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Todo lo que vive tiene que morir

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¿Qué mejor plan para un sábado a la mañana que un taller de reconocimiento y observación de hongos? Cuando les dije a mis amigos que ese era el motivo por el que llegaba tarde al asado no recibí menos que bullying. No sé qué fue lo que me hizo arrastrar a mi novia a que me acompañara. Quizás era una forma de garantizarme un poco de exposición al sol después de varios días nublados. No tenía idea de a dónde estaba yendo.

La salida por la Reserva Ecológica de Vicente López estaba a cargo de las micólogas Clara Bo y Sabrina Tajani. Esperaba encontrarme con muchos padres progres con hijos con cortes de pelo rolinga. Esperaba ver abuelos, hartos de anotarse a actividades municipales y llevarse sorpresas (a veces buenas, a veces no tan buenas). Me equivocaba. El segundo grupo de avistadores, liderado por Bo para los que llegaban tarde, estaba compuesto de todo menos de ignorantes sobre la causa hongos. Buzos, medias y mochilas con estampados de setas y champiñones. Jóvenes y ancianos que anotaban en pequeñas libretas todo lo que iba diciendo nuestra guía y que en muchas ocasiones no se sorprendían frente a los datos novedosos que nos iba aportando.

“¿Alguien sabe cuál es el organismo vivo más grande del mundo?”, preguntaba Bo. “Un hongo”, acertaba una de las asistentes al taller. Nuestra guía se sorprendía: “Antes respondían que era la ballena azul”. Y resulta que sí. El organismo vivo más grande del mundo es un hongo de un tamaño equivalente a 1.350 canchas de fútbol que se expande por debajo del Bosque Nacional Malheur en Oregón, Estados Unidos.

“Yo hago salidas hace unos ocho años y cuando empecé éramos, con suerte, diez personas. Era algo muy de nicho. Pero en los últimos años el interés explotó. Y no me da la sensación de que sea una moda pasajera. Al contrario: cada vez hay más gente acercándose a los hongos por motivos distintos”, me cuenta unos días después mi guía de aquel sábado.

En las ensaladas, en píldoras y en viajes alucinógenos. Sabía que había una industria, no del todo legal, no del todo registrada, pero que se estaba expandiendo. Pero no esperaba cruzarme, al menos esa mañana de otoño, con que había personas cuya pasión se iba en conocer lo máximo posible sobre estos seres que no son ni plantas ni animales.

La salida por la Reserva Ecológica de Vicente López estaba a cargo de las micólogas Clara Bo y Sabrina Tajani.
La salida por la Reserva Ecológica de Vicente López estaba a cargo de las micólogas Clara Bo y Sabrina Tajani.

Para intentar entender por qué una porción de la sociedad está virando hacia ellos me contacté con Clara Bo para ver si me lo podía explicar. Ella es becaria doctoral del Conicet en el Instituto Spegazzini de la Universidad Nacional de La Plata y creó, junto a la micóloga Natalia Paolucci, Hongos de Pereyra, un proyecto para poner en valor la funga del Parque Pereyra Iraola, en el que dan talleres, charlas y organizan salidas de observación.

***

-Se estima que no conocemos el 90% de las especies de hongos que existen en el planeta, ¿por qué creés que queda tanto por explorar con las herramientas tecnológicas que existen hoy?

-Hay una explicación histórica. Los hongos recién fueron reconocidos como un reino independiente en la década del setenta. Hasta entonces se los consideraba una especie de planta rara, minusválida, una planta que había perdido la clorofila. Si lo pensás en términos de historia de la ciencia, eso fue ayer. Yo soy de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata: tenemos la orientación zoología, la orientación paleontología -todos somos biólogos, pero las orientaciones son distintas- y nosotros somos botánicos. Dentro de la botánica están las plantas, los hongos, las algas. A eso voy: hay algo histórico ahí. No se le está prestando suficiente atención, y para mí es por un sesgo: los animales somos nosotros mismos, entonces hay más afinidad, o mejor dicho, podemos entenderlos más fácil. Incluso en las escuelas dan muchísimo de animales, un poco de plantas, y los hongos los ven en una sola clase en toda la escuela.

-¿Qué tanto desconocimiento hay sobre las especies que sí están registradas?

-Muchísimo. Dependiendo del autor que consultes, se estima que existen entre uno y cinco millones de especies de hongos en el planeta. Sin embargo, apenas conocemos una fracción de ellas. En Argentina ni siquiera sabemos cuántas especies de hongos existen. No tenemos un número definitivo. Tampoco conocemos bien cuáles son nativas, cuáles son invasoras o cómo están distribuidas. Hay mucho trabajo por hacer. Y además los hongos son difíciles de estudiar. La mayoría son microscópicos. Muchas veces lo único que vemos es el cuerpo fructífero, el “hongo” propiamente dicho, pero el organismo está oculto bajo tierra o dentro de la madera. Antes de las herramientas moleculares era muy complicado diferenciarlos. Muchos micelios se parecen entre sí. A veces tenés que esperar el momento exacto en que fructifican para poder identificarlos. Por eso durante tanto tiempo quedaron fuera del radar.

