre la Tierra. Necesitamos esa elevación, necesitamos ese desarrollo.
-¿Cómo se transmiten estos conocimientos a las nuevas generaciones y qué lugar tienen las mujeres en la tarea de conservarlos, transformarlos y mantenerlos vivos?
-Nosotros tenemos la tarea, como abuelos, como hermanos, como padres y como maestros, de transmitirlos de manera verbal, vivencial y existencial. Tenemos que invitar, atraer y enamorar a nuestros alumnos para que se sientan arraigados, para que reconozcan sus raíces, para que sientan ese vibrar de la Tierra y del universo dentro de ellos y para que entiendan lo que es la espiritualidad viviente que está en sus corazones. Siempre hemos procurado trabajar con los niños. En la actualidad tenemos nuestro círculo de Danza de la Luna, donde las mujeres van y se integran 500 o 700 mujeres en un solo movimiento, al ritmo de un huehuetl, con cantos y con danza.
Es bien hermoso ese trabajo con ellas porque van sanando sus corazones y van entendiendo cuál es ese camino. Cuando uno las ve entrar, entiende que son mujeres que vienen muy dañadas, muy enfermas y que necesitan mucho amor. Cuando salen en su novena danza son totalmente otras mujeres. Son bellas mariposas, son aves esplendorosas, son seres completos.
Periodista (TEA-Universidad de Concepción del Uruguay) y fotógrafa (ETER); especialista en política internacional. Soy docente en TEA&Deportea y escribo en Página 12.


