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Hunter S. Thompson: política lisérgica y Freak Power para conquistar el Sueño Americano

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—¿Cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

—La moderación.

(Entrevista a HST en Vanity Fair, septiembre de 1994)

 

La peluca despeinada cubre la cabeza rapada. Sobre sus hombros, a veces como una capa, otras veces como una bufanda, la bandera de Estados Unidos luce, a primera vista, perfecta. Los restos de sustancias por suerte no se notan en las fotos. A su alrededor, un grupo de izquierdistas lisérgicos, hippies y jóvenes con sus ideales encendidos como una hoguera, lo miran. Hunter Stockton Thompson (HST), el padre del estilo gonzo, el periodista que más drogas consumió en la larga historia de la humanidad, el “unabomber” de los editores, reconoce que por apenas unos míseros votos no podrá ser el sheriff del condado de Pitkin, en Aspen, Colorado. En ese momento, entiende por qué las facciones de las caras se apagaron: estuvo a un paso de tomar el poder por asalto junto a una troupe de desclasados, promiscuos, ecologistas, drogadictos y demás gente de dudosa procedencia en el corazón del jet set estadounidense. De esta forma, se le escapa la posibilidad de hacer cumplir la ley (su ley radical, descabellada y revolucionaria) en ese lugar de pistas de esquí y turistas millonarios. Estuvo a un paso de que ese punto minúsculo del país se llamase Fat City (Ciudad Gorda), y así espantar a la alta alcurnia norteamericana, a los especuladores inmobiliarios y a los pobladores de buenas costumbres que disfrutaban del tan preciado American way of life.

En 1970, en Estados Unidos todavía se mantenían en alto las vibraciones de la nueva izquierda, el movimiento antibelicista, el pacifismo, la lucha por los derechos civiles y la cultura ecléctica que unía al hipismo, el rock y el desprecio por lo “establecido”. Aunque la periodista Joan Didion había augurado que el “verano del amor” había finalizado con los múltiples asesinatos del clan encabezado por Charles Manson, en agosto de 1969, el poder expansivo de otro mundo posible en las fauces de la bestia se resistía a esfumarse.

Después de insistir durante una década en el periodismo, HST había despegado hacia los cielos del reconocimiento en 1966 con Ángeles del Infierno: Una extraña y terrible saga, un libro de non fiction en donde contaba las historias más espeluznantes y reales de los motoqueros que aterrorizaban la costa este del país, después de pasar un año con ellos y terminar molido a golpes por los propios Ángeles. En el trayecto, el periodismo gonzo que apadrinó Thompson se fue gestando en un cúmulo de lecturas, trabajos, escrituras desenfrenadas, litros y litros de alcohol, el descubrimiento de todo tipo de drogas (el LSD y la mezcalina encabezando la lista), y la búsqueda de nuevas fronteras escritas a las cuales hacer estallar por los aires. Con El Derby de Kentucky es Decadente y Depravado —publicado en la revista Scanlan’s Monthly en junio de 1970—, encontró la primera veta en la mina de piedras preciosas del gonzo. También descubrió a su compinche de tropelías: el ilustrador escocés Ralph Steadman, que con sus dibujos aportaría una cuota fundamental para retratar al periodismo gonzo. A partir de entonces, existieron pocas barreras que detuvieran al Doctor en Periodismo, como le gustaba presentarse.

Después de insistir durante una década en el periodismo, HST había despegado hacia los cielos del reconocimiento en 1966 con Ángeles del Infierno: Una extraña y terrible saga, un libro de non fiction en donde contaba las historias más espeluznantes y reales de los motoqueros que aterrorizaban la costa este del país, después de pasar un año con ellos y terminar molido a golpes por los propios Ángeles.
Después de insistir durante una década en el periodismo, HST había despegado hacia los cielos del reconocimiento en 1966 con Ángeles del Infierno: Una extraña y terrible saga, un libro de non fiction en donde contaba las historias más espeluznantes y reales de los motoqueros que aterrorizaban la costa este del país, después de pasar un año con ellos y terminar molido a golpes por los propios Ángeles.

