Hoy compramos, descartamos y reemplazamos ropa a una velocidad cada vez mayor. Vestirse parece un acto automático, pero nunca es solo eso. Detrás de cada tendencia, cada prenda y cada estética también se juegan decisiones políticas, modelos económicos, ideales de belleza y formas de estar en el mundo.
La ropa habla antes que nosotros. Es una primera piel social, una marca de época y, muchas veces, un manifiesto silencioso. En lo que usamos aparecen crisis económicas, conquistas de derechos, mandatos culturales y deseos que no siempre elegimos del todo, pero que llevamos puestos todos los días.
Lucía Levy es periodista especializada en moda y cultura, analista cultural y estratega digital. Es fundadora y directora editorial de La curva de la moda, el medio multiplataforma pionero en el país en analizar la moda desde una perspectiva política, histórica, de género y social. También es creadora y host de Modapedia, un podcast de investigación que desentraña los cruces entre estética, identidad cultural y sociedad. Su trabajo invita a desarmar nuestras propias ideas sobre el vestir y entender qué decimos del mundo y de nosotros mismos cada vez que elegimos una prenda.
-¿Por qué todavía cuesta tanto tomar a la moda como un tema político y no solamente estético?
-Porque la industria de la moda es una industria millonaria, muy importante, mueve muchos millones y tiene mucha incidencia en moldear ideas con respecto al gusto y a la belleza. Siempre se presenta como un negocio. Es difícil profundizar en el impacto político o la importancia política que puede tener la moda si no tenés el espacio y si no tenés una audiencia que quiera educarse y pensar sobre esos temas. Siempre es más fácil anclar a la moda o relacionarla con el consumo y no con su incidencia política.
Igualmente, espacios como La curva de la moda fueron pioneros en divulgar y hacer masiva esta relación que tiene la moda con la política, entendiendo que los cuerpos son territorios, sobre todo los cuerpos de las mujeres, de las feminidades y de las disidencias, donde se disputa el poder. Por eso es que la moda es política: la indumentaria cubre los cuerpos para protegerlos del frío, por pudor, por normas que tiene la sociedad, y a raíz de eso, si se la sabe leer, la moda es un signo que comunica mucho.

-¿Qué lugar le queda a la industria nacional frente a plataformas que funcionan con otra escala y otra lógica, como Shein y Temu?
-La industria de la moda local está en terapia intensiva, las cifras están todas a la baja. Hay un dato que demuestra que siete de cada diez máquinas relacionadas a la industria textil hoy en Argentina están frenadas, y esto desencadena despidos. Fabricar o producir acá es mucho más caro que producir afuera, y además no estamos hablando de los mismos volúmenes.
Todas son decisiones políticas. Proteger a la industria nacional era una decisión política de otros gobiernos; abrir las importaciones es una decisión política del gobierno actual, y eso tiene consecuencias: hay muchas empresas que se están fundiendo y mucha gente que se está quedando sin su trabajo. Además, va a haber un montón de oficios o de expertise de personas que hacen que la industria local exista que se van a perder. Si cierran talleres, las costureras tienen que buscarse otras changas. Es algo muy triste de ver, sobre todo entendiendo que hay un destrato y un desdén desde las altas cúpulas del gobierno. Que Caputo diga que nunca compró ropa acá te manda un mensaje muy fuerte políticamente. Además, genera esta ficción de que la industria argentina de indumentaria “se aprovecha y te roba”. No digo que no haya casos donde hay marcas que te cobran el 200% de lo que les sale de costo, pero no toda la industria es así. No hay que generalizar ni fomentar un mensaje de que la industria local es la villana. Tiene que haber políticas que bajen y protejan a la industria.
-¿La ropa y la estética hoy funcionan como capital social?
-Sí, porque todo lo que es imagen está íntimamente relacionado al estatus. Hoy, lo que te comunica estatus es el iPhone, un logo visible, o adecuarte al canon de belleza europeo que dicta que lo elegante es lo silencioso, los colores neutros, el pelo lacio perfectamente atado en una colita, ni un pelo fuera de su lugar, el maquillaje “no maquillaje”. Todo lo que tiene que ver con la moda está anclado en una búsqueda de asegurar estatus y también de fingirlo, lo cual es fascinante porque ahí entramos a hablar de falsificaciones y réplicas. Pero sí, usualmente la ropa se usa no solo para abrigarse o por pudor, sino también para comunicar estatus.
-En contextos de crisis, ¿la moda se vuelve más conservadora o más exagerada?
