Cuando me senté a escribir esta newsletter, le pregunté a mi pareja: “¿cuánto te gusta ir al cine?”. Esperaba una respuesta más bien vaga, quizá un número del uno al diez. Pero fue preciso: “lo suficiente como para ir dos veces al mes”.
Ahí entendí que la pregunta estaba mal formulada. No era cuánto le gustaba ir, trasladarse, sentarse en la butaca. Era cuánto le gustaba el cine en sí. La experiencia, la sensación, el hecho de ver una película, no necesariamente en el formato más tradicional que imaginamos.
Nosotros vamos una o dos veces por mes. Nos alcanza. Pero hay quienes lo viven de otra manera: como un ritual, casi como una forma de organizar el tiempo. Para ellos, el cine es una experiencia completa, de principio a fin.
Esa intensidad se vuelve todavía más visible cuando llega el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Las salas se llenan y la ciudad se convierte en un punto de encuentro para quienes buscan algo distinto a lo que ofrece el circuito comercial.
El cine independiente supo ganarse su lugar y aprendió a habitarlo. Viene creciendo y consolidándose. Este año, el BAFICI recibió 4.637 películas de 113 países, 1.014 producciones argentinas y 3.623 producciones extranjeras.
Es un cine que mira y narra de otra forma. Un espacio donde lo personal, lo experimental y lo urgente encuentran lugar. Donde hacer cine no responde tanto a una lógica industrial como a una necesidad, o incluso a un deseo.
En ese universo se mueve Axel Cheb Terrab, director, guionista y editor. Independiente, creativo y lúdico en cada una de sus facetas, ha presentado sus films en el BAFICI y en festivales dentro y fuera del país. Actualmente, está filmando su segunda película, Las Maravillas. Habla de hacer cine con una mezcla de convicción y sensibilidad que vale la pena escuchar.
-En un momento escribiste que “ser cineasta es un gris que se va aclarando con el tiempo”. ¿Hoy sentís que ya cruzaste ese umbral?
-Sí, siento que ya crucé ese umbral. Puntualmente lo que me hizo cruzarlo, fue haber estrenado en Argentina mi primera película, Gala & Kiwi, mi primer largometraje. Porque eso me dio una validación externa, más allá del sentimiento. Yo siento que uno no es director siempre, sino en los momentos en los que está haciendo algo relacionado a la dirección, ya sea filmando o estrenando una obra en una sala… y esos son días en los que te sentís director. Yo siempre digo que un día en el que me siento director es un día ganado. Al haber estrenado mi película acá en Argentina, tuve la posibilidad de ir por más de dos meses todos los días a la sala de cine, y siento que eso me dio una validación externa muy grande como director, pero también una validación interna muy grande. Eso me permitió asociarme a la DAC (Directores Argentinos Cinematográficos), y otras validaciones que sí me permiten decir que siento que crucé ese umbral. A la hora de hacer cortometrajes, uno todavía no está tan instalado, por lo cual sí es un gris que poco a poco se te va aclarando, porque cada vez son más los días en los que ejercés la dirección.

-¿Sentís que la identidad de director se conquista, se otorga o se negocia dentro del campo cultural?
-Se conquista completamente. Hay un momento muy puntual en la carrera de todos, en la cual pasás de decir “Yo soy estudiante de cine” a “Yo soy director”, y eso es un territorio que uno conquista. Alguien no dice “Soy director” en base a su propia creencia, sino en base a los materiales que va subiendo. Cuando estrené mi primer corto en un festival, todavía no me sentía un director, me sentía un estudiante de cine que estrenó un corto en un festival. Después del segundo corto, el tercer corto, el largometraje, de repente fue como… “Bueno, yo ya soy un director”. Si bien se puede decir que es algo otorgado en el sentido de que los festivales eligieron tu película, los festivales no tienen la posibilidad de decirle a uno que es director, pero el público sí y eso el público no lo otorga, al contrario, se conquista al público.
-¿Qué te llevó al cine independiente y no a un camino más industrial?