En ese año de descubrimientos nació otra de sus invenciones: el Freak Power, con el cual buscó convertirse en sheriff. Aunque a la distancia parece una ficción bañada en gotas multicolores de alucinógenos, el Freak Power no fue solo un movimiento local que canalizó el descontento de la industrialización turística a la que era sometido Aspen, sino un paso más para Hunter y su particular visión política. Y esto no es algo menor, porque en sus 67 años de vida nunca esquivó comprometerse con lo que pensaba y, sobre todo, combatir con todo su arsenal a quienes consideraba los responsables de la degradación moral de su país. Pese a que el recuerdo de Thompson está mediado por cientos de historias que rodean su consumo industrial de drogas y las coberturas periodísticas donde el descontrol era la pulsión principal, existe un Hunter profundamente político. Nos puede gustar más o menos, pero sin dudas HST sostuvo una lucidez flexible y heterodoxa hasta su último día, ese 20 de febrero de 2005 en que decidió volarse la tapa de la cabeza de un disparo.

Los freaks al combate

“La vieja guardia estaba condenada, los liberales aterrados y el underground había aflorado, con una brusquedad terrible, en un viaje de poder muy serio”, escribió HST en su artículo “Poder Freak en Las Rocallosas”, publicado en Rolling Stones en octubre de 1970, antes de las elecciones.

En 1969, el joven abogado Joe Edwards se había postulado como alcalde en Aspen, comicios que perdió por apenas seis votos y en las cuales se logró la movilización de gente que nunca había votado, o que no tenía ningún interés en la política. Edwards estaba rodeado de hombres y mujeres convencidos de que el país en el que vivían era una mentira. 

Aunque los freaks que acompañaron a HST en su aventura electoral mordían la rabia por haber perdido, el programa que presentaron logró su objetivo: generar terror. Proponían detener la construcción de rutas (y levantar el asfalto de las calles para convertirlas en campos de siembra), contener el desarrollo industrial desmedido y golpear a quienes manejaban el redituable negocio del esquí. También convocaban a despenalizar el consumo de marihuana y sustancias recreativas, y aclaraban que el tráfico de drogas con fines de lucro sería penado con castigos físicos. Por supuesto, Aspen pasaría a llamarse Fat City y la comisaría se transformaría en “una base de paz”. Para mayores escándalos, los afiches de la campaña mostraban, en un fondo negro y sobre una estrella blanca, un puño rojo que apretaba un peyote.

En medio de la campaña, Thompson aclaraba: “No somos una rareza en absoluto —no en el sentido literal—, pero las retorcidas realidades del mundo en que nos esforzamos por vivir se han combinado de tal modo que nos sentimos rarezas. Discutimos, protestamos, pedimos: pero nada cambia”. Y agregaba con rudeza: “Así que ahora, mientras en el resto del país estalla una tormenta de atentados con bombas y atentados políticos, un puñado de ‘rarezas’ quiere realizar un experimento, definitivo y quizá retrógrado, con la idea de forzar el cambio en las urnas… y si hay que llamar a eso Freak Power, bueno…, pues que así sea”.

El 8 de octubre de 1970, The Aspen Times informó sobre la campaña: “Periodistas de todos los rincones del país han acudido a nuestra ciudad atraídos por un espectáculo inesperado: la candidatura del escritor Hunter S. Thompson al puesto de alguacil del condado de Pitkin. Entre los ciudadanos respetuosos de la ley que componen la mayoría silenciosa, se teme que Thompson sea una cruza temible entre ermitaño y hombre lobo”.

El gonzo versión política había dejado su marca en Las Rocallosas.