-Mucho más conservadora. Creo que hay una relación directa entre el avance de las derechas en el mundo y este retorno a un look más silencioso, a no hacer tanto ruido, a no ocupar tanto espacio, a amalgamarte con el ruido o con el gris de la ciudad. Hay algo también de mirar siempre a Europa y a qué se considera elegante o chic allá, y seguir esas directrices, cuando en realidad Argentina es parte de Latinoamérica y Latinoamérica es colorida, es volumen, es mezcla de texturas. Me parece que hay todo un campo para explorar. A medida que vas entendiendo esta profundidad política que tiene la indumentaria, vas desoyendo cada vez más estas “verdades absolutas” que te presentan: “esto es lo elegante”, “esto es lo chic”, que siempre están relacionadas a no hacer ruido, a no llamar la atención y a no expresar quién sos a través de la ropa. Lo que quieren las derechas del mundo es que seamos conservadoras por definición.
-¿Creés que estamos perdiendo el vínculo emocional con la ropa?
-El vínculo emocional con la ropa sí está totalmente perdido, salvo excepciones. Creo que al presentarse a la moda casi como si fuese comida rápida, le vas perdiendo el valor. Si una remera te sale dos dólares, ¿qué valor le encontrás a eso? Se te mancha con café y la tirás porque no te genera un conflicto. Ahora, si esa remera es de un algodón buenísimo que te hace sentir bárbara con vos misma, o si era de tu mamá y la usó en tal momento, ahí sí tiene otro valor. Tal como está planteada hoy la industria, que es una máquina voraz de producir y de tirar, es muy difícil encontrarle el valor a la ropa.
-¿El fast fashion realmente democratiza la moda?
-Las marcas de fast fashion te pueden vender una remera barata porque a la persona que la está haciendo le pagan centavos. No hay nada de democrático ahí. Además, esas personas suelen ser mujeres pobres en países en subdesarrollo, que no tienen sindicatos, no se pueden organizar, y si no laburan no le pueden dar de comer a sus hijos; probablemente sean la jefa de hogar. Entonces, no me resulta muy democrático el modelo de negocio de estas marcas.
-La Curva de la Moda fue pionera en el país. ¿Cómo arrancaste con el proyecto y cómo fue su crecimiento?
-Yo soy periodista especializada en moda hace 18 años y pasé por muchos formatos como revista impresa, sitio web, radio, televisión en vivo. Me empecé a dar cuenta de que yo haría las cosas de un modo distinto. Leía artículos en inglés de medios extranjeros que cruzaban moda con historia, género, política y cultura, un enfoque periodístico que no encontraba acá en Argentina. Dije: “Voy a empezar a hacerlo yo a ver qué pasa”.
Justo fue la pandemia, todo el mundo estaba con su celular y empezó a crecer muy rápido. Dejé mi trabajo en relación de dependencia con muchísimo miedo, armé equipo rápidamente y siguió creciendo. Para mí no hay nada más importante que escuchar a mi audiencia, es mi termómetro. De hecho, mañana íbamos a estrenar la tercera temporada del podcast Modapedia y lo pospusimos porque entendemos que nuestra audiencia hoy nos está pidiendo que hablemos sobre los tres femicidios de este fin de semana, que hablemos sobre Ni Una Menos. Mi jefa es la audiencia, no trabajo para más nadie. Las marcas vienen porque La Curva tiene prestigio, credibilidad y una audiencia que escucha como si fuera palabra santa. Siempre estamos buscando nuevos formatos periodísticos: tenemos podcast, newsletter, Instagram, Twitter. Está muy en expansión y en crecimiento constante.

-¿Qué cosas puede explicar la moda que el periodismo político tradicional muchas veces no registra?
–Si sacás una radiografía del siglo XX desde el 1900 hasta el 2000 y vas viendo la evolución década tras década del atuendo femenino, te vas dando cuenta de las conquistas de derechos que lograron los feminismos. Es muy evidente. A principios de siglo, la silueta se relaja con Coco Channel, que introduce el jersey, una tela que se adapta al cuerpo y libera la silueta. Los pantalones que vinieron luego, el uso del traje por las mujeres. Incluso también el calzado, las mujeres antes por código de vestimenta tenían que ir sí o sí con tacos al trabajo. Son todas conquistas que pasaban primero en el plano público, en el plano civil y que se iban reflejando en los modos de vestir. Diana Vreeland decía que podías ver que se acercaba una revolución solamente mirando cómo se vestían las mujeres jóvenes. La minifalda coincidiendo con la píldora anticonceptiva en los 60, o sea, había una revolución sexual, era la primera vez que las mujeres tenían soberanía sobre sus cuerpos.
Yo recomiendo escuchar la primera temporada del podcast Modapedia, donde en cada episodio analizamos una prenda en particular y contamos todo el contexto social y cultural para que esa prenda naciera. La moda es un gran espejo de las conquistas que logramos las mujeres y las disidencias en el siglo XX.
Micaela Rafaniello es periodista y profesional en comunicación institucional. Escribe el newsletter "La batalla cultural" de manera mensual.


