InicioNewslettersLa niña de todos los nombres, la mujer que sobrevivió al Holocausto

La niña de todos los nombres, la mujer que sobrevivió al Holocausto

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Mónica Dawidowicz nació en el gueto de Lida, Polonia, en el invierno de 1941. La fecha no se sabe con precisión porque su madre la dio a luz en la penumbra del sótano de una casa en la que vivían hacinadas junto a la suya y otras familias judías. Resulta evidente que, en esas condiciones, no hubo ningún registro formal del nacimiento de la bebé.

Técnicamente, la que nació en Lida no fue Mónica, sino Rojele Mowszowicz. Ese fue el nombre que le pusieron su padre Shaike y su madre Nejama. Ellos sabían que tenían sus días contados en el gueto, así que, tres meses más tarde, decidieron dar a Rojele a una mujer polaca para que la protegiera. Frente a las borracheras y a la desconfianza que le generaba su propio marido, al poco tiempo la mujer decidió que los mejores cuidadores para la bebé serían Antony y Stanislawa Shipula. Los Shipula eran una pareja humilde y a cambio de cuidarla, Shaike les otorgaba una módica suma de dinero. Para preservar la identidad de su nueva y única hija, los polacos inscribieron a la niña como Irina Shipula. Hasta los 5 años vivió con ellos. Mientras tanto, su madre, su padre, su abuela Rajel y su hermana menor Neja fueron exterminados por los nazis junto a la mayoría de los habitantes del gueto en el campo de concentración de Majdanek. La única sobreviviente de la familia, además de Rojele, fue su hermana mayor, Ester, que también fue protegida por una familia polaca.

En Polonia con la familia Shipula. Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.
En Polonia con la familia Shipula. Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.

Ester, junto a sus tíos Iojeved y Menajem, y su primo David, pudieron reunirse en lo que más tarde sería Israel después de cruzar varias fronteras de manera ilegal. Debido a que era muy pequeña cuando acabó la guerra, en esa travesía solo faltó que se les uniera Rojele. Era muy riesgoso. Sus tíos tomaron la decisión de que la niña debía cruzar el Atlántico para vivir con sus parientes en Estados Unidos, Argentina o Uruguay. Hasta que eso sucedió, tuvo que ir un tiempo a Suecia para terminar de reconstruir su identidad. La burocracia migratoria de aquellos años componía un entramado complejo del cual no todos los países querían hacerse cargo. La niña pasó ese tiempo en un orfanato en Fiskeby, una pequeña ciudad al sur de Estocolmo. A los suecos les resultaba imposible pronunciar “Rojele”, así que decidieron empezar a llamarla de una forma que les resultara más fácil de pronunciar: Mónica, un nombre común en la Suecia de la posguerra. Una vez que obtuvo su nueva identificación, Mónica siguió su viaje en búsqueda de su familia. Era hora de ir del norte al sur del mundo. Su primer paradero sudamericano fue la casa de su tío José y su familia, en Montevideo. Fue una estadía corta, pero era una escala necesaria para llegar a Argentina.

La niña que venía de la guerra ingresó ilegalmente desde Uruguay debido a que todavía regía en el país la Circular 11, que prohibía la entrada a los judíos provenientes de Europa. Finalmente, logró encontrarse con su tío Jaime y su tía Raquel en Buenos Aires. Ellos fueron quienes cuidaron de Rojele por el resto de sus vidas. Para no romper la tradición judía ashkenazi que indica que no puede haber un niño con el mismo nombre que un familiar vivo, sus nuevos padres la siguieron llamando Mónica (Raquel es la traducción de Rojele). El apellido con el que hoy se presenta, Dawidowicz, es gracias a su esposo, Jorge, con el que tuvo a sus tres hijos.