Engendrando descomposición 

HST nació en Louisville (Kentucky) el 18 de julio de 1937. Mucho tiempo después, su madre, Virginia Ray Thompson, dijo: “Hunter fue un problema desde el momento en que nació”.Estudió, intentó con la universidad, robó, escandalizó a sus vecinos, jugó a todo deporte que se le cruzara por sus ojos, leyó a Platón mientras bebía cerveza, estuvo preso, conquistó varios corazones de sus amigas y terminó ingresando a la Fuerza Aérea sin saber muy bien qué quería de su vida. En ese lugar cerrado y represor, para escapar de las responsabilidades y la disciplina, descubrió el periodismo. Cualquier cosa con tal de pasar desapercibido. En 1960, a los 22 años, viajó a Puerto Rico con Sandra Dawn Conklin (Sandy, su pareja que en 1963 se convertiría en su esposa hasta su divorcio en 1980). Trabajó en la revista El Sportivo y seis meses después, cuando la publicación cerró, saltó hacia Sudamérica: los destinos fueron Colombia, Perú, Bolivia y Brasil.

Desde aquellos años de juventud, sus características personales lo acompañaron hasta el final: una voz gutural y una forma de hablar que por momentos se transformaba en balbuceos inentendibles; sus piernas flameando como banderas cuando caminaba; las manos, desconectadas de las señales de su cerebro, que se movían y retorcían hacia todos lados. Y su vestimenta: pantalones cortos, un gorro de playa, camisas hawaianas y zapatillas blancas de lona. Algunas variaciones: sombreros de ala ancha, remeras deportivas, más pelucas o la sobriedad del color negro en los días del Freak Power. Y siempre anteojos escondiendo sus ojos. A esto hay que sumar su pasión por las armas de grueso calibre y los grandes Chevrolet y Cadillac que no dudaba en acelerar al máximo y destruirlos si era necesario, todo esto por la buena salud del periodismo.

El “Hunter político” —si cabe esta definición subjetiva— se convirtió en uno de los más severos críticos de la administración del presidente Richard Nixon (y después del clan Bush, tan peligroso como la familia Manson); se forjó como un trabajador freelance que apostó en dos oportunidades por candidatos demócratas (George McGovern y Jimmy Carter) frente a la avalancha guerrerista, y no dudó en criticar duramente a esos dos candidatos cuando mostraron sus flaquezas y limitaciones. Fue un hombre que retrató la vida de los pobres y desplazados, de los chicanos y olvidados, que “quemó” cada uno de los dólares que las revistas —sobre todo Rolling Stone— le giraban ante sus exigencias de la necesidad de recursos para encontrar, de una vez por todas, en qué rincón del país se escondía agazapado el Sueño Americano. Para eso, se convirtió —según muchas de las personas que lo conocieron— en un “revoltoso profesional”, un “bromista casi sociópata”, un “contaminador”, un “agitador” y “un artefacto mítico de una cultura analógica al borde la extinción”.

El “Hunter político” —si cabe esta definición subjetiva— se convirtió en uno de los más severos críticos de la administración del presidente Richard Nixon (y después del clan Bush, tan peligroso como la familia Manson).
El “Hunter político” —si cabe esta definición subjetiva— se convirtió en uno de los más severos críticos de la administración del presidente Richard Nixon (y después del clan Bush, tan peligroso como la familia Manson).

Una pincelada de su búsqueda del Sueño Americano la escribió en el libro sobre los Ángeles del Infierno: “El llamado sistema de vida norteamericano empieza a parecer un dique hecho con cemento barato, con muchas más fisuras que dedos tiene la ley para taparlos. Norteamérica lleva engendrando descomposición social masiva desde que acabó la Segunda Guerra Mundial”. 

Los sesenta

En su libro inconcluso Comunismo ácido, el escritor y filósofo británico Mark Fisher apunta que la década del sesenta continúa “fastidiando al momento presente”. Y dice que esos diez años son vistos “como un momento más vivido que ahora —un tiempo cuando la gente realmente vivía, cuando las cosas realmente sucedían”.