-Y sin embargo, mientras sabemos tan poco de ellos, aparecen cada vez más investigaciones que muestran aplicaciones sorprendentes. Desde degradar residuos hasta producir medicamentos.

-Sí. Y eso es lo más interesante. Los hongos tienen una enorme capacidad para degradar materiales complejos. Algunas especies evolucionaron para descomponer madera, que es un material muy difícil de degradar. Y a partir de ahí surgió una pregunta lógica: si pueden degradar madera, ¿qué otras cosas podrían degradar? Entonces empezaron a aparecer investigaciones sobre hongos capaces de degradar plásticos, hidrocarburos, contaminantes industriales y distintos residuos ambientales. También está toda la parte médica. En Occidente recién estamos redescubriendo algo que en lugares como China o Japón se conoce desde hace miles de años: el uso medicinal de ciertos hongos. Y además hay una enorme cantidad de productos industriales que utilizamos todos los días sin saber que dependen de ellos.

-¿Por ejemplo?

-La industria cervecera depende de los hongos. También la del vino y la del pan. La penicilina es un producto derivado de hongos. La ciclosporina también. Incluso el ácido cítrico que utiliza la industria alimenticia, para los jugos de naranja, en realidad es un hongo. Muchas veces pensamos que recién ahora están entrando en nuestras vidas, pero la realidad es que llevan décadas formando parte de nuestra alimentación, de nuestra medicina y de procesos industriales fundamentales. Lo que cambió es que ahora estamos descubriendo nuevas aplicaciones.

“Muchas veces lo único que vemos es el cuerpo fructífero, el ‘hongo’ propiamente dicho, pero el organismo está oculto bajo tierra o dentro de la madera”, cuenta Clara
“Muchas veces lo único que vemos es el cuerpo fructífero, el ‘hongo’ propiamente dicho, pero el organismo está oculto bajo tierra o dentro de la madera”, cuenta Clara

-Entonces no es que falte interés económico.

-No, para nada. De hecho hay muchísimo interés. Conozco investigadores que hoy trabajan asesorando empresas que desarrollan alimentos basados en hongos. Hay proyectos para producir proteínas alternativas, materiales biodegradables, bioinsumos para agricultura. Yo misma trabajo en microorganismos aplicados a cultivos agrícolas. Hay un interés muy fuerte por reemplazar fertilizantes y pesticidas químicos por soluciones biológicas. Lo que ocurre es que en Argentina estamos atravesando una situación muy complicada para la ciencia. Sin financiamiento es muy difícil investigar. Entonces muchas veces parece que los hongos no interesan, cuando en realidad hay muchísima gente interesada. Lo que falta son recursos para estudiar todo ese potencial.

-Mencionás los materiales biodegradables. En un mundo en el que se acumulan cada vez más y más desechos contaminantes, trabajar con organismos que parecen poder degradar casi cualquier material resultaría una respuesta lógica.

-Sí, completamente. Hay quienes están intentando reemplazar plásticos por materiales derivados de hongos. Hay proyectos para fabricar ladrillos, paneles y otros biomateriales a partir de micelio. Creo que eso explica parte del interés actual. Vivimos en una época atravesada por el cambio climático y por una sensación creciente de que el modelo de producción actual tiene límites muy claros. Bueno, los hongos aparecen como una herramienta posible para pensar alternativas.

-Hay otro fenómeno que parece inseparable del boom actual: los psicodélicos.

-Sí, sin dudas. Mucha gente llega a los hongos a través de la psilocibina. Y ahí hay una historia muy interesante porque en las décadas de 1960 y 1970 efectivamente se estaban realizando investigaciones muy prometedoras sobre usos terapéuticos de los psicodélicos. Después vino una prohibición muy fuerte y durante décadas prácticamente no se pudo investigar.

-Algo parecido a lo que pasó con el cannabis.

-En cierto sentido sí, aunque creo que los hongos todavía están varios pasos atrás. Con el cannabis hubo años de organización política, investigación científica y lucha por el reconocimiento medicinal. Con la psilocibina recién estamos empezando a reconstruir ese camino. Necesitamos evidencia, protocolos, estudios clínicos. Porque una cosa es que existan experiencias interesantes y otra muy distinta es demostrar científicamente bajo qué condiciones una sustancia puede utilizarse como tratamiento.

-¿Te preocupa cierta romantización que existe alrededor de los psicodélicos?

-Sí, me preocupa. No porque crea que no tienen potencial terapéutico. Al contrario. Creo que lo tienen. Pero justamente por eso necesitamos investigación seria. Hay personas trabajando con problemas complejos de salud mental como la depresión y la ansiedad y no siempre existen marcos claros. Cuando algo queda completamente por fuera de la regulación aparecen muchos mitos y muchas simplificaciones. Necesitamos saber qué funciona, para quién funciona, en qué condiciones y con qué riesgos.

-Hay una idea que aparece mucho en libros como La red oculta de la vida, de Merlin Sheldrake. Cuando se intenta explicar cómo se relacionan los hongos se los suele comparar con cosas humanas: comunismo, internet, redes sociales. Pero quizás la pregunta interesante sea la inversa: ¿Qué podemos aprender nosotros de la forma en la que se relacionan los hongos?

