En un mundo donde la mediación algorítmica y la inteligencia artificial atraviesan cada rincón de nuestra cotidianidad, la idea de que la tecnología es un mero instrumento neutral se desmorona por completo. Para desarmar estos engranajes complejos de dominación y plantear alternativas colectivas, conversamos con Sol Verniers, tecnóloga, consultora especializada en transformación digital y ciberseguridad, activista del software y hardware libre, y “obrera del byte” con más de 14 años de trayectoria como product manager en la industria informática. Verniers, quien también es Máster en Artes Electrónicas y Estéticas Tecnológicas (UNTREF) y Lic. en Artes Combinadas (UBA), nos invita a reflexionar sobre cómo fuimos despojados de nuestro anonimato y cómo el diseño de las interfaces actuales está decididamente programado para capturar nuestro tiempo y lucrar con ello.
¿Por qué sostenés que lo tecnológico es político?
La tecnología es política porque conforma nuestra propia existencia. No debemos pensarla únicamente en términos cibernéticos –como la computación o Internet–; tejer, escribir o cocinar también son tecnologías y en ellas hay política, sociedad, cultura y territorio. En el desarrollo de software y hardware libre este debate es permanente. Con el software libre, liberamos el código para que cualquiera lo edite, modifique y copie. Pero al intentar hacer lo mismo con el hardware libre, por ejemplo, ¿cómo hacemos una placa para que la pueda tener todo el mundo? Hay que tener conocimiento de electrónica, acceso a la placa, tener microcomponentes. Al querer liberar el modelo de una taza de cerámica, te chocás con que no todos los territorios tienen la misma arcilla, ni se cocinan igual. Esto demuestra que ninguna tecnología es neutra: siempre hay personas tomando decisiones detrás de su construcción, decisiones que están indefectiblemente atravesadas por lo territorial y lo cultural.
En los inicios de la red parecía existir un espacio de mayor libertad y anonimato. ¿Cómo pasamos de esa Internet al actual escenario de capitalismo de datos?
Siento que hubo momentos clave donde fuimos perdiendo cosas. Al principio tuvimos un mayor anonimato bajo el uso de nicknames o apodos. El punto de quiebre fundamental fue cuando la plataforma Facebook logró que todos pusiéramos nuestros nombres reales en las redes, lo que permitió asociar y perfilar directamente nuestras identidades digitales.
En los años 90 existía el movimiento Netart, donde hacías tu propio sitio web experimental, con códigos y dibujos fantasiosos, y lo borrabas a la semana siguiente: el que lo vio, lo vio, y el que no, no. Hoy, por el contrario, vivimos bajo un extractivismo de datos masivo donde se guarda absolutamente todo. Las empresas almacenan nuestros correos, búsquedas en Google Maps, compras, clics y likes. ¿Por qué necesitan guardar un “Me Gusta” de mi tía Carola del año 2007? Lo guardan porque les sirve para perfeccionar nuestros perfiles digitales, lo que demanda la construcción de más data-centers gigantescos que invaden y consumen recursos en los territorios.
Silicon Valley comenzó a contratar neurocientíficos para estudiar cómo manipular el comportamiento de los usuarios. ¿Cómo se traduce esto en el diseño de las plataformas que usamos a diario?
Existe un esfuerzo consciente en el diseño gramatical, de color, de palabras y de tiempos para hacernos adictos a los sistemas. El cambio más dañino en nuestra forma de consumir información fue la implementación del scroll infinito. Antes, la navegación estaba paginada; tenías puntos de parada, al igual que cuando lees un libro y podés marcar una página, cerrar y decir “llegué hasta la página cinco”. Al insertar el scroll infinito, eliminaron el freno físico.A esto se le suman las notificaciones algorítmicas, diseñadas específicamente para ser enviadas en el momento del día en que somos más vulnerables. La competencia por capturar nuestra atención es tan descarnada que el propio CEO de Netflix declaró una vez: “Nuestra competencia es el sueño”. Nos quieren con insomnio para poder seguir extrayendo valor.
¿Qué datos manejamos sobre el tiempo real que pasamos frente a las pantallas?
En América Latina, el promedio de uso diario del celular oscila entre 6 y 8 horas, y en los casos más extremos llega a 11 horas. Esta adicción no es casual. Meta, –la compañía dueña de Facebook, Instagram y Whatsapp–, por ejemplo, ya fue judicializada y condenada precisamente por diseñar e implementar sistemas adictivos dirigidos a adolescentes y jóvenes. Es un problema grave de salud mental colectiva que debe abordarse de manera interdisciplinaria entre psicólogos, científicos sociales, docentes y los propios jóvenes.
Otro aspecto preocupante de este perfilamiento es el avance de las billeteras digitales y los préstamos rápidos en sectores vulnerables. ¿Cómo opera esta maquinaria económica sobre el usuario común?
Las plataformas informáticas están diseñadas bajo la premisa de “evitar la fricción”, buscando que todo sea excesivamente fácil. Esto tiene consecuencias financieras perversas. Los flujos de pago cotidianos están manipulados: al momento de pagar, el primer botón de opción de pago que te muestra la pantalla no es tu saldo disponible en cuenta, sino la tarjeta de crédito. Esto se hace para que gastes dinero que no tenés, se generen intereses y se maximicen las ganancias de quienes diseñaron la interfaz, aprovechándose del error, la falta de fricción o la comodidad del usuario. Además, se realizan perfilamientos económicos muy precisos: a los barrios populares se les segmenta publicidad muy específica de supuesta “educación financiera para tu billetera”, cobrando tasas dinámicas de interés (300%, 400% o 700%) según el perfil socio-económico y las zonas por las que te movés. Por ejemplo, en billeteras virtuales como Mercado Pago, el sistema te envía notificaciones ofreciéndote préstamos ultra sencillos con un solo clic justo alrededor del día 20 del mes, porque ese día se ha convertido en el “fin de mes actual” para los sectores precarizados.