Clausurada la pulsión de los sesenta, en un sinfín de entrevista y artículos HST siempre rescató la fuerza de un movimiento que oscilaba entre el pacifismo etéreo y la extrema izquierda —heterogéneo, criticado y crítico, que intentaba alejarse del sistema constituido, pero que a su vez tuvo limitaciones en sus objetivos, por momentos nebulosos, por momentos claros y concretos—. Hunter dijo que en los sesenta y en buena parte de los setenta, la sensación dentro del mundo freak era que se podía lograr un cambio, expulsar a cualquier presidente (como fue el caso de Nixon) y disfrutar de la libertad. En 1996, declaró en Weekend Edition Sunday que la década de 1960 fue “una actitud, un estado mental”, cruzado por la convulsión interna en Estados Unidos generada por el rechazo masivo a la guerra de Vietnam, el flower power, la represión estatal contra los estudiantes —en la Universidad de Kent la Guardia Nacional asesinó a varios jóvenes—, las experiencias psicodélicas con LSD, la cultura alternativa a nivel artístico pero también comunal (con nuevas formas de vinculación entre las personas y la naturaleza). Un movimiento que, no exento de contradicciones, abusos y desviaciones, puso en alerta al establishment que gestionaba el Sueño Americano desde la Casa Blanca. 

En 1986, HST le dio sus impresiones al periodista Paul Kaihla: “Toda la definición de la cultura de la droga era que estábamos en eso juntos. Si tenías algo bonito, el instinto era el de compartirlo. Podrías vivir un millón de años en este país, o en cualquier otro, y nunca te lo pasarías tan bien como te lo habrías pasado en San Francisco a mediados de los sesenta”. A esta descripción, agregó: “Los sesenta fueron una época en la que las nubes se abrieron y gente como Óscar Zeta Acosta [abogado chicano que inspiró el personaje del abogado samoano que aparece que Miedo y Asco en Las Vegas] podía implicarse de verdad. Mierda, a Óscar le costaría conseguir trabajo en un taller de lavado de autos hoy”.

¿Qué fueron entonces los sesenta, la década en la que Hunter se transformó en un periodista que marcaba el frenesí de la época y se convirtió en una celebridad, al punto tal que muchos coinciden en que la revista Rolling Stone no habría llegado a ser un fenómeno masivo sin la presencia de HST (o de su alter ego, Raoul Duke)?

Según Fisher, la década de 1960 “atormenta” por las “potencias que materializó y comenzó a democratizar”, y por “la posibilidad de una vida libre de trabajos penosos”. Para el escritor británico, “el objetivo político de las narrativas reaccionarias es suprimir las potencialidades” del pasado “que aún aguardan, listas para ser despertadas de nuevo”.

HST fue un referente de los sesenta, sobre todo cuando se lo comprende en su tiempo. Aunque su oficio muchas veces queda opacado por su ingesta constante de drogas y sus derivados (escándalos, violencia, destrucción sistemática de hoteles y autos, utilización de armamentos varios, mentiras blancas y de otros colores, rumores explosivos), Thompson se convirtió en un relator veraz y descarnado de su generación que aborrecía el “estilo de vida americano” que el poder estadounidense promocionaba como “salvación” luego de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que quedó de los sesenta, en la década de 1970 —analiza Fisher— fue anulado con fuerza debido a que las experiencias heterodoxas todavía latían y no habían alcanzado su esplendor. “Aquellos aspectos de la contracultura que podían ser apropiados han sido reutilizados como precursores del ‘nuevo espíritu del capitalismo’, mientras que aquellos incompatibles con un mundo de trabajo excesivo han sido condenados como garabatos ociosos, que en la lógica contradictoria de la reacción resultan a su vez peligrosos e impotentes”.En las décadas posteriores, Hunter se sostuvo en un frágil equilibrio entre su cultura sesentista y el “nuevo espíritu del capitalismo”. Recibió golpes y los devolvió. El oscurantismo de Ronald Reagan estaba acechando a la vuelta de la esquina. HST lo olfateaba desde hacía tiempo. 