-Existe una rama de la filosofía llamada “filosofía fungi”, y trata de entender qué tienen los hongos para enseñarnos, en qué nos ayudan. Y hay algo, para mí, del ciclo de la naturaleza: nosotros producimos, producimos, producimos, y nunca nos preguntamos qué pasa con esa producción, con los residuos. Los escondemos, la basura la escondemos, no la vemos. Los hongos nos recuerdan que las plantas y los animales producen materia orgánica, ¿y qué hacen los hongos? La devuelven, la degradan. Es parte del ciclo de la naturaleza: todo lo que se produce se tiene que degradar, todo lo que vive en algún momento tiene que morir. Y eso, para mí, es lo que nos traen los hongos como sociedad. Y encima nos resultan fascinantes porque desafían nuestras propias paradojas: nosotros, los animales, decimos “somos inteligentes porque tenemos un cerebro gigante”. Bueno, los hongos no tienen ni órganos, nada. Solo micelio. Todo su micelio está conectado, es una red gigante que funciona como un todo, como un todo pensante que resuelve.

Cuando me sumé a la Fundación Hongos de Argentina, en 2018, realmente creíamos que los hongos podían cambiar el mundo. Y no porque pensáramos que los hongos eran una especie de solución mágica para todos los problemas, sino porque cuando empezás a conocerlos te das cuenta de que están en todos lados y cumplen roles fundamentales que la mayoría de la gente ni siquiera imagina. Están en el pan, en los alimentos fermentados, en nuestro propio cuerpo, en los suelos, en los bosques. Son organismos increíbles y, al mismo tiempo, invisibles para gran parte de la sociedad. Entonces, cuando uno descubre ese mundo, siente que encontró algo que estuvo siempre ahí, delante de los ojos, pero que nunca había visto. Lo que me pregunto es por qué ahora la sociedad empezó a prestarles atención. Nosotros en aquel momento teníamos como objetivo que la gente los conociera. La pregunta era: ¿cómo puede ser que un reino tan importante haya permanecido tan oculto durante tanto tiempo?

“Cuando uno descubre ese mundo, siente que encontró algo que estuvo siempre ahí, delante de los ojos, pero que nunca había visto”, explica Clara.
“Cuando uno descubre ese mundo, siente que encontró algo que estuvo siempre ahí, delante de los ojos, pero que nunca había visto”, explica Clara.

-¿Y encontraste alguna respuesta?

-Creo que la gente llega a los hongos por caminos muy distintos. Algunos llegan desde la medicina y los psicodélicos. Otros desde el arte. Otros desde la gastronomía. Otros porque están interesados en el cambio climático o en nuevas formas de producción. Pero una vez que entran, descubren algo fascinante. Los hongos tienen algo casi mágico: están ahí, pero no los vemos. Son organismos que pasan gran parte de su vida ocultos y de repente aparecen en un jardín, en un tronco o en una vereda después de la lluvia. Eso genera una fascinación inmediata. También hay algo de época. Creo que estamos atravesando un momento en el que muchas personas sienten que las respuestas tradicionales ya no alcanzan. Y los hongos aparecen vinculados a temas muy diversos: nuevas formas de producir alimentos, materiales biodegradables, agricultura sustentable, salud mental. Los hongos aparecen una y otra vez como parte de posibles respuestas a problemas muy actuales.

-Después de todos estos años estudiándolos, ¿seguís pensando que los hongos pueden salvar el mundo?

-Sí y no. No quiero romantizar la idea porque los hongos, por sí solos, no van a salvar nada. Si seguimos reproduciendo las mismas lógicas económicas y sociales, no hay organismo que nos rescate. Pero sí creo que pueden ayudarnos muchísimo. Pueden aportar soluciones en la producción de alimentos, en medicina, en agricultura, en la remediación ambiental, en la fabricación de biomateriales. Hay hongos capaces de degradar contaminantes extremadamente complejos. Acá mismo, en la Universidad Nacional de La Plata, hay proyectos para degradar colillas de cigarrillo mediante hongos. También están revolucionando áreas vinculadas a la salud, no solamente por la psilocibina sino por muchas otras aplicaciones medicinales. Y en la industria aparecen constantemente nuevas posibilidades.

Por donde lo mires, los hongos te traen una solución a problemas nuestros, a cosas que nosotros generamos, a “cagadas” que nos mandamos. Los hongos lo vienen haciendo silenciosamente, tranquilos, hace millones de años, sin hacer mucho aspaviento. Y creo que nos pueden enseñar mucho como sociedad. En el libro de Sheldrake que mencionás, se habla de que se está estudiando que las esporas que están en el aire, en la atmósfera, pueden ayudar a la generación de nubes y, después, a que llueva. Donde los mires, los hongos están ahí, son un componente fundamental de la naturaleza. Creo que nos pueden ayudar a armar ese rompecabezas, como la pieza final para entender la naturaleza como un todo.

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Joaquín Benitez Demark es periodista. Escribe el newsletter "La sociedad del rebote" miércoles de por medio.

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