“La carrera no es una carrera, es un trote. No gana el que más rápido mete materias, sino el que llega al final”, cuenta Luca, estudiante de ingeniería informática en la Universidad Nacional Arturo Jauretche, una universidad nacida en el 2009, ubicada en Florencio Varela y que cuenta con 30 mil estudiantes regulares.
Hay chori, paty, gaseosa. Los vendedores lo anuncian a los gritos desde todos los ángulos de la Plaza del Congreso, como si fuera un partido de fútbol o una feria. Hay vendedores de remeras, de juguetes, de bijouterie. Los vendedores ambulantes no son un detalle: donde hay multitudes en Argentina, aparece la economía informal intentando hacer una diferencia. Hay cientos de miles de personas, imposible hacer el cálculo y no tiene importancia: hay tantas que en ciertos momentos para moverse de un lado a otro no alcanza con pedir permiso porque no se puede pasar y, entonces, el aire parece más espeso y caluroso a pesar de las bajas temperaturas de estos días.
Sentadas en el piso, un grupo de personas juega al Truco. Otros sostienen banderas sin marchar, charlan, comen. La Marcha Federal Universitaria tiene algo de extensión del pasillo de las facultades: la misma informalidad, el mismo ruido de fondo, la misma sensación de que estar ya es suficiente. Es eso: no sólo protestar, sino estar.

Lourdes tiene 19 años y es ingresante en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, una universidad nacida en 1973 y que tiene 35 mil estudiantes de forma regular. Viaja desde Florencio Varela una hora de colectivo para llegar y según me cuenta a veces utiliza tres colectivos. “Por suerte mis papás me pueden acompañar con eso”, y enseguida aclara: “sé que hay muchos compañeros que tienen que cubrirlo por sus propios medios. Hay un compañero que sacó préstamos por Mercado Libre para el colectivo”. Todavía no puede tramitar la beca de transporte porque como ingresante no figura en el sistema como alumna regular.
Estamos en mayo, el cuatrimestre termina en un mes y medio: la convocatoria para las becas debería haberse abierto en marzo, pero recién se abrió a fines de abril y sólo algunos están cobrando este mes. Otros todavía no. No es burocracia sola: el programa Progresar acumula un recorte real de más del 95% respecto a 2023, y este año su presupuesto cayó un 82% en términos nominales respecto al año anterior según explicó Germán Pinazo, vicerrector de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
Luca estudia la carrera de Circo en la Universidad Nacional Tres de Febrero (Untref), una universidad que cuenta con aproximadamente 20 mil estudiantes regulares y que nació en 1995. Su facultad queda en Caseros y cursa de lunes a sábado, casi siempre a la mañana. A la tarde y a la noche anima fiestas de cumpleaños. Vive en San Martín: un solo colectivo, una hora de viaje. Tiene suerte, dice, porque hay compañeros que vienen desde Morón o desde Palermo. Es que esa carrera se dicta en la Untref y en la Universidad de San Martín. Él recibe el boleto estudiantil de la provincia que son 20 mil pesos por mes. “Me cobran como mil y pico el boleto para ir cada día. Ir y volver son dos mil. O sea, no me alcanza.” Hace una pausa y agrega: “no sé cómo sobrevivo, la verdad.” No es una exageración: en 2023, con la beca Progresar un estudiante podía hacer 377 viajes en colectivo. Hoy, con el mismo monto congelado en $35 mil desde septiembre de 2024, alcanza para 95 según analizó el Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (Ciicti).
El otro Luca, el que estudia ingeniería en informática en la UNAJ ya tiene calculado el gasto de viáticos al peso: 52 mil pesos por mes. El boleto estudiantil le cubre unos 40 mil, cuando se deposita, si es que se deposita. “Este año llegó tarde”, dice, porque Nación no transfirió los fondos a tiempo. En su carrera, la falta de financiamiento tiene una consecuencia concreta y silenciosa: los docentes renuncian porque ganan más como programadores. Las comisiones no se abren. Directamente no existen. Su papá no estudió en la universidad; su mamá estudió en la Universidad Nacional de La Plata pero no pudo terminar su carrera como consecuencia de la crisis del 2001. Luca espera no repetir esa última historia.