El oscurantismo de Ronald Reagan estaba acechando a la vuelta de la esquina. HST lo olfateaba desde hacía tiempo. 
El oscurantismo de Ronald Reagan estaba acechando a la vuelta de la esquina. HST lo olfateaba desde hacía tiempo.

En Miedo y Asco en Las Vegas. Un viaje salvaje al corazón del Sueño Americano —libro publicado en 1971— escribió que en los sesenta había “una fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando…”, porque “íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa…”. En ese mismo libro también grabó con crudeza una realidad que ya sospechaba: “Así que, en fin, menos de cinco años después, podías subir a un empinado cerro de Las Vegas y mirar el Oeste, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a retroceder”. 

El enemigo número uno

La presidencia de Nixon (del 20 de enero de 1969 hasta su renuncia el 9 de agosto de 1974) configuró lo que vendría con Reagan y la familia Bush en las décadas de 1980, 1990 y 2000. Para Hunter, ese hombre escurridizo y de sonrisa diabólica se convirtió en el principal blanco al cual disparar una y otra vez. En Nixon se sintetizaba lo más despiadado del sistema político y económico estadounidense. Guerrerista, corrupto, traicionero, el trigésimo séptimo presidente de Estados Unidos aplicó una política sucia sistemática contra quienes consideraba sus enemigos. Thompson tenía un contrincante a su altura y sabía que Nixon odiaba todo lo que su generación representaba. Pero, ¿qué representaba esa generación?

En 2005, en la última entrevista que brindó antes de suicidarse, a la revista Playboy, Hunter se refirió a esa cofradía a la que pertenecía: “En 1984 de Orwell, la rigidez la impone el Estado. Mientras que el soma, en Un mundo feliz de Aldous Huxley, es la voluntad del pueblo. Siempre he funcionado en base a la segunda teoría. Nadie nos roba nuestras libertades. Las vendemos. Ése es el lado oscuro del Sueño Americano. Siempre me he visto como el portador de la antorcha contra esa urgencia. Siempre lo di por sentado”.

Durante la administración Nixon, Hunter golpeó y golpeó como un boxeador que sabe que tiene todas las de ganar. En 1997, en una entrevista con Sara Nelson, aseguró que el expresidente representaba “todo lo que estaba mal y podrido”. “Fue Nixon quien clavó una estaca en el Sueño Americano”, dijo.

Pero la pintura más despiadada la publicó en Rolling Stone el 16 de julio de 1994, luego del fallecimiento de Nixon. En la necrológica “Era un estafador”, escribió que el expresidente era “un auténtico monstruo” que podía “estrecharte la mano y apuñalarte por la espalda al mismo tiempo”. HST apeló a reflexiones radicales: “Nixon tenía la singular habilidad de que sus enemigos parecieran honorables, y desarrollamos un profundo sentido de fraternidad. Algunos de mis mejores amigos han odiado a Nixon toda su vida. Mi madre odia a Nixon, mi hijo odia a Nixon, yo odio a Nixon, y este odio nos ha unido”.

En otro pasaje de la necrológica, sacó a relucir su estilo despiadado: “Tenía el instinto de lucha de un tejón acorralado por perros. El tejón se tumba de espaldas y emite un olor a muerte que confunde a los perros y los atrae para el tradicional ataque de desgarro. Pero normalmente es el tejón quien desgarra. Es una bestia que lucha mejor tumbada rodando bajo la garganta del enemigo y sujetándolo por la cabeza con sus cuatro garras”.

En la “semblanza gonzo”, fustigó al establishment político por limpiar el prontuario de Nixon, en especial al entonces presidente Bill Clinton, porque lo “canonizó”. Para Hunter, si “las personas adecuadas hubieran estado a cargo del funeral de Nixon, su ataúd habría sido arrojado a uno de esos canales de aguas residuales que desembocan en el océano al sur de Los Ángeles”.Las líneas que muestran el daño más profundo que causó Nixon —quien, según HST, “rompió el corazón del Sueño Americano—, fueron las siguientes: “Era un estafador sin escrúpulos y un criminal de guerra despiadado que bombardeó a más personas en Laos y Camboya que los que perdió el ejército estadounidense en toda la Segunda Guerra Mundial, y lo negó hasta el día de su muerte”. 

