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Nublado con probabilidad de despidos

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Nadia Zyncenko es un ícono de la televisión argentina y una de las caras más conocidas de la meteorología nacional. Nacida en Nápoles, pero de raíces ucranianas, fue la presentadora del clima de la Televisión Pública (ex ATC y ex canal 7) durante 40 años. Hay tres generaciones enteras que seguramente desayunaron, al menos una vez, con ella de fondo, diciéndoles que no se esperaban precipitaciones para ese día. Se retiró (o la retiraron) en 2018, pero eso no la llevó a dejar de mirar las nubes con ojos de meteoróloga.

También formó parte del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) por más de 35 años. A finales del mes pasado, fueron despedidos 140 profesionales de la institución que, según el Ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, puede funcionar con 150 científicos de los mil que todavía mantienen sus puestos. Lo cierto es que el SMN cuenta con 470 meteorólogos que, si se toman en cuenta las 125 estaciones activas en el país, no superan el promedio de cuatro profesionales por estación.

En una estrategia eficaz por parte del Gobierno, las frecuentes oleadas de despidos en el ámbito estatal han llevado a que la política y los medios tengan que elegir, una vez más, entre dos bandos: justificar los despidos o defender a los trabajadores. En este segundo grupo aparece una pregunta que se posiciona incluso por encima de los reclamos por los puestos de trabajo perdidos. Teniendo en cuenta lo que está pasando en el SMN, la pregunta sería: ¿por qué es importante que un Estado cuente con un equipo de meteorólogos bien nutrido? O en palabras más simples: ¿qué pierde un país cuando pierde meteorólogos?

La fórmula es siempre la misma, lo que cambia es el área de trabajo. En algún momento fueron los cineastas, en otro, los docentes, o los investigadores científicos, o cualquiera de los rubros en los que haya habido despidos masivos. Esto no quiere decir que cuando Javier Milei llegó al poder no hubiera más empleados estatales de los que debieran, pero ese no es el punto.

Tampoco es el objetivo de esta nota desmentir al ministro Sturzenegger. De eso ya se encargaron muchas organizaciones y científicos que lo hicieron con mucha más altura. Frente a esta lógica binaria que Argentina lleva cargando en su lomo desde hace décadas, charlar con Nadia se sintió como respirar abajo del agua. Hablamos de todo eso que sí es la meteorología y algunas cosas más.

Uno de los motivos que me llevó a querer hacer esta nota fue esta charla TED del meteorólogo Enzo Campetella, en la que explica cómo la meteorología puede salvar vidas. En una parte, compara la calidad en el acceso a la información en dos lugares del mundo muy distintos: Suiza y Sudán. El año pasado, en ambos países hubo un importante derrumbe a causa del cambio climático. En Suiza, se desprendió un glaciar de Los Alpes y en Sudán, una lluvia de 600 milímetros (600 litros de agua por metro cuadrado) provocó el colapso de un cerro. En ambos casos, los derrumbes cayeron encima de pueblos. La diferencia fue que en Suiza, la abundante y previa recopilación de datos meteorológicos hizo que todos los habitantes se salvaran de la catástrofe, mientras que en Sudán, hubo más de mil muertos. El problema fue que nadie contaba con la información necesaria para prever la dimensión del temporal.

Otra de las razones por las que quise charlar con Nadia fue que me quería sacar una duda. Rosalía dice que el cielo de Buenos Aires es el mejor que vio en su vida, ¿será verdad que tiene algo distinto nuestro cielo? Yo elijo creer que sí.

-Muchas veces pensamos la cultura desde las tradiciones, las formas de relacionarnos, el arte o la comida, pero nos olvidamos de que gran parte de eso tiene que ver con el clima.

-Por supuesto. El clima afecta muchísimo al comportamiento humano, incluso al estado de ánimo. Tres días grises y húmedos afectan a cualquiera. En cambio, un día con alta presión y poca humedad cambia completamente el humor. Y te voy a decir más: hasta las relaciones íntimas aumentan antes de una tormenta. Hay estadísticas sobre eso. Antes de una tormenta estamos más… mimosos, para decirlo elegantemente.