Esta es solo una de las líneas sinuosas que forjaron la historia de Mónica Dawidowicz, y es narrada por ella misma en Todos mis nombres, una autobiografía que tiene a la identidad y a la lucha colectiva por la supervivencia como elementos centrales. A la par, Mónica relata una pila de imágenes que dejan todavía más en evidencia el deterioro de la condición humana durante la Segunda Guerra Mundial. La vida de Mónica es imposible de resumir en una introducción, de modo que recomiendo fervientemente la lectura del libro. Con 84 años, contar la propia historia sigue siendo para ella una forma de reivindicar su lucha por la subsistencia y de inspirar a otros a crear un mundo en el que haya “menos maldad”.

A diez años del lanzamiento de su biografía, ella es nuestra entrevistada de hoy:

–En mayo se cumplen diez años del lanzamiento del libro. ¿Creés que algo cambió respecto a la memoria del Holocausto en esta última década?

–Qué pregunta… Sí, cambiaron cosas. Hace algo más que diez años, varias décadas atrás, prácticamente no se hablaba del Holocausto; los sobrevivientes casi no hablábamos del Holocausto. Cuando decidí escribir el libro, una de las reflexiones que se me vino a la cabeza fue que no era que no habláramos, sino que no se nos preguntaba. La sensación que tenía era que a nadie le interesaba. Argentina tiene una importante historia antisemita. Existieron grupos como el Movimiento Nacionalista Tacuara y la Alianza Libertadora Nacionalista, organizaciones abiertamente pronazis y combativas. Estos grupos actuaron hasta casi los ‘70. Hacían pintadas en escuelas y en sinagogas y también llevaron a cabo actos de violencia física contra judíos. Para contrarrestar esta tendencia, hacia fines de la dictadura, encabezados por el profesor Abraham Huberman y la ingeniera Noemí Richter, creamos junto a otros integrantes de la comunidad el Instituto para Estudios del Holocausto, un espacio para estudiar, pero también para divulgar lo sucedido durante la Shoá a través de cursos, actividades y ciclos de cine. Fuimos precursores en Argentina acerca de tomar testimonios a sobrevivientes. Creo que la memoria del Holocausto creció progresivamente, en Argentina y en todo el mundo, hasta el día de hoy. Eso no quita que sigan apareciendo pronazis, pero es importante remarcar que hay muchos jóvenes involucrados en la no discriminación, en decirle no al antisemitismo y a la xenofobia. Al mismo tiempo, esos jóvenes no solo están comprometidos con lo relacionado al Holocausto, sino que también a los Derechos Humanos en general.

Sus padres de crianza (tíos), Jaime y Raquel de Argentina. Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.
Sus padres de crianza (tíos), Jaime y Raquel de Argentina. Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.

–Durante mucho tiempo no te consideraste una sobreviviente…

–Definitivamente. Me decía a mí misma que no era una sobreviviente porque no me acuerdo de nada. Siempre fui una nena cuidada, protegida y mimada. Sobrevivientes eran los que habían salido vivos de los campos de concentración, los que tenían memorias de los horrores más espantosos que un ser humano podía vivir. Yo no había pasado por nada de todo eso. Cuando tomábamos testimonios a los sobrevivientes con el profesor Huberman, yo iba como asistente. Esto mismo que te estoy contando es lo que le respondí a él cuando me preguntó si alguna vez me iba a poder tomar testimonio a mí. Él me replicó: “¿Qué más te tenía que haber pasado para que te consideres una sobreviviente?”. Y bueno… después de eso, tuve que agarrar el guante.

–¿Qué significó para vos empezar a considerarte una sobreviviente?

–Hoy es fundamental. Para mí, pero también por lo que puede generar en otros. Hace poco estuve de viaje con mi familia. Cuando volví a Buenos Aires y llegué a mi casa, me encontré un mail en la bandeja de “no deseados”. Era de una joven, una chica. Había escuchado un testimonio que di el año pasado y escribió un poema en base a mi historia. Cosas como estas significan que valió la pena. No solo porque el poema era hermoso, sino que el hecho de escuchar un testimonio en persona y escribir lo que escribió en base a eso representa una postura, una decisión de vida. Sé que mi trabajo de dar testimonios, el trabajo de los sobrevivientes, cumple su cometido cuando pasa algo así.