Andrés estudia enfermería en Virreyes, primer año de una carrera de tres. Lo hace en El Hospital Interzonal General de Agudos Petrona V. Cordero, una institución de alta complejidad nacida a comienzos del siglo XX, dependiente del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires y ubicada en la ciudad de San Fernando. Utiliza el tren todos los días desde Virreyes que es donde vive.
Para empezar a cursar tuvo que comprar equipos de medición y otros materiales vinculados a su carrera por su cuenta y cuyo costo está alrededor de 300 mil pesos. Está tramitando la beca Progresar, que tarda medio año en efectivizarse y otorga 28 mil pesos mensuales -en realidad 35mil, pero retienen un porcentaje que se devuelve a fin de año si la asistencia es completa-. Mientras espera, carga la SUBE cada tres días: 3 lucas, con tarifa social. Tiene una pensión no contributiva que tardó tres años en aprobarse. Su mamá, jubilada, lo sostiene. En su comisión, nueve compañeras dejaron la carrera porque no podían coordinar los horarios de trabajo con las prácticas en el hospital. “Es imposible laburar”, dice. “Y un libro por materia sale 150 mil pesos.” Desde 2023, el Progresar perdió 500 mil beneficiarios: pasó de 1,5 millones de estudiantes a un millón, según el CEPA. Andrés todavía no es ninguno de ellos.
Las luces de la Avenida de Mayo ya estaban encendidas y la gente empezaba a dispersarse cuando apareció Fernando entre la multitud. Me reconoció antes que yo a él. Se abrió paso y me dio un abrazo. Es un ex alumno de una escuela para adultos en la que trabajé hace muchos años. Inició abogacía en la Universidad de La Matanza (Unlam), hizo el ingreso y le fue bien.
Antes de eso había terminado la escuela mientras trabajaba en una fábrica textil. “Tenía un trabajo, podía terminar el secundario”, me dijo. Lo sé, todos los docentes en ese entonces lo sabíamos bien. Pero la fábrica cerró. Lo echaron. Intentó seguir estudiando en la universidad pero los tiempos no cerraban: trabaja doce horas por día en Rappi, en bicimoto, entre Palermo y Belgrano. Después de su jornada viaja de vuelta a La Matanza, donde vive. En casa lo espera su mamá de 86 años y su hermano con discapacidad. El Gobierno le recortó la mitad de los medicamentos a los dos. Fernando gana aproximadamente un millón y medio de pesos al mes. Con eso y la jubilación de su madre, viven.

“A mí ganas no me faltan de estudiar. Quiero volver. Pero este sistema no me deja”, me dijo. Y después, dijo casi para sí mismo: “No te podés imaginar otra Argentina sin educación pública, gratuita y laica. Esa Argentina existe en el mundo y existe acá también. Y hoy la están atacando.”
Luca, estudiante de informática, dijo que la carrera no es una carrera sino que es un trote que hay que mantener constante pese a las adversidades. No gana el que va más rápido y aprueba más rápido las materias sino el que llega al final. Lourdes tiene a sus papás. Andrés tiene a su mamá jubilada. Luca, estudiante de circo, tiene el boleto estudiantil, aunque no le alcance. Fernando no tiene nada de eso: trabaja doce horas por día en bicimoto y cuando llega a casa lo espera su mamá de 86 años y su hermano. Quiere ir a la universidad, quiere llegar, pero todavía no puede.
En los días siguientes los noticieros hablarán de la cantidad de gente que hubo. Algunos minimizarán el número, otros dirán que la marcha fue política intentando restarle importancia. Los zócalos dirán que el tránsito fue imposible. Fernando estaba ahí igual, a pesar de no poder seguir estudiando en la universidad, bajo las luces de la Avenida de Mayo, entre el humo de las parrillas que se apagaban y las banderas. Como si estar ya fuera suficiente.
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Historiador, docente universitario y periodista. Trabajé en radio y en la producción de podcast para distintos medios de comunicación. Publico crónicas, perfiles y notas para distintos medios. Nací en México y vivo en Buenos Aires (Argentina) desde hace varios años.


