Desde la Edad Media, especialmente entre los siglos X y XV, los artesanos utilizaron láminas metálicas de oro y plata para la elaboración de hilos decorativos destinados a prendas de nobles y líderes religiosos, lo que evidencia una temprana integración de materiales funcionales en textiles.
Posteriormente, hacia finales del siglo XIX, con la popularización de la electricidad, surgieron prendas decorativas iluminadas mediante pequeñas bombillas eléctricas, utilizadas principalmente en exhibiciones y espectáculos, marcando los primeros intentos de integrar energía eléctrica en la indumentaria. Ya en el siglo XX, el desarrollo de materiales inteligentes dio un salto significativo cuando, en 1989, se introdujeron en Japón fibras textiles con memoria de forma, consideradas uno de los primeros ejemplos modernos de textiles inteligentes.
Pero fue a comienzos del siglo XXI cuando la miniaturización electrónica permitió la incorporación de componentes electrónicos y semiconductores en estructuras textiles, dando origen a los textiles electrónicos contemporáneos.
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Los cyber textiles pueden definirse como tejidos que combinan electrónica, informática y conectividad integradas directamente en prendas o estructuras textiles. Estos materiales se utilizan en diversos ámbitos, como la moda, la sanidad, el deporte, el equipamiento militar y la tecnología wearable. De este modo, pueden emplearse tanto en materiales hospitalarios como en aplicaciones aeronáuticas, indumentaria deportiva o trajes militares.
Para Marisa Lía Camargo, diseñadora textil (FADU-UBA) y magíster en Diseño Comunicacional (FADU-UBA), estos desarrollos funcionan como interfaces capaces de generar interacción entre el usuario y su entorno. “Hoy hay una diversidad grande en los textiles tecnológicos”, enfatiza. “En un primer momento eran solo aplicaciones y, si bien hay casos en los que los siguen siendo, el cyber textil en sí mismo se genera cuando la tecnología es parte de la creación misma del textil”, asegura.
A diferencia de la ropa tradicional, los cyber textiles pueden incluir componentes como hilos conductores que transportan electricidad, sensores capaces de detectar movimiento, temperatura o ritmo cardíaco, microcontroladores, actuadores que producen luz, sonido o movimiento y módulos inalámbricos (Bluetooth, Wi-Fi, entre otros). “El textil se vuelve una interfaz: hay una reacción del cuerpo, el textil lo recibe y comunica qué le está pasando a esa persona”, agrega Camargo.
Un ejemplo de esto es el proyecto Levi’s Commuter Trucker Jacket with Jacquard, desarrollado por Google, que permite controlar funciones del celular tocando la tela. Project Jacquard es una plataforma tecnológica que permite integrar hilos conductores directamente en telas, creando superficies textiles capaces de detectar el tacto humano.
Un tramado que construye identidades y culturas
Sol Verniers es Art-Tech, Hacktivista argentino-belga, Magister en Tecnología y Estética de las Artes Electrónicas Untref y Licenciada en Artes Combinadas (UBA). Ella sostiene que los cyber textiles están profundamente marcados por el género, la clase social y los accesos a la tecnología y las técnicas textiles, que remiten a una variedad de culturas, incluida la de los pueblos originarios., lo que los convierte en un territorio de reflexión sobre identidades y desigualdades. Desde su perspectiva como activista de software y hardware libre, vincula estas prácticas con una historia personal y familiar relacionada con el textil: una abuela costurera, tías tejedoras y madre bordadora, lo que influyó en su interés por intervenir la indumentaria.
Ella misma relata que su acercamiento surge del deseo de trabajar sobre su propia ropa como soporte creativo, buscando articular tecnología y textil para construir nuevas formas de identidad: “Me interesa construir identidades… y atravesarlo con la ropa en cuanto textil y tejidos”.
Además, Verniers establece una conexión conceptual entre las redes textiles y las redes tecnológicas, señalando que ambas comparten lógicas estructurales con hitos históricos como los primeros telares, las tarjetas perforadas y el desarrollo de las primeras computadoras. De este modo, propone pensar la tecnología no como algo separado del textil, sino como parte de una misma genealogía de “tejido” material y digital.
Verniers señala su interés en cómo estos textiles se utilizan y se visualizan, pero también en la articulación entre la técnica textil y la electrónica, incorporando elementos como baterías, luces LED y otros componentes funcionales. Esta combinación no es solo técnica, sino también conceptual, ya que define la forma en que el textil interactúa con el cuerpo y el entorno. A partir de esta mirada, identifica tres grandes líneas de producción en los cyber textiles: la de desecho, que tiene que ver con todos los desechos de la industria tecnológica, -circuitos, placas, restos de cables; la de consumo que trabaja más con vinilos holográficos iluminados y la de resistencia latinoamericana, que está ligada a los desechos de colores, a la impresión 3D, a la mezcla de técnicas textiles y la mezcla de representaciones. Según Verniers, estas tres líneas dialogan directamente con la manera en que habitamos y experimentamos internet, mostrando cómo lo digital se materializa en objetos, cuerpos y prácticas textiles.
