En Finlandia son las 14.30. En Argentina, seis horas más temprano. El pronóstico dice que en Buenos Aires la llovizna y las nubes no se irán hasta dentro de una semana, mientras que en Helsinki la cara de mi entrevistada brilla por los rayos de un sol amarillo. “Estamos en la época en la que los días son muy largos”, me cuenta cuando, de repente, dejo de ver su cara. “¿Querés ver el mar Báltico?” La cámara frontal se desactiva y observo, desde un rincón del conurbano bonaerense, un cuerpo de agua oscuro y espeso enmarcado por un bosque y un ventanal. El tercer marco es la pantalla de mi computadora y el agradecimiento es para la persona que hizo posible que se puedan cambiar las cámaras de los celulares en medio de una videollamada.
Hoy, buena parte de las interacciones humanas están mediadas por miles, por millones de personas. Sobre todo, aquellas que no incluyen el cara a cara. Desde que desenchufamos un dispositivo hasta que damos por finalizado un meet, detrás de cada una de esas operaciones ya cotidianas está o estuvo la cabeza de un diseñador.
Mariana Salgado me cita algunos proyectos de diseño que tuvieron un impacto positivo en la sociedad y que no necesariamente responden a las lógicas del mercado para hacerme entender que un diseñador exitoso no solo es “aquel que tiene su propio estudio y hace una lámpara o una tipografía”. Se llaman diseñadores sociales y, como Salgado, trabajan en buscar soluciones que no siempre persiguen las ganancias económicas, sino que se dedican a mejorar la calidad de vida de las personas.
Salgado es doctora en Diseño por la Universidad de Aalto y desde hace 26 años vive en Helsinki. Dirigió Inland, el primer laboratorio de innovación y diseño del Servicio Finlandés de Inmigración (Migri) y ahora trabaja en ICOS (Sistema Integrado de Observación del Carbono), una plataforma de investigación de la Unión Europea que proporciona datos estandarizados y abiertos sobre las concentraciones de gases de efecto invernadero y los flujos de carbono entre la atmósfera, la tierra y los océanos.
Buena parte de su tiempo libre se lo dedica a conducir Diseño y Diáspora, un podcast que ya lleva más de 700 entrevistas a personas ligadas a distintas ramas del diseño social y tres premios internacionales. Es el podcast de diseño en español más escuchado y suele ser utilizado en universidades de todo el mundo.
De niños, pienso, nuestros padres, un libro o los dibujitos nos enseñaron cómo funcionan las cosas. Por qué las cosas que sirven son así y no de otra forma. Si el mes pasado los lenguajes y los mitos podían ser una manera de moldear nuestra cotidianidad, ¿cuánto influye el hecho de que el mundo tangible y digital que nos rodea interactúe con nosotros de la forma en que lo hace?
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-Algo en tu tesis doctoral me llamó la atención: los diseñadores muchas veces encuentran soluciones para problemas que no tienen un mercado capaz de hacerlas rentables. ¿Tu trabajo en los museos seguía un poco esa lógica?
-Sí. Cuando hice mi doctorado quería hacer una investigación en diseño para alguien que no necesariamente pudiera pagarla. Tenía un sueldo de la universidad de Aalto para investigar, así que decidí trabajar con museos, que muchas veces no tienen diseñadores de interacción o de servicios. Trabajé haciendo piezas interactivas para distintos museos de Helsinki. Uno de los proyectos estuvo relacionado a personas con discapacidad visual. Me interesa el diseño social, el diseño para y con poblaciones vulnerables, y me parecía que los museos de arte eran un territorio interesante porque no suelen ser espacios muy accesibles para personas con discapacidades visuales. Hicimos una guía participativa en la que las personas podían tocar con guantes algunas esculturas y grabar lo que percibían al hacerlo. Después, en lugar de escuchar al guía del museo, escuchabas las percepciones de otros visitantes sobre esa obra. En otros proyectos también hicimos que fueran los propios visitantes quienes explicaban las piezas en lugar de los artistas. Muchas veces la gente piensa que los museos son espacios para una élite intelectual y que no están pensados para ellos. Estos proyectos buscaban decir lo contrario: que el museo también podía ser para vos. No necesitás saber sobre arte para tener algo que decir frente a una obra. En otra exposición, por ejemplo, los textos que acompañaban las piezas estaban hechos por visitantes. Ellos eran los que contaban sus propias experiencias con los objetos. Era la forma de hacer accesible el museo, usando la voz de otros visitantes para contar, en vez de la voz del curador.