-Creo que empezó a haber una especie de unión entre lo que es el INCAA de lo que es el cine. De repente, se le empezó a otorgar el lugar de cine como si fuera la única forma, y si el INCAA se desfinancia, no hay más cine. A mí me gusta hacerle contra a esa idea, me gusta ver al cineasta como un artesano que con sus utensilios crea su obra. La razón más importante de por qué yo elegí el estilo independiente, es por una cuestión de tiempos y de plazos. A mí me gusta un cine en el que uno está en total control de si se hace o no, y para eso, obviamente, hay que bajar las exigencias, bajar las ambiciones en las ideas. En el cine industrial, se escribe una idea, pasa por un laboratorio de guion, pasan tres meses, pasa por un laboratorio de pitch, de coproducción… Recién ahí consiguen un fondo y en tres años se está filmando. ¿Por qué es necesario que sea industrial? Que sea un proceso largo y caro… Para mí no lo es, y menos hoy en día. Hoy se puede pensar una idea y filmarla en el momento, editarla y sacar un corto, o una película incluso. A mí me gusta concebir el cine de esa manera, mucho más efímero, en el que estás más en contacto con tu pasión interior que te llevó a ese proyecto.
-¿Desde dónde nacen tus historias: una imagen, una emoción, una idea?
-Mis historias surgen de todos lados. Cualquier cosa de la vida de alguien que escribe, puede disparar una historia. Muchas veces es una imagen, quizás pasé por un bar y justo vi que en ese bar había una chica con un chico, y quizás la chica estaba llorando. Y en mi cabeza ya empiezo a pensar “Bueno, ¿por qué estaba llorando esa chica? ¿Y qué pasó? ¿Y qué se habían pedido? Él tenía una Coca, pero ella tenía un café”, y ahí se empieza a crear una historia, una emoción. Muchas veces siento algo muy fuerte y necesito ponerlo en una película, es lo que me pasó con mi último corto “Tu cuerpo en mi habitación”. Me había sucedido una situación emocional, romántica muy fuerte y necesitaba ponerla en imágenes, necesitaba transportarla al arte, pero necesitaba algo rápido. Entonces, me junté un miércoles con unos amigos, escribimos un guión en base a lo que yo quería contar y el sábado ya estábamos filmando. Filmamos en tres días y ya está. Se terminó, y ya está hecho.
-¿Qué te interesa explorar cuando filmás: lo íntimo, lo social, lo político?
-Lo que me interesa filmar no es tanto lo íntimo, lo social o lo político, sino que todo eso son, en todo caso, caminos hacia lo que yo quiero contar. Básicamente es contar una historia y mi objetivo máximo, es lograr que las personas por dos horas de su vida logren escaparse de los problemas de su vida. El cine es una buena terapia. Muchas veces nos hacemos problema por cosas muy chiquititas, y tiene esa fuerza escapatoria de poder ver la vida de otra persona y poder sufrir por la vida de otra persona. Lo que te hace empatizar con una película, no es la película en sí, sino todo lo que tiene en relación a la vida de uno mismo y a la forma de ver la vida. Creo que lo íntimo, lo social o lo político no son más que medios para llegar a eso. A mí me interesa hacer un cine que genere emociones, que te pueda alejar de tu vida por un rato, que pueda lograr que te alejes. Es un poco como la filosofía del budismo, de alejarte de tu ego y poder ver la vida de una forma más distante.
-¿Qué pasa con una película cuando entra en circuitos internacionales? ¿Se transforma su sentido o se amplifica?
-Es muy interesante lo que pasa con una película cuando entra en un circuito internacional, porque es el momento en el que te das cuenta como director, que la película ya no es tuya, sino que es del pueblo o del mundo. Quizás, para vos el final es una cosa y sentís que vos lo dejaste muy claro y después sale al mundo y los espectadores se la apropian y es de ellos ahora, y cada uno puede interpretar lo que quiera, opinar lo que quiera. Cuando uno dirige una película, muchas veces la siente como si fuera su hijo. Y, de repente, es un hijo público, no es un hijo privado, ya no es un hijo tuyo que vos elegís cómo envejece, cómo crece… ya está, ya es de todos. La sociedad misma elegirá como seguir avanzando. Eso me parece de lo más lindo, que las regalás al mundo.