Nadia Zyncenko es un ícono de la televisión argentina y una de las caras más conocidas de la meteorología nacional.
Nadia Zyncenko es un ícono de la televisión argentina y una de las caras más conocidas de la meteorología nacional.

-En los últimos meses empezó a instalarse otra vez la idea de que, como tantas otras cosas, la meteorología es un gasto, una variante en el Estado que puede achicarse, y no un elemento que forma parte del derecho universal a la información. ¿Qué consecuencias puede tener pensarla de esa manera?

-Es gravísimo, porque no existe ninguna actividad que no esté condicionada por la meteorología. Ninguna. Vos vas a construir una casa y tenés que saber si la zona se inunda, cuáles son los vientos más fuertes, de dónde viene el calor o el frío para orientar las ventanas y las puertas. Vas a construir una torre: tenés que saber cómo se comporta el clima en ese lugar, cuáles son las resistencias necesarias de los materiales, qué tipo de fenómenos pueden ocurrir. Vas a sembrar, hacer una ruta, construir un puente, cualquier cosa. No hay nada que esté liberado de la meteorología. En el Servicio Meteorológico recibíamos constantemente consultas sobre el régimen de lluvias de una región, temperaturas máximas y mínimas, cómo evolucionó el clima en los últimos treinta o cuarenta años. La gente necesitaba esos datos porque no quería fracasar en lo que iba a hacer.

-Y además en un contexto de cambio climático.

-Claro. Y todavía hay gente que niega el cambio climático. Bueno, fenómeno, que lo nieguen. Pero los datos están. Y cada lugar tiene que estudiarse particularmente. No es lo mismo Buenos Aires que Tierra del Fuego. No es lo mismo la cordillera que el litoral. Todo eso hay que observarlo y medirlo.

-También suele aparecer esta idea de que todas esas tareas pueden reemplazarse con tecnología automatizada o inteligencia artificial.

-Pero la inteligencia artificial necesita datos. Datos, datos y datos. Los grandes centros meteorológicos del mundo funcionan porque tienen información confiable. Hay quienes dicen: “Bueno, levantamos las estaciones meteorológicas y ponemos automáticas”. ¿Y dónde están las automáticas? ¿Quién comprobó que funcionan bien? No es tan simple. En la cordillera argentina, por ejemplo, hay algunas automáticas, pero son carísimas. Lleva tiempo instalarlas, ponerlas a prueba, comprobar que realmente sirven en esa zona. No es simplemente decir “la máquina lo hace”. Las máquinas maravillosas que tienen Estados Unidos o el Centro Meteorológico Europeo se nutren de datos tomados por personas. Los datos se intercambian entre los países porque todos necesitan complementar y comparar información. Ahora, si vos dejás de producir datos en el hemisferio sur, este sector del mundo se vuelve pobre de información. ¿Y qué pasa entonces? A las máquinas les faltan datos para dar pronósticos confiables. Por eso los países desarrollados ofrecen becas para estudiar meteorología. No porque les sobre la plata ni porque estén aburridos. Necesitan cada vez más profesionales preparados y más observaciones confiables. Te sumo otro dato que demuestra que en el SMN no sobra nadie: según el Centro Argentino de Meteorólogos, Alemania, que tiene un territorio muchísimo más chico que el nuestro, tiene tres veces más meteorólogos que Argentina.

-En una entrevista que diste hace algunas semanas en Futurock contabas que incluso hace años ya faltaban meteorólogos en el país.

-Sí. Hace unos quince años fui invitada por la Organización Meteorológica Mundial a presentar un trabajo sobre el clima argentino en Nueva York. Había meteorólogos chinos, estadounidenses, sudamericanos, gente de todo el mundo. En una cena me sentaron entre el director y el subdirector de la organización. Eso ya me había sorprendido. En un momento me preguntaron: “Nadia, ¿por qué Argentina toma tan pocas becas?”. Me explicaron que podían pagarlas, que querían que los meteorólogos argentinos fueran a especializarse. Ni bien volví, hablé con el director del Servicio Meteorológico Nacional y le pregunté por qué no se aprovechaban esas oportunidades. Y me respondió algo tremendo: “Si los mando a perfeccionarse, ¿quién cubre las guardias?”. Me quedé muda.

