Los síntomas del Parkinson aparecen de manera silenciosa. Puede comenzar con un temblor casi imperceptible en una mano, un pie o incluso la mandíbula Lo cierto es que con el pasar del tiempo, avanza y empeora.
Muchas otras veces, la enfermedad se manifiesta en forma de rigidez. El movimiento del cuerpo disminuye, los problemas de equilibrio empiezan a acompañar a la persona que la padece. Lo que antes era cotidiano, hoy se vuelve un esfuerzo que desde afuera no podemos llegar a dimensionar.
En algunos casos, el rostro pierde expresión. Las emociones dejan de reflejarse con la misma claridad. Ser quien uno fue empieza a requerir un esfuerzo consciente, casi como si el cuerpo olvidara lo que alguna vez hizo de forma natural.
Pero incluso en ese escenario, donde el movimiento se vuelve limitado y la expresión parece apagarse, surgen nuevas formas de habitar el cuerpo, de reconectar con él y de recuperar algo de lo perdido.
Tango Salud es una iniciativa creada por Verónica Alegre, Laura Segade y Manuco Firmani, bailarines y danzaterapeutas. Con más de quince años de trayectoria, impulsan un método propio donde el cuerpo se reconstruye desde el movimiento y la experiencia de bailar.

María Teresa tiene 68 años y recibió su diagnóstico hace cinco. Durante mucho tiempo creyó que la rigidez en sus piernas era consecuencia de la pandemia y del tiempo que había pasado encerrada en su casa, hasta que descubrió que en realidad se trataba de Parkinson. “Te tira para abajo. Y el tango lo que te hace es bailar erguido, tenés que estar en tu eje, tenés que estar derecho, ser tu propio eje”. Hoy se mantiene activa y cuenta con orgullo que hay momentos en el día en los que pareciera no tener ni un solo síntoma y reconoce que el taller y el grupo que formaron, son una parte fundamental de su proceso.
Marta está casada, tiene dos hijos y cuatro nietos y también recibió su diagnóstico hace cinco años. Lo primero que sintió fue miedo a la discapacidad. Cuando descubrió el taller, creyó que bailar tango no era para ella, pero se animó a probar la experiencia. “La imagen que suscita Parkinson es una persona encorvada arrastrando pasitos cortos. El tango es lo contrario: postura erecta, pasos bien largos para adelante, atrás, costado… El gran secreto en el tango es el abrazo. Escuchar a la pareja, acompañar, dejarte llevar. Es pasar a otro nivel, trasciende la mera rehabilitación física”. Con el tiempo, el taller se convirtió para ella en mucho más que una actividad física: un espacio de encuentro, confianza y conexión con su propio cuerpo.
Cuando pasó el tiempo, lo que nació en hospitales encontró otro ritmo en la milonga: un espacio abierto para quienes habían quedado afuera. Desde ahí, la experiencia empezó a viajar, formando a docentes de distintas partes del mundo en una forma de enseñar tango atravesada por lo terapéutico.
Entonces, los pacientes se convirtieron en alumnos. Y la enfermedad empezó a moverse con ellos.
-¿Qué tiene el tango que no tienen otras disciplinas cuando se lo aplica a la salud?
-MF: La particularidad que tiene el tango es que es una danza que se baila abrazado. Es una toma con la pareja, en la que los brazos contiene a la persona, brindan mejor estabilidad y proporcionan seguridad. Luego, el tango tiene las direcciones muy, muy claras, que son adelante, costado, atrás. Nosotros trabajamos a partir de estas direcciones para que la gente pueda, a partir de la clase de tango, usarlas en su vida cotidiana. El ritmo ayuda muchísimo, porque las personas también usan el ritmo como un soporte, tienen el piso, tienen el compañero y tienen el ritmo musical. Y, a partir de ahí, generamos los movimientos.
También está todo lo que es la parte social del tango, que es tan importante como la cuestión física, impacta directamente sobre lo emocional. Las personas encuentran un espacio de pertenencia, donde se vinculan, pueden intercambiar, pueden compartir, se ponen lindos para bailar, para ser deseados, para ser elegidos, y todo eso hace que el tango sea mucho más rico.