-En tu carrera hay un desplazamiento muy marcado. Empezaste trabajando en cosas bastante comerciales como diseñar vidrieras en shoppings, después pasaste por los museos, por inmigración y finalmente por cuestiones ambientales. Cambiaste el diseñar experiencias por diseñar sistemas. ¿En qué momento un diseñador decide ampliar el volumen social de su trabajo?
-En algún momento tuve un malestar muy tangible con estar haciendo cosas que no me servían, no me representaban y no se alineaban con mis valores. Entonces decidí irme de Argentina y seguir estudiando como una manera de dar un giro a mi carrera. Pero después es una decisión que vas tomando permanentemente. Cuando aparecen posibilidades de trabajo, podés elegir entre una consultoría con objetivos más comerciales o el sector público. Yo decidí trabajar para el sector público. Para mí, trabajar en el Estado, tanto en inmigración como ahora en cuestiones relacionadas con el medio ambiente, es trabajar para todos. Cuando trabajaba en el Servicio Finlandés de Inmigración (Migri), entendí que absolutamente todos los que vienen a Finlandia tienen que pasar por esa agencia. No hay una agencia paralela para quienes pueden pagar más. Eso implica otro tipo de responsabilidad y era un trabajo que me interesaba desarrollar. Además, yo también soy una inmigrante. Ahora trabajo para una infraestructura de investigación de la Unión Europea en la que ayudamos a investigadores de todo el mundo que trabajan con información sobre gases de efecto invernadero. Los datos que proveemos son de acceso libre y gratuito, y trabajamos poniendo mucho énfasis en la accesibilidad. Todo esto también lo digo desde un lugar de privilegio: pude tomar esas decisiones. No todo el mundo puede hacerlo. A veces toca hacer cosas más comerciales porque no queda otra.
-En tu podcast, Diseño y Diáspora, llevás hechas más de 700 entrevistas a personas que trabajan en ámbitos muy diversos del diseño. Por lo general, las obras de tus entrevistados están vinculadas a problemas muy actuales, ¿qué ámbitos del diseño pueden tomar relevancia en la solución a problemas del futuro?
-Para mí, lo que se viene fuerte es que las carreras de diseño son cada vez menos lineales. Hay gente que viene de la antropología y va al diseño, gente que empieza en una disciplina y después se mueve hacia otra. Las etiquetas de diseño gráfico, industrial, de servicios o UX (experiencia de usuario) nos están quedando chicas porque muchos diseñadores están trabajando directamente sobre desafíos sociales. Hay diseñadores que trabajan sobre cambios demográficos, crisis habitacionales, salud mental o emergencia climática. Me parece muy interesante que estén apareciendo diseñadores que son especialistas en áreas puntuales. Nosotros trabajamos con el cambio, y para hacer cambios hace falta entender mucho el contexto. Un diseñador generalista puede entrar en un proyecto de salud y empezar a trabajar con un equipo, pero alguien que lleva mucho tiempo dedicado a la salud probablemente tenga más herramientas para intervenir porque entiende mejor el contexto y las posibilidades de cambio. También empiezan a aparecer instituciones que reconocen esto: por ejemplo, maestrías que combinan diseño y salud y que son más transdisciplinares desde el comienzo, u hospitales que contratan diseñadores.

-En Migri dirigiste el primer laboratorio de diseño in-house, es decir, dedicado exclusivamente a solucionar problemas de la institución. Entiendo que aquel laboratorio tenía un enfoque bastante experimental ¿Qué quedó de esa experiencia?