“Para hacer un electrotextil hay toda una línea de elementos de indumentaria atravesados con la tecnología, los Smart Clothes, las ropas inteligentes que te miden el pulso y los wearables, que llevan como construir tecnologia sin tener acceso ni recursos similares a los del norte global, construyendo además con la expresión del territorio”, enfatiza.
También agrega que las condiciones económicas y materiales en Argentina siguen siendo un factor determinante para el desarrollo de estas prácticas. Sin embargo, lejos de verse únicamente como una limitación, sostiene que estas restricciones pueden convertirse en una oportunidad para construir una impronta propia latinoamericana dentro del campo del diseño tecnológico. En conjunto, la idea central es que la falta de recursos de alta tecnología no necesariamente frena la innovación, sino que puede impulsar enfoques más creativos, híbridos y situados culturalmente en el desarrollo de cyber textiles.
“Un parte de mi investigación y mi tesis tiene que ver con esto, con estrategias y lógicas latinoamericanas de reciclado: el uso de cables, el cable como un elemento de costura y la intervención textil en vez de usar telas conductoras, por ejemplo”
En ese sentido trae a la conversación el concepto de “low tech” utilizado por el curador e investigador Rodrigo Alonso para hacer referencia a prácticas artísticas que utilizan tecnologías simples, accesibles o incluso obsoletas, en contraste con el uso de dispositivos digitales complejos o de alta innovación (high tech). Alonso plantea que el low tech no implica ausencia de tecnología, sino una elección consciente de herramientas más básicas (como video analógico, circuitos simples, mecanismos manuales o recursos cotidianos) para producir obras que cuestionen la dependencia de la alta tecnología en el arte contemporáneo, recuperen la dimensión material y artesanal de los procesos, hagan visible el funcionamiento de la tecnología, en lugar de ocultarlo, generen una relación más directa y menos “automatizada” con el espectador.
Textil y tecnología: un organismo cibernético.
La teoría del cyborg de Donna Haraway se desarrolla principalmente en su ensayo “Manifiesto Cyborg” (1985), y es una de las ideas más influyentes del pensamiento feminista contemporáneo, la teoría de la tecnología y los estudios de ciencia. Haraway propone el cyborg como una figura que mezcla lo humano y la máquina, la naturaleza y la cultura, lo biológico y lo tecnológico. Pero no lo entiende solo como algo futurista o literal, sino como una metáfora crítica de cómo vivimos en sociedades tecnológicas.
El cyborg le sirve para cuestionar la idea de identidades “puras” (por ejemplo: lo humano separado de la tecnología), las divisiones rígidas como hombre/mujer, natural/artificial, las formas tradicionales de poder basadas en esas separaciones. El cyborg de Haraway no es solo un robot o un ser futuro: es una forma de entender que ya vivimos mezclados con la tecnología, y que esa mezcla puede usarse para cuestionar jerarquías sociales, de género y de poder. En ese sentido los cyber textiles intervienen el cuerpo convirtiéndolo en una especie de organismo cibernético.
“Los tres textiles que hice los suelo mostrar en maniquíes, que son diferentes tipos de cuerpos y de géneros, incluso un poco tirando a lo andrógino. Lo que ocurre es que cuando te lo pones, lo sé porque los he utilizado para algunas performance, el cuerpo cambia completamente”, explica Sol.

Respecto a la perspectiva de género, Vernies explica que la mayoría de las creadoras de Cyber textiles son mujeres o diversidades, por la cercanía con el textil en sí mismo. “Es la historias de nuestras madres, de nuestras abuelas, de nuestras tías, de nuestras amigas y del momento de creación, porque también involucra una creación, el textil tiene todo un proceso”, enfatiza y lo distingue de la tecnología que tiene una lógica muy “aceleracionista”. “Creo que ahí hay un diálogo muy interesante entre tomarse lento los procesos, construir los textiles y llevarlos adelante. Lo estoy notando en todo Latinoamérica”.
Por su parte Perez Portillo considera que en su joyería no hay hombres y mujeres, sino seres humanos capaces de darle un estilo propio. “Cuando te ponés una capa hecha con textiles y tecnología aparece una sensación medio cyberpunk, asociada a la rebeldía y a la mezcla de elementos que parecen distintos, pero que en realidad están conectados porque forman parte de un mismo mundo”, declara. “Es algo creado por las personas con un objetivo específico, pero que también se puede resignificar y pensarse para otros usos”.
“La idea es no seguir lo estipulado por la sociedad. Es como una receta de cocina: ¿qué pasa si la hacemos distinta? ¿Qué pasa si armamos un espacio que nos lleve a un lugar imaginario, capaz de despertar curiosidad y, al mismo tiempo, proyectar a la gente hacia el futuro?”, se pregunta. Se trata de permitirse esa mirada, una mirada quizá más sensible. “El encuentro con los materiales es central en el trabajo con tecnotextiles: somos buscadores”, enfatiza Florencia. “A veces caminamos por la calle y encontramos algo que nos interpela. Sentir ese vínculo con el material es fundamental, porque sentir es una parte clave de este trabajo”.