-¿Qué significa cuando hablan de “construir un cuerpo tanguero”?
-MF: Nos referimos al armado de este cuerpo para que pueda sumergirse en la pista de baile. Son varios los puntos en los que hacemos foco. Empezando por los pies, tenemos que tener una buena base de sustentación que contenga este cuerpo, con una escucha abierta, no solo desde lo musical, sino también una escucha corporal para con el compañero y el resto del grupo, porque no hay que olvidarse que el tango es un baile social, que se convive en la pista. También requiere de una postura, del equilibrio, y de la coordinación.
-¿Qué cambios ven en las personas que participan de las clases?
-VA: Identificamos mejoras en el equilibrio. Se dan cuenta que lo pueden trabajar, que no es algo que está perdido, sino que con el trabajo, con la educación corporal, con la conciencia corporal, se puede trabajar y tener muy buenos resultados. Y a nivel emocional, se dan cuenta que no están solos atravesando su Parkinson. Al encontrarse con otras personas que también están transitando la enfermedad, salen de la situación de aislamiento que crean al recibir el diagnóstico. Se dan cuenta que no están solos. Y, ante todo, que sí pueden.
-¿Hay algún momento o experiencia en clase que sientan que resume el impacto del proyecto?
-VA: Había una mujer con su marido, y no lo soltaba por miedo a caerse, no podía caminar sola. Y en las clases bailaba muy bien, seguía todas las consignas, y de a poco, estaba pudiendo salir a caminar sola, sin tener al marido de bastón. También hemos tenido un hombre que había salido de una operación. Lo trajo la ambulancia al taller, bajó de la ambulancia con un bastón, bailó un par de tangos y se fue con el bastón bailando en el aire. No lo apoyaba en el piso. Cuando observás los procesos de cada uno de los participantes que vienen, te das cuenta que vale la pena seguir dando las clases, porque los avances son muy, muy notables.

-En un contexto donde el cuerpo a veces falla, ¿qué aporta el encuentro con otro cuerpo?
-LS: Cuando una persona con Parkinson siente que su cuerpo falla, normalmente lo que aparece es una retracción, un aislamiento. Y cuando entramos a la pista, nos abrazamos con un otro y empezamos a conectar con este cuerpo propio, muchas veces desde el cuerpo del otro, donde aparece una cuestión más reflexiva y especular donde el otro me empieza a devolver o a cocrear una nueva imagen y una nueva percepción de mi propio cuerpo, empieza a existir la movilidad. Y en realidad ahí aparece el bailarín que se conecta con el otro y empieza la construcción de un proceso dialógico donde el diálogo físico, corporal, es superador del verbal. Los aportes son múltiples, y tienen diferentes y profundas capas donde aparece el ritmo, donde aparece el sostén, donde aparece el afecto y donde aparece el intercambio de uno y de otro. Y desde ese intercambio, desde esa cuestión empática de lo físico, empieza esta nueva construcción. Y el cuerpo empieza a mutar y a transformarse. Hay una transformación muy visible en cada una de las personas, en cómo llegan y en cómo se van.
-¿Qué vuelve a aparecer cuando alguien vuelve a disfrutar del cuerpo?
-LS: Además del placer, de la alegría, de la sensación de felicidad, de la conciencia, creo que lo que aparece es la libertad de ser uno. El diagnóstico muchas veces brinda ese mazazo que uno siente que destruye la identidad. Volver a disfrutar del cuerpo básicamente es volver a estar en paz con uno. Es encontrar la armonía con sus bemoles, con sus claroscuros, pero entender que uno puede volver a confiar en sí mismo, que hay una vida para ser vivida, que no se terminó todo, que hay mucho por hacer, que se puede seguir aprendiendo, se puede seguir conociendo gente, que se puede seguir viajando, que se puede ser feliz. Y creo que eso lo brinda el cuerpo. Estar en conexión con el cuerpo, en sintonía, en armonía con el cuerpo, es estar en armonía con la vida.
Micaela Rafaniello es periodista y profesional en comunicación institucional. Escribe el newsletter "La batalla cultural" de manera mensual.