Las décadas canallas

La década del ochenta encontró a HST en lo que muchas personas que lo conocieron describen como su declive periodístico. A principios de ese año publicó La maldición de Lono, su (¿última?) cobertura gonzo sobre la maratón en Honolulu, en Hawái. Otra vez arrastrando a Ralph Steadman a los confines del descontrol, esta vez el viaje hacia la isla del Pacífico lo hicieron con sus familias. En el libro se confirma que Hunter era un escritor excepcional, con un manejo de un estilo fluido y dinámico, donde las palabras son justas, siguiendo los pasos de la economía de escritura que desplegó Ernest Hemingway, uno de sus maestros. Pero en “el otro lado” del libro se nota cierta soledad en sus intentos de aplicar el periodismo gonzo con todas sus herramientas. En Hawái no faltaron bombas de estruendo, tormentas catastróficas, un mar de alcohol y drogas, naufragios demenciales, hasta el punto que el propio Steadman dijo años después que ese había sido su experiencia más terrorífica junto a HST. Así y todo, el “reflujo” de los sesenta y setenta se hacía sentir en 1980: el reaganismo, las primeras luces espectrales del neoliberalismo, la apatía de la sociedad, la tergiversación y asimilación de la generación freak, y un estamento político que aceleradamente enterraba en los subsuelos del país la ética y la moral; todo esto se puede notar en las finas entrelíneas de La maldición de Lono, aunque no expuesto de forma abierta.  

Pero en “el otro lado” del libro se nota cierta soledad en sus intentos de aplicar el periodismo gonzo con todas sus herramientas.
Pero en “el otro lado” del libro se nota cierta soledad en sus intentos de aplicar el periodismo gonzo con todas sus herramientas.

Sobre los ochenta, HST dijo que era un “momento de miedo y asco”. En declaraciones de 1986, señaló que la nueva generación de yuppies y jóvenes tecnócratas solo pensaba en ganar dinero y que lo importante para ellos era no lo que sabían, sino a quiénes conocían. Un año después, en una columna en el San Francisco Examiner, escribió: “Cerebros enormes, cuellos pequeños, músculos débiles y carteras abultadas —estas son las características dominantes de los ochenta—, la generación canalla”. Y en una entrevista que le hizo Simon Key en 1987, afiló sus cañones: “Reagan es uno de los peores canallas que hemos tenido”. Sobre los secuaces del actor devenido presidente, escupió: “Esta gente es oleosa y grasienta y demasiado sosa. Son peores que Nixon, como lo son todos los avariciosos de la derecha moderna. Son fascistas y se salen con la suya, lo cual es algo extraño, muy extraño”. En esa entrevista, HST también predijo el horror: afirmó que a Reagan lo seguiría en la Casa Blanca George H. W. Bush, algo que “destrozaría las esperanzas y sueños de toda una generación”. Su vaticinio se cumplió.

La llegada de Bill Clintón a la presidencia en la década del noventa no cambió demasiado las cosas. Hunter lo denunciaba cada vez que le daban la palabra: “Todo el mundo se entrega. Es una época de cobardía, miedo, avaricia”, aunque sostenía que todavía se podía vencer al sistema, aunque la “gente está teniendo miedo de intentarlo”.

En una entrevista con Spin, de 1993, Thompson volvió a alertar sobre lo que sucedía en su país: “Ahora estamos siendo empujados a los noventa, donde parece que va a imperar una generación canalla más auténtica; será una década dirigida por policías y alcaides: una generación sin humor, sin clemencia; héroes muertos y expectativas venidas a menos, una década que pasará a la historia como la Zona Gris”. HST clamó que al final de 1990 “nadie estará seguro de nada, salvo de que debe obedecer las reglas”. Entre las plagas que ya caían sobre Estados Unidos, enumeró que el “sexo te matará”, que la “lluvia es veneno” y que una “especie de día del Juicio Final del pensamiento ha tomado los medios, igual que los negocios y la política”.