-Las cosas experimentales tienen de maravilloso que algunas salen bien y otras salen mal. Y está bueno que pase. Es parte de lo que tiene que permitirse un laboratorio. Hicimos cosas que todavía siguen vigentes. Por ejemplo, participamos en los primeros pasos del concepto del chatbot de Migri. También intentamos que otras personas incorporaran herramientas del diseño de servicios. Y están las cosas que no dan resultados: abrimos una oficina para que cualquiera con un desafío que pueda solucionarse desde el diseño pueda venir y llevarlo adelante con nosotros. No vino nadie. Entonces buscamos otras formas de abrir el laboratorio. Armé los Service Design Ambassadors, un programa en el que durante un año personas de distintas partes de la organización aprendían herramientas y aproximaciones al diseño y desarrollaban sus propios proyectos. Eso sirvió porque, después de que dejáramos la organización y se terminó el financiamiento del laboratorio, siguieron contratando diseñadores de servicios. Para mí, eso fue un éxito: habían empezado a entender qué podían hacer los diseñadores dentro de una agencia de gobierno.
-¿Cómo te llevás con el costado más experimental del diseño, con el diseño especulativo, por ejemplo?
-El diseño especulativo se usa para pensar futuros posibles. Anthony Dunne y Fiona Raby desarrollaron esa aproximación y hay mucha gente trabajando hoy sobre diseño de futuros que se basa en ese trabajo. De alguna manera, todo diseño es para el futuro: lo que hacemos hoy se va a implementar después. Pero cuando hablamos de diseño de futuros, generalmente hablamos de personas que trabajan pensando a diez, veinte años o incluso más. Yo específicamente no me dediqué a eso. En el podcast entrevisté a muchísima gente que trabaja en ese campo y me interesa mucho, pero en mi trabajo me dediqué a cosas más cercanas. Soy muy práctica y me gusta ver los resultados. Además, cuando trabajás en lugares donde hay muy pocos diseñadores, y muchas veces sos la primera diseñadora de servicios, tenés que demostrar que el diseño tiene algo para aportar ahora. No podés ponerte a pensar en el futuro dentro de cuarenta años cuando todavía estás tratando de convencer a una organización de que el diseño puede ayudarla con sus problemas actuales.
-¿Qué cosas de ese diseño de futuro te llaman más la atención?
-Me interesan los espacios especulativos en museos, cuando generan escenarios en los que la gente puede pensar el futuro e imaginarse cosas con otros. En Finlandia, por ejemplo, vi una experiencia en una biblioteca llamada Huone 2050 (Habitación 2050). La idea de esa instalación era mostrar de forma tangible cómo podría ser el futuro, de qué elementos podría estar hecha una habitación dentro de 25 años. Eso me interesa: cuando el proyecto no es solamente el resultado, sino la conversación que genera. También me interesa el diseño para las transiciones, que trabaja con pensamiento sistémico: pensar escenarios futuros y después ir viendo cuáles son los pasos necesarios para llegar hasta ahí.
-Ahí aparece algo en lo que algunos artistas como Lucrecia Martel vienen haciendo hincapié: la hiperstición, esta idea de que las ficciones que imaginamos pueden terminar influyendo en cómo se va a ver el futuro. Una ficción que se hace realidad a sí misma. ¿Qué lugar creés que tiene el diseño en esa capacidad de moldear lo que viene?
-Mucho. Una parte importante de mi trabajo consiste en motivar a la gente a pensar cómo puede ser el futuro de aquello que estamos planeando. Uno de los roles del diseñador dentro de un equipo es decir: paremos y abramos el margen de posibilidades. ¿Cómo podríamos hacer esto? Primero hagamos una tormenta de ideas y después volvamos a definir. No es fácil conseguir que en un ámbito laboral aparezcan ideas realmente originales. La gente suele quedarse dando vueltas alrededor de lo que considera posible. Sacarla de ahí y hacerla pensar en cosas más imaginativas y creativas requiere diseño.
-Vos estás en Finlandia, pero en algún momento volviste a Argentina y buscaste trabajar en algo más social sin obtener demasiados resultados. ¿Falta diseño en Latinoamérica, en el Estado argentino?
