El termómetro marca -2, otra mañana invernal comienza. Salgo a prender la calefacción del auto para no congelarme al subir y vuelvo a entrar a preparar el mate. Paso a buscar a mis compañeras para emprender una vez más el viaje hasta Pilcaniyeu, una localidad rural a unos 60 kilómetros de San Carlos de Bariloche. Los docentes solemos compartir el viaje y poner el auto una vez cada uno para no manejar todos los días y dividir, además del gasto en combustible, el desgaste prematuro que los kilómetros de ripio le provocan a los vehículos. El punto de encuentro siempre es el mismo: la Puma, una estación de servicio en el cruce entre la famosa ruta 40 y la 23, ruta que atraviesa horizontalmente toda la provincia de Río Negro, conectando la Cordillera y el Océano Atlántico.
Transitar por esta ruta es adentrarse en la inmensidad, la belleza y la crudeza de la estepa patagónica. También es una pequeña muestra de las dificultades que caracterizan a la argentinidad: un camino entrecortado, un asfalto impecable que se interrumpe abruptamente y transforma en un ripio intransitable, para volver a convertirse en un camino de ensueños que atraviesa campos floridos y montañas nevadas. Los amaneceres que entrega a quienes la transitamos frecuentemente no dejan de sorprender aunque uno lo haya visto cientos de veces. La inmensidad que transmite el horizonte, la sensación de apertura que ofrecen los cielos, ver la lluvia o la nevada caer a lo lejos. La compañía de la fauna, los caballos correr y jugar por los enormes campos, choiques, liebres y mulitas cruzando la ruta exponiendo sus cuerpos a ser carroña de los cóndores que bajarán a alimentarse para luego volver a elevarse a lo más alto de los cielos y dejarnos imágenes inolvidables.
A mitad de camino a la escuela, se abre un desvío y un cartel nos recuerda el contraste de una Argentina desigual y asimétrica. A unos sesenta kilómetros de Bariloche se encuentra el Complejo Tecnológico Pilcaniyeu (CTP), una planta de enriquecimiento de uranio que ubica a la Argentina entre el grupo selecto de los pocos países que lograron desarrollar combustible nuclear que alimenta reactores y produce isótopos para tratamientos médicos.
El CTP fue creado en los años 70, construido por la empresa INVAP.SE. a pedido de la CNEA (Comisión Nacional de Energía Atómica) y pasó a formar parte del entramado científico y tecnológico de elite instalado en la zona de Bariloche; compuesto por el Centro Atómico de Bariloche (CAB), el Instituto Balseiro, la CNAE, INVAP, CCT CONICET, entre otros. Remontarse en la historia de cómo fue creado este complejo es también, remontarse a las increíbles historias que lo mantuvieron bajo secreto de Estado, como por ejemplo, la versión que se les contaba a los pobladores de la zona. El interés y la curiosidad que generó el desarrollo de este complejo, fue subsanado con la idea de que allí, en el medio de la estepa patagónica y alejado de cualquier urbanización, se estaba construyendo una enorme fábrica de inodoros. Sí, inodoros. ¿El argumento central para sostener la mentira ante los ojos ajenos de contratistas? Desgrabación impositiva, con tal de no pagar impuestos, cualquiera pondría una fábrica de inodoros en el medio de la estepa patagónica. Así lo cuenta Eduardo Santos en su libro “Un diablo en Pilcaniyeu” y la leyenda sigue circulando de boca en boca por la zona.

Investigar en el paraíso
Cuando llegué a Bariloche, una de las cosas que más me llamaron la atención fue la cantidad de científicos e investigadores que conocí. Cada paso que daba, cada reunión a la que asistía, cada visita que hacía a un refugio de montaña, me encontraba con algún científico, investigador o estudiante de doctorado. Tiene sentido, ya que es la ciudad con mayor porcentaje de científicos por habitante del país, 13.82 investigadores por cada mil habitantes vs el 1.67 a escala nacional. Gente de lo más diversa, desde antropólogos, sociólogos, biólogos, hasta ingenieros y físicos nucleares que vienen de todas las provincias argentinas, desde Mendoza, Salta, Tucumán hasta Tierra del Fuego.
Si bien Bariloche concentra la mayor cantidad de investigadores por habitante del país, esa masa crítica se sostiene sobre un precario equilibrio. Los becarios doctorales, estudiantes jóvenes que vienen de Salta, de Tucumán o de Tierra del Fuego con la ilusión de hacer ciencia en la Patagonia, cobran un estipendio que no es un sueldo, no está en blanco y hoy no alcanza ni para estar por encima de la línea de pobreza. Mientras el turista extranjero paga en dólares una cena frente al lago, el futuro físico nuclear o la bióloga que estudia los ecosistemas andino-patagónicos tienen que decidir cada mes entre comprar libros, pagar el alquiler o seguir comiendo.
La directora del CCT Conicet Patagonia Norte, María Celeste Ratto lo describe con una dolorosa claridad: “Se nos está cayendo la cantidad de becarios que ingresan al consejo… Hoy están ganando muy por debajo de la línea de pobreza, entonces no se pueden mantener. Estamos perdiendo becarios por todos lados, pero investigadores también.” Y agrega que, aunque todavía no es la fuga de cerebros de los 90, “es como una caída en cámara lenta”: concursos ganados que no se ingresan, colegas que ya están aplicando a plazas en el exterior, y un sistema que formó durante sesenta años una política de Estado en ciencia y tecnología, pero que ahora ve cómo esa inversión se destruye.
Personas que durante años dedicaron su vida a especializarse en un tema, que están sobrecalificadas para la mayoría de los trabajos que el mercado argentino ofrece, no encuentran hoy la posibilidad de llevar adelante su trabajo. Otra vez parece que la Argentina exporta cerebros para que otros países se desarrollen mientras el Estado que los formó durante años los destrata y descarta, como si no fuera central para el desarrollo del país invertir en ciencia y tecnología.
Una isla paradisíaca, tecnología nuclear y científicos nazis
En las tardes de verano los locales suelen bajar con sus kayaks hasta Playa Bonita y remar hacia una isla que se ve desde la costa, la Isla Huemul. Esta isla fue el escenario de una increíble historia: un científico nazi exiliado en la Patagonia, un presidente engañado y un proyecto nuclear fallido. Prepárense porque la historia nuclear argentina es una masa, se pone crítica y generó una reacción en cadena.
Ronald Richter fue un físico austríaco que logró convencer a Juan Domingo Perón de poder desarrollar la fusión nuclear controlada, consiguiendo que el presidente financie sus trabajos en la Isla Huemul. El mismo Perón, luego de haber financiado durante años la locura de Richter, dio una conferencia desde la Casa Rosada y dijo al mundo haber logrado la fusión nuclear en Bariloche. Aunque el proyecto no prosperó, lo que sí desencadenó fue la creación del Instituto Balseiro, institución pública integrada al Centro Atómico de Bariloche (CAB), dependiente de la CNEA y la UNCUYO. José Antonio Balseiro, formó parte de la comisión enviada por Perón para auditar los trabajos de Richter, demoliendo teóricamente sus supuestos logros y aprovechando parte de los equipos y la inversión, fue el primer director del Instituto de Física de Bariloche.