-Tu salida de la Televisión Pública en 2018 también estuvo atravesada por esa lógica de ajuste.

-Sí. Primero me dijeron que me jubilara. Después, que iban a querer que me quedara un año más, entonces frené los trámites de jubilación. Al poco tiempo, me llamaron de nuevo para decirme que no seguía. O que podía seguir, pero cobrando muy poco, menos de lo que pagaba mi jubilación. En ese momento, alguien me dijo: “Pero te doy pantalla”. Yo le respondí que la pantalla no da de comer.

-Tampoco te había faltado pantalla, ¿no?

-Pero más allá de eso, trabajábamos muy bien. Primero estuve en el SMN y en el canal, y después me dediqué solamente a Canal 7. Había un equipo técnico excelente, gente que diseñaba los mapas, preparaba las imágenes satelitales, todo un trabajo muy serio. Hasta ese momento la conducción del noticiero le daba muchísima importancia a la información meteorológica. En 2004, en Barcelona, la Organización Internacional de Presentadores del Tiempo recorrió canales de televisión de toda Sudamérica y eligió al informe meteorológico de Canal 7 como el mejor presentado de la región. Me invitaron a participar de ese encuentro internacional y me pagaron absolutamente todo. Los pasajes, la estadía, todo. Fue un lujo. A partir de ahí me empezaron a invitar a distintos congresos y reuniones internacionales para presentar trabajos e investigaciones.

-Hay una frase de la cantante Rosalía que dice que “el cielo nació en Buenos Aires”. Ella contó después, en una entrevista, que nunca había visto un cielo como el de acá. ¿De verdad hay algo especial en el cielo de Buenos Aires?

-Cada lugar tiene algo especial. Cada latitud y longitud tiene características propias. No vas a tener las mismas nubes en el Ecuador que en el Polo Sur. Las nubes dependen de la humedad, del calor, de cómo se mueve la atmósfera, de los movimientos ascendentes y descendentes del aire. Cada tipo de nube tiene una forma, una altura y una clasificación determinada. No son todas iguales. Ahora, que alguien sienta que el cielo de Buenos Aires es especial también tiene que ver con algo emocional. A ella le habrá producido algo muy particular y creo que eso tiene que ver con algo más personal.

-Además de todo lo técnico y científico, ¿qué te dio la meteorología más allá de la profesión? Me explico: el periodismo es un oficio que requiere de una metodología y ética de trabajo, pero por fuera, creo que me ha enseñado a darle lugar a la curiosidad en ámbitos muy lejanos a la profesión.

-El contacto humano. Sin dudas. Para mí eso fue lo más maravilloso de esta profesión. A través de la meteorología escuché y conté historias muy personales. Me permitió conocer gente, compartir experiencias, entender otras formas de vivir y de sentir. Sin embargo, creo que todo esto no está “más allá”, sino que termina siendo parte de uno todos los días. Incluso equivocarse sirve. Todo te pone en movimiento.

-Escuchándote hablar, ya retirada, da la sensación de que un meteorólogo nunca deja de serlo. ¿Es así?

-Eternamente. Sos meteorólogo hasta tu última respiración. Mirás el cielo y automáticamente pensás algo, le decís algo a tu familia, a tus amigos, a quien tengas al lado. Es inevitable. No te podés desconectar nunca. Esta mañana, por ejemplo, leí temprano una noticia sobre algo que había pasado en India y enseguida entré a ver qué había ocurrido. Al parecer, el viento se llevó volando a una persona como si fuera, no sé, una cosa chiquitita. El meteorólogo es un apasionado. No puede ser solamente técnico. Yo creo que es imposible eso. La pasión queda para siempre.

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Joaquín Benitez Demark es periodista. Escribe el newsletter "La sociedad del rebote" miércoles de por medio.

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