-Es difícil generalizar porque en América Latina pasan muchas cosas. Chile tiene su propio Laboratorio de Gobierno. Me parece maravilloso. Atravesó distintas administraciones y apuesta al diseño. En Argentina hubo un laboratorio de gobierno, pero ahora, que yo sepa, ya no existe. Hay diseñadores trabajando en implementación digital y en cosas más concretas, pero no encuentro muchos diseñadores de futuros, de estrategia o de políticas públicas ocupando posiciones estratégicas dentro del sector público. Estaría buenísimo que hubiera más lugares para eso. Puede ser un laboratorio de innovación, un hub o cualquier otro tipo de equipo que trabaje estratégicamente. Con lo que está pasando ahora en el Estado argentino, con los recortes de secretarías y el desfinanciamiento de la ciencia y las universidades, la apuesta a crear laboratorios de innovación y diseño, incluso cuando sabemos que funcionaron muy bien en otros lugares, no parece muy realista. Es una pena, porque justamente lo que necesitaríamos es imaginación y diseño para poder resolver la complejidad de los problemas de hoy.

-Y lo que hay ahora, como el Parque de Innovación de la Ciudad, parece orientado más hacia las empresas que hacia lo público…
-Sí. En Argentina, las organizaciones que tienen los equipos de diseñadores más grandes y consolidados son los bancos, el sector financiero. También pasa en otros países. Hay equipos muy grandes, sobre todo de diseñadores de interacción, y muchas veces hacen trabajos relacionados a la accesibilidad financiera, que de alguna manera tiene un lado social. Es interesante que los bancos hayan entendido que el diseño de interacción es una herramienta válida, pero que el resto de las organizaciones todavía no los esté copiando.
-Volviendo a esos diseños que no necesariamente responden a una lógica de mercado, ¿qué otros proyectos con esa misma mirada te interesan?
-Lara Costafreda, una diseñadora gráfica española, hizo un montón de entrevistas para entender cuáles eran las emociones que más presentes se hacían entre los pacientes oncológicos de un hospital en Cataluña. A partir de esas entrevistas se dio cuenta de que mucha gente se acercaba a la persona que daba los turnos para preguntarle cosas que tenían que ver con su situación emocional. Una de las intervenciones fue poner, detrás de los recepcionistas, un cartel grande que decía: “Sí, aunque hayas tenido una sesión de radioterapia, podés abrazar a tu nieto”. Había descubierto que, efectivamente, después de hacer el tratamiento, muchas personas mayores llegaban y le preguntaban a los encargados de los turnos si podían abrazar a sus nietos. La preocupación venía de la incertidumbre. La idea de Costafreda era hacer del hospital un lugar más amistoso entendiendo las emociones que acompañan a los pacientes en los diferentes espacios del hospital. E hicieron una intervención en las paredes del hospital. Me parece interesante porque hay diseños simples que pueden tener un gran impacto. No necesariamente estás diseñando un objeto médico o una aplicación: también podés intervenir desde el diseño gráfico sobre una situación que genera ansiedad, miedo o incertidumbre. En mi libro Diseño y salud, trato de mostrar el aporte del diseño a la salud desde sus diferentes áreas.
-¿Y por fuera de la salud?
-También en mi podcast se puede escuchar a diseñadores trabajando con comunidades indígenas o afrodescendientes para pensar cómo los servicios públicos pueden tener en cuenta las diferencias culturales. Trato de incluir entre los entrevistados casos de gente que trabaja en el sector público, en una ONG y en cooperativas para salir del imaginario de que el diseñador exitoso es aquel que tiene su propio estudio y hace una lámpara o una tipografía. El podcast busca que nos escuchemos más entre diseñadores de distintas disciplinas y que también escuchemos más a la gente del Sur Global. Cuando estudié en Finlandia, durante muchos años mis referencias estaban en inglés. Llegó un momento en que no tenía a quién recomendar para leer en castellano. Eso cambió muchísimo. Ahora puedo recomendar a mucha gente que está trabajando en Latinoamérica y admiro profundamente. Eso es una de las cosas que más me dicen quienes escuchan el podcast: que pensaban que estaban solos y descubrieron que había personas en otros países de Latinoamérica haciendo trabajos similares y con intereses parecidos.
Joaquín Benitez Demark es periodista. Escribe el newsletter "La sociedad del rebote" miércoles de por medio.