-Algunas de tus obras pasaron por el Gaumont. ¿Qué significa para vos ese espacio dentro del cine argentino?
-El Gaumont actualmente para el cine argentino me parece lo mejor que tenemos, de los espacios que más hay que cuidar. La realidad es que muchas películas no llegan muy lejos. Primero que nada, si no está hablada en inglés, va a ganar el 50% menos. Y Argentina tiene, a través del Gaumont, la posibilidad de que cualquier persona pueda estrenar su obra. Ahí te podés encontrar de todo tipo de películas argentinas. Es un lugar donde se puede ver la cantidad de cine argentino que hay, que no llegas a las comerciales, pero que están ahí. Le da la posibilidad a todos los cineastas de que sus films que se vean, ofrece una pantalla. Cada cine en este mundo que te ofrezca una pantalla, es un espacio valioso que tenés que cuidar, porque te está dando un lugar para exhibir tu obra. El Gaumont ni siquiera pide requisitos como otros lugares, que la juzgan en base a si va a vender o no.

-Tu último proyecto es Las maravillas. ¿Qué te interesa poner en juego en esta nueva película?
-Todavía estamos en proceso de filmarla, entonces no tenemos del todo asegurado qué es lo que finalmente va a ser, lo que se va a poner en juego, ni qué es lo que finalmente me va a interesar contar de todo lo que estamos haciendo. Es una película muy larga, muy épica en el sentido que tiene muchos personajes, es una historia muy larga, muy experimental en algunos sentidos, narrativa experimental… Habla mucho sobre el presente, del presente político argentino, el presente político americano con esta pseudo vuelta del fascismo que está habiendo en casi todo el mundo. Pero desde una perspectiva donde la sobreinformación ya te exhausta, el no entender, la no comprensión de la big picture, no poder abarcar del todo lo que está sucediendo. De lo abrumador que se vuelve el mundo a partir de las redes sociales, del enterarte de todo, de la instantaneidad, del momento, del presente, de “esto me es súper importante hoy” y mañana ya no es más importante, y hay que cancelar a esta persona porque está todo mal y mañana nos olvidamos quién es esa persona, como que se volvió un mundo muy inconsistente.
-¿En qué se diferencia de tus trabajos anteriores?
-Me empecé a encontrar mucho más con el documental. Es una película mucho más experimental, mucho más arriesgada, mucho más larga, que no se enfoca en una sola cosa sino muchas al mismo tiempo. Habla de todo y se puede interpretar por todos lados. Desde mi punto de vista, no tiene una sola bajada, sino que tiene muchas bajadas. De hecho, tiene tantas que, al mismo tiempo, no tiene ninguna. Eso es lo que me fascina mucho al hacer esta película.
-¿Qué lugar ocupan el miedo y el deseo en tu práctica como director?
-El miedo y el deseo, así como todas las emociones primarias, son un vehículo para hacer arte y para difundir el arte también. Me gusta el concepto de invitar a mi miedo que se siente al lado mío, y entender que mi miedo es parte de mí así como mi deseo. La forma que tengo de lidiar con eso es invitar a esos sentimientos a entender que son parte de mí, no alejarlos de mí.
-¿Qué tipo de sensación te interesa que permanezca después de que termina una de tus películas?
-Lo que más me interesa es la experiencia que tiene un espectador, que se quede con la película en la cabeza por mucho tiempo. Eso es lo más lindo. Ya que son una ventana a la vida de unos personajes, después esa ventana se cierra, pero uno se queda con esos personajes. Te vas a tu casa y después te vas a trabajar… te vas a hacer tu vida y esos personajes siguen ahí, en tu cabeza, siguen dando vueltas. No es una sensación puntual, sino el hecho de sentirse acompañado, es lo que hace que una película crezca también.
Micaela Rafaniello es periodista y profesional en comunicación institucional. Escribe el newsletter "La batalla cultural" de manera mensual.