El propio Clinton no escapó de la lengua filosa de Hunter, que dijo que el entonces presidente “tiene la moral de un lagarto”, es “un desliz de la historia”, es “un estúpido traicionero”, “está más a la derecha que George Bush” y es el mandatario “más aficionado al castigo que ha habido, incluyendo a Nixon”.

Requiem para el Sueño Americano

Con la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca (2001-2009), en Washington se consolidó el poder neoconservador. Reagan, Bush padre y ahora su hijo texano, petrolero, bebedor empedernido y seguidor del telepredicador evangélico Billy Graham, se convirtieron en la tríada sagrada de los neoconsEste grupo de forajidos políticos, encabezado por el vicepresidente Dick Cheney, encontró su gran excusa el 11 de septiembre de 2001, cuando tres aviones de líneas comerciales se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York y en el edificio del Pentágono. El horror y el terror se habían desatado.

Desde el año 2000, Hunter había encontrado refugio en el portal de noticias de la cadena ESPN. En su columna “Hey Rube” tenía libertad para escribir sobre deportes, política y hasta transcribir diálogos telefónicos de madrugada con su amigo y actor Bill Murray (que lo había interpretado en la película Where the Buffalo Roam, de 1980). En la mañana del 11 de septiembre, Hunter escribía sobre deportes en su rancho “Owl Farm”, en Woody Creek, Colorado. Pero, como él mismo dijo, “no por mucho tiempo”. Cuando los aviones explotaron en las Torres Gemelas, HST se dobló sobre la máquina de escribir (que seguía utilizando porque las computadoras no generaban la música que necesitaba escuchar) y tipeó el título de su artículo que saldría publicado al otro día: “Miedo y Asco en Estados Unidos”. 

En esa columna de apenas catorce párrafos, HST fue otra vez un visionario. Aunque sus “buenos, viejos tiempos” quedaban cada vez más lejanos, su astucia de olfatear el caos, la guerra y la miseria se encendió como un volcán. Pocas personas pudieron revelar el futuro que se abalanzaba sobre la humanidad como lo hizo Hunter Thompson en esas líneas.“Las torres ya no existen, reducidas a escombros sangrientos —escribió—, junto con toda esperanza de paz en nuestro tiempo, en Estados Unidos o en cualquier otro país. Que no quepa duda: estamos en guerra ahora, contra alguien, y seguiremos en guerra contra ese misterioso enemigo por el resto de nuestras vidas”. Sin dudar, reconoció: “Vamos a castigar a alguien por este ataque, pero es difícil decir quién o qué será destruido. Quizás Afganistán, quizás Pakistán o Irak, o posiblemente los tres a la vez. ¿Quién sabe? Ni siquiera los generales de lo que queda del Pentágono ni los periódicos neoyorquinos que claman por la guerra parecen saber quién lo hizo ni dónde ir a buscarlo”.

Con la claridad que siempre lo caracterizó, advirtió: “Esta va a ser una guerra muy costosa, y la victoria no está garantizada para nadie, y menos aún para alguien tan desconcertado como George W. Bush. Lo único que sabe es que su padre empezó la guerra hace mucho tiempo, y que él, el ingenuo presidente, ha sido elegido por el destino y la industria petrolera mundial para terminarla ahora. Declarará una emergencia de seguridad nacional y reprimirá con dureza a todos, sin importar dónde vivan ni por qué. Si los culpables no confiesan, él y los generales los sacarán a la fuerza”. Hunter advirtió que la administración Bush iba a culpar “al fantasma de (Osama) Bin Laden por la tragedia” y que en apenas unas horas “la censura militar” ya se había “impuesto a los medios”. 

“Se acabó el silencio. Las lenguas sueltas hunden barcos. No digas nada que pueda ayudar al enemigo”, finalizó socarronamente la columna.