Más allá de la enorme importancia histórica que tuvo este proyecto, vale la pena destacar la belleza natural de esta isla paradisíaca y las ruinas de lo que también intentó ser un espacio recreativo que podrían haber disfrutado gran parte de los ciudadanos de la ciudad turística. Otro proyecto del que solo tenemos ruinas.
La caminata hacia los laboratorios y la casa de Richter se realiza por un sendero rodeado de árboles centenarios, en la isla también se encuentran enterrados los restos de Bernardino Güenul, un cacique mapuche que habitó la isla hasta sus últimos días. La experiencia allí es muy extraña, oscila entre la fascinación absoluta por la belleza natural y la intimidación que genera la escena de una isla abandonada y unos laboratorios fríos, oscuros y vacíos donde alguna vez se refugió un físico nazi.
El sol comienza a ocultarse, y ese al que muchos patagónicos llaman el innombrable, empieza a soplar fuerte y revolotear las aguas del Nahuel.
Desigualdad, entrelazamiento y superposición.
Al hablar de la ciudad de las postales, la nieve y el chocolate, no es todo color de rosas. Bariloche es la ciudad más rica de la provincia, impulsada por el turismo y el desarrollo científico tecnológico. Según el Relevamiento Inmobiliario, Bariloche es una de las zonas más costosas para alquilar. Por detrás de Puerto Madero, la ciudad registra el valor más alto de alquiler en Argentina, llegando a $1.150.000 por un departamento de dos ambientes y una canasta básica ubicada en $863.809, muy por encima del resto de las provincias argentinas. El costo de vida es altísimo, las condiciones climáticas, las distancias y la precaria infraestructura urbana hacen que vivir allí pueda ser una experiencia muy difícil e incluso mortal.
Para empezar, debemos decir que no existe Bariloche. Existen los Bariloches: el Bariloche del alto y el Bariloche del centro, los kilómetros y Arelauquen (barrio privado de alta categoría). Bariloche, la ciudad del desarrollo tecnológico de elite, la ciencia y la técnica en su máximo esplendor, es también la ciudad que no tiene ni gas, ni asfalto ni agua potable para gran parte de sus habitantes. Es también la ciudad donde durante el invierno hay quienes mueren de frío, o conviven con uno de los cinco basurales más contaminantes del mundo con niños buscando comida en esa montaña gigante de basura, y por otro lado el barrio privado con el valor del metro cuadrado más caro del país.
El colapso de qué Bariloche es el que vemos, será distinto según el observador. Puede ser un turista que solamente se queda con la postal desde una cafetería del Cerro Catedral o la vista de una suite del Llao Llao, un ingeniero que se sorprende de las propuestas formativas y de trabajo calificado en INVAP o un trabajador precarizado del turismo que debe viajar horas en colectivo desde el hotel donde trabaja para llegar a una casa que no tiene los servicios básicos, con un salario que no llega ni a mitad del mes con los elevados costos de vida que tiene la ciudad. Todo dependerá de quién mire por esa rendija.
Si en Bariloche hay quienes pueden disfrutar del centro de esquí más grande de Latinoamérica o de los hoteles de 5 estrellas con vista a las montañas y bajada privada al lago, es porque también existen miles de personas que se ven afectadas por las condiciones de precarización y exclusión que propone este sistema. La riqueza y los privilegios de unos se crean a partir de la pobreza y la exclusión de los otros. La diferencia es que unos nacieron del lado del asfalto y otros del lado del ripio. Nos queda a nosotros planificar otros mundos posibles.

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