Del desecho al diseño: la revolución sustentable de los cyber textiles
Florencia Perez Portillo es artista textil, diseñadora y creadora de Tecsoro, un proyecto que explora la transformación de residuos tecnológicos en piezas contemporáneas de joyería y accesorios. Además, forma parte del RLAB, un espacio cooperativo y autogestivo de hacktivismo, artivismo y militancia tecnológica. Allí integra el tentáculo Tecnotextil, impulsando la experimentación colectiva y la circulación de saberes.
Tescsoro nació por curiosidad de ver en cada parte de las computadoras algo nuevo, imaginando diseños de collares y pulseras. De esa inquietud surgen objetos que mezclan lo blando del textil con lo duro de la tecnología. Su práctica parte de la belleza de lo roto, resignificando materiales descartados y proponiendo nuevas formas de percibir la tecnología. “Es un viaje -confiesa-: estar conectada con los hilos, con lo blando, y de repente encontrarse con los cables y las placas, un universo súper duro que, a la vez, también se conecta”.
En 2025, Florencia fue invitada a un desfile de moda sustentable en templopiesdescalzos. Allí presentó un pectoral tecnológico, una pieza que dialoga con los antiguos ornamentos del Egipto faraónico, como si el tiempo pudiera doblarse y reconocerse en los reflejos del metal.
Para construirlo, ensambló un sistema solar hecho de scrap: restos de placas electrónicas que alguna vez habitaron computadoras y dispositivos hoy en desuso. Fragmentos de un mundo obsoleto que, en sus manos, volvieron a encenderse como constelaciones. Lo llama, en sus propias palabras, una armadura contemporánea: un objeto de poder que convierte la basura tecnológica en un tesoro simbólico. Allí donde antes hubo descarte, aparece otra lectura posible: lo roto ya no es ausencia, sino materia viva; belleza que resiste, fuerza que insiste, memoria que no se apaga.“Quién usa la pieza le da su esencia, la termina. Cuando uno construye algo, porque nosotros construimos, experimenta de todo, pero después nos gusta que lo lleve otra persona o que lo desfilen y en ese momento es cuando surge la magia”, finaliza reflexiva Florencia. “¿Por qué lo que está roto y descartado, lo que encontramos en la calle, esa placa que está destruida, totalmente rota, no puede ser bella?”, se pregunta.
Según Marisa Lía Camargo, no todos los textiles tecnológicos se comportan igual frente al reciclaje o la degradación. Mientras algunos materiales —como ciertos textiles de carbono o polímeros— pueden degradarse, otros que incorporan componentes electrónicos (LEDs, conductores, sensores, etc.) requieren un análisis específico de sus residuos, ya que su composición es más compleja y potencialmente contaminante. Desde esta perspectiva, Camargo sostiene que es necesario abordar los cyber textiles desde una mirada interdisciplinaria que incluya la cultura, el arte, la tecnología y las externalidades ambientales y sociales. El objetivo no es sólo innovar en lo técnico, sino también comprender qué efectos tienen estas tecnologías en las personas y en su entorno, incluyendo su posible alcance social.
Finalmente, subraya una dimensión ética central: la necesidad de responsabilidad y conciencia en la producción tecnológica, entendiendo que crear implica también preguntarse por las consecuencias. En sus palabras, se trata de “hacer, pero teniendo en cuenta qué pasa con eso, si beneficia o perjudica al otro”.
En ese sentido la creatividad aparece como una sorpresa gracias a la cual cada uno va aprendiendo a hacer algo: soldar, desoldar, sacar piezas, desarmar, volver a armar y también equivocarse, porque eso forma parte del proceso. Este aprendizaje grupal conjuga distintos saberes, y genera que cada persona que crea un tecnotextil tenga conocimientos diferentes.
“Es preguntarnos: ¿qué hacemos con los materiales que tenemos? No se trata de ir en busca de comprar algo nuevo, sino de pensar qué hacemos con lo que ya tenemos”, reflexiona en ese sentido Tecsoro. “Quién usa la pieza le da su esencia, la termina. Cuando uno construye algo, porque nosotros construimos, experimenta de todo, pero después nos gusta que lo lleve otra persona o que lo desfilen y en ese momento es cuando surge la magia. ¿Por qué lo que está roto y descartado, lo que encontramos en la calle, esa placa que está destruida, totalmente rota, no puede ser bella?”, se pregunta.
Cuando un cuerpo se viste con tecnología, no solo se cubre: se transforma. El peso de los cables recuerda lo que la industria deja atrás, pero también invita a imaginar otros futuros posibles. Entre placas descartadas y textiles intervenidos, el cuerpo se vuelve territorio de resistencia, memoria y creación. Y en ese gesto -el de volver a tejer con lo que parecía inútil- aparece una pregunta que sigue latiendo: ¿qué otras formas de habitar la tecnología todavía estamos por inventar?

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Licenciada en Historia del Arte y Curaduría (UMSA), periodista feminista, editora de géneros del diario El Grito del Sur. A veces sueña con ser poeta. En redes está como @orquidiario