Se suele repetir que “si el servicio es gratis, el producto sos vos”. ¿Cómo evaluás el verdadero valor de lo que les entregamos a estas corporaciones?
Esa frase es real, pero yo iría más allá: estamos precarizados 24/7 trabajando gratis para las redes sociales. Todo el contenido lo creamos nosotros, y si no creamos contenido, interactuamos, damos likes o scrolleamos, lo que igualmente les proporciona datos invaluables. Hay una obra de arte crítico excelente de Manuel Beltrán, llamada El Sindicato de los Trabajadores de la Data (disponible en speculative.capital), que consiste en un celular con Facebook que monitorea tu rostro, expresiones e interacciones. Al finalizar la sesión, te emite un ticket de supermercado detallando exactamente cuántos dólares generaste para la empresa en ese tiempo de navegación.
Por otra parte, el supuesto consentimiento que damos al aceptar los términos y condiciones es una trampa absoluta; son extensos, incomprensibles y cambian constantemente. Un caso paradigmático de esto fue el del videojuego Pokémon Go: los jugadores recorrían las calles grabando sus entornos reales para capturar criaturas virtuales en la dinámica del juego. Esos registros territoriales se vendieron posteriormente por más de 3.000 millones de dólares a una empresa en Medio Oriente para entrenar robots. Los usuarios jamás consintieron ni supieron que su juego terminaría financiando y entrenando otro tipo de tecnologías.
Frente a estas críticas, muchas personas responden con frases hechas como: “Yo no tengo nada que ocultar” o “uso las redes para trabajar, así que a mí me sirve”. ¿Qué opinión te merecen estas respuestas?
A mí esa respuesta de “no tengo nada que ocultar” me molesta muchísimo, porque equivale a decir “no necesito intimidad”. Yo les pregunto: ¿Le dejarías tu historial de navegación completo a toda tu familia? Si fueras empresario, ¿le entregarías toda tu facturación a los sistemas de control? La intimidad y el resguardo de nuestra vida privada son fundamentales. Aunque hoy el anonimato absoluto ya no sea técnicamente viable, la privacidad sigue siendo un derecho fundamental.
El saberse vigilado de forma masiva genera ansiedad y trastornos psicológicos profundos. No estamos hablando de vigilancias políticas específicas —que las hay y son graves— sino de una vigilancia masiva, silenciosa y sistemática que nos encierra en burbujas de contenido que limitan nuestra libre asociación y condicionan nuestras decisiones políticas y económicas a través de precios dinámicos.
¿Creés que los dispositivos domésticos ampliaron la vigilancia masiva?
Hemos normalizado e instalado tecnologías de vigilancia dentro de nuestros propios hogares y círculos íntimos bajo una falsa sensación de seguridad. Pasa con las cámaras domésticas para ver a las mascotas, o con aplicaciones de geolocalización familiar.
Tengo una amiga tecnóloga y docente que instaló una app de rastreo para saber dónde estaban sus hijas y su madre. En un momento dado, por error, aceptó en su “círculo” familiar a una usuaria que se llamaba “Sol”, pensando que era yo. Resultó ser una persona desconocida de México que estuvo vigilando la geolocalización de toda su familia durante tres días hasta que nos dimos cuenta.
Muchas veces vulneramos nuestros derechos y los de nuestros hijos sin ser conscientes de los fallos de seguridad de las aplicaciones que consumimos. De hecho, como se describe en el fanzine “Tu pareja no es hacker”, el espionaje y control doméstico entre parejas no ocurre por habilidades informáticas complejas, sino simplemente por dejar sesiones abiertas en computadoras compartidas o conocer respuestas a preguntas básicas de seguridad.
Frente a este escenario sombrío, ¿por qué la política y las legislaciones actuales parecen incapaces de poner un freno eficaz a estas corporaciones?
Porque las legislaciones y regulaciones actuales se quedan muy cortas y suelen fallar en los aspectos técnicos, debido a la rapidez con la que se intentan aprobar. Además, como sociedad y como sistema institucional, le hemos cedido una autoridad ciega a los modelos probabilísticos de Inteligencia Artificial. Se suele argumentar que la solución es incorporar “verificación humana”. Pero, ¿cuánta formación real se le da a la gente para auditar a la IA? ¿Quién hace un análisis crítico? La IA nos devuelve cálculos matemáticos y respuestas automatizadas y la gente las toma como verdades absolutas sin editarlas ni revisarlas. Si yo le pregunto a la IA sobre nutrición y no soy nutricionista, ¿cómo puedo verificar si lo que me dice es correcto?
Hoy conviven dos modelos de corporaciones tecnológicas: las que presionan por marcos regulatorios específicos para consolidar su poder y autoridad en el sector; y aquellas que buscan directamente reemplazar al Estado o insertarse dentro de sus estructuras. Mientras tanto, la discusión de fondo se esquiva: nadie audita el consumo energético brutal de la industria, la destrucción de puestos de trabajo de programadores desplazados por la IA, o el impacto ambiental de los descomunales centros de datos que requiere este tecno-capitalismo. Necesitamos volver a entender la tecnología, reconfigurar nuestros dispositivos de manera consciente y recuperar la soberanía sobre nuestras identidades digitales.
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Desarrollador de Software | Periodista de Investigación y Datos | Fotoperiodista