A partir de ese momento, HST denunció las invasiones que el Pentágono y los neoconservadores ya estaban preparando. Participó en movilizaciones en contra de la guerra en Irak iniciada por Estados Unidos en 2003, puso en tela de juicio la finalidad de los atentados atribuidos a Al Qaeda, y repitió, una y mil veces, que eran la gran excusa para que la industria petrolera obtuviera ganancias descomunales. En enero de 2003, manifestó que la “idea de la guerra” sostenida por Bush “no solo es equivocada, sino que está en las fronteras de la locura”. En Estados Unidos, afirmó, “lo que tenemos ahora es un colapso de la economía y una guerra completamente injustificable, verdaderamente irracional, salvo desde el punto de vista de la industria petrolera”. También dijo: “No puedo imaginar ninguna justificación para ir a Irak y bombardear el país para devolverlo a la edad de piedra, como hicimos antes”.

Participó en movilizaciones en contra de la guerra en Irak iniciada por Estados Unidos en 2003, puso en tela de juicio la finalidad de los atentados atribuidos a Al Qaeda, y repitió, una y mil veces, que eran la gran excusa para que la industria petrolera obtuviera ganancias descomunales.
Participó en movilizaciones en contra de la guerra en Irak iniciada por Estados Unidos en 2003, puso en tela de juicio la finalidad de los atentados atribuidos a Al Qaeda, y repitió, una y mil veces, que eran la gran excusa para que la industria petrolera obtuviera ganancias descomunales.

Sus palabras, comprendidas con el paso del tiempo, se convirtieron en el réquiem del Sueño Americano, aunque lo siguió persiguiendo hasta sus últimos días. “Para mí la política es el arte de controlar tu entorno. Si no te metes en política, otro controlará tu entorno, tu mundo”, explicó Hunter en una entrevista con Rolling Stone en 1987.

El mundo de HST fue desaforado y un espejo de su generación: en ese territorio convivían el periodismo gonzo, sus posturas políticas, su machismo y violencia, los vicios con los que convivió sin demasiados problemas, y la búsqueda desde su adolescencia de la esencia del país en el que vivía. Encontró pedazos del Sueño Americano viajando en moto junto a los Ángeles del Infierno, en la meca de capitalismo que es Las Vegas, en los abusos policiales contra los inmigrantes, en las campañas electorales de los setenta, en el O’Farrel Theatre, el club nocturno de striptease en San Francisco donde estuvo dos años camuflado como “gerente nocturno”, o en la persecución del dios Lono en Hawái, el cual, según contó varias veces, se había metido en su cuerpo.

Hunter no fue una anomalía, sino que se convirtió en uno de los personajes más interesantes de su generación. O, mejor dicho, fue una de las tantas anomalías de esa propia generación que soñó que la libertad era posible. “La autoridad es la máscara de la violencia”, declaró alguna vez Ralph Steadman, sintetizando de esa manera el enemigo contra el que luchaba codo a codo con Hunter. Puede ser que HST haya tenido una historia similar a la de Joe Louis, el boxeador que retrató en 1956 en su artículo “Fame Is a One-Way Ticket”: “La historia de Joe Louis no es nueva; es la historia de la estrella que vive más que su luz; el temible meteorito que no se ha desintegrado en mitad del aire, en el punto culminante de su trayectoria, sino que ha caído a plomo sobre la misma tierra poblada de millones que, momentos antes, habían observado su belleza boquiabiertos”.

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Leandro Albani (1980, Pergamino). Periodista. Autor de los libros "Kurdistán. Crónicas insurgentes" (kunto a Alejandro Haddad), "Revolución en Kurdistán. La otra guerra contra el Estado Islámico", "ISIS. El ejército del terror", "Mujeres de Kurdistán. La revolución de las hijas del sol" (junto a Roma Vaquero Diaz), "No fue un motín. Crónica de la masacre de Pergamino", "Ni un solo día sin combatir. Crónicas latinoamericanas" y "Kurdistán urgente. Historias de un pueblo en resistencia".

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