–Hablando de poesía, uno de los objetos que preservaste de tu estadía en Suecia es un libro, el cuento de Pulgarcita de Hans Christian Andersen. Representó algo más que un cuento de hadas en tu infancia…

–Como el cuento estaba en sueco yo no entendía ni una palabra. Pero tenía unas ilustraciones bellísimas. Me pasaba horas observando esas páginas. Pulgarcita es la historia de una niña diminuta que debe sobrevivir en un mundo hostil de personas que no son de su tamaño. Después de superar varias adversidades, Pulgarcita se enamora de un príncipe diminuto, como ella, y encuentra la felicidad. Ese libro fue uno de los cuatro objetos con los que llegué a Sudamérica. Los otros fueron una valijita roja, una muñeca y un caballo de madera. Recordando esas pertenencias siendo mayor, entendí que Pulgarcita había provocado algo especial en mí: algo que hiciera que una niña tan pequeña protegiera y quisiera tanto a un libro.

–¿Hubo alguna otra obra que haya tenido un impacto particular en vos en relación a tu historia?

–A los doce o trece años leí el diario de Ana Frank. Para ese momento no tenía armada mi historia, pero sí esbozada. Sabía que algo no andaba bien. Cuando leía el diario trataba de ver qué había de ese libro en mí o, al mismo tiempo, qué de mí encontraba en el libro. Esa búsqueda duró un buen tiempo. Al final, me despegué y tuve que hacer el mío, ja.

Reencuentro de Mónica con su hermana Ester. Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.
Reencuentro de Mónica con su hermana Ester. Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.

–En tu libro, cuando hablás sobre el recorrido que tuviste que hacer para llegar de Polonia a Argentina, hacés una comparación entre ambos países: “De la tierra del olvido al territorio de la memoria”. Cuando elegiste definir a Argentina en esos términos, ¿fue en relación a tu propia memoria o a la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia?

–Hoy, sí. Ese país de la memoria se refiere también a la lucha por los DDHH vinculados a los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado durante la dictadura, pero en aquel entonces se remitía particularmente a que Argentina fue el lugar en donde yo recuperé mi propia memoria. En contraste, Polonia fue para mí la “tierra del olvido” porque fue donde pasé mi primera infancia, de la cual no recuerdo nada. Es el olvido total. Esa memoria recuperada se la debo a las historias que me contaron mi hermana y mis tíos, los pocos sobrevivientes de esa época.

–En base a ese nuevo significado que adquirió la memoria en tu vida, ¿qué hay de ese país de la memoria a 50 años del golpe militar del 24 de marzo de 1976?

–En el caso de nuestra familia, teníamos plena consciencia de lo que ocurría en el país en aquellos años. Digo esto porque mucha gente dice haberse enterado de los crímenes de la dictadura una vez que terminó, pero los hechos estaban ahí y no hacía falta escarbar demasiado para, al menos, suponer lo que estaba sucediendo. Nosotros hemos vivido de cerca situaciones muy difíciles, de gente conocida. Hoy, a pesar de todo, la memoria sigue siendo masiva y es una causa que une a personas representadas por distintas ideologías y partidos políticos.

–Te fuiste enterando de tu historia a partir de lo que los adultos hablaban de vos cuando eras una niña. ¿Cómo le transmitiste tu historia a tus hijos y nietos?

–Los niños escuchan todo, ¿no es así? Mi familia solía hablar en idish sobre mí, pensando que así no los entendía. Ni bien llegué a la Argentina, en 1947, algún familiar se sorprendió al verme, refiriéndose a mí como la “niña que vino de la guerra”. Partiendo del hecho de que por mucho tiempo a mí me fue negada mi historia y que tuve que remar mucho para reconstruirla, siempre tuve en claro que a mis hijos y a mis nietos iba a irles con la verdad. Cuando mis hijos preguntaron por sus abuelos fue cuando empecé a contarles la historia. De todos modos, cuando ellos ya eran adolescentes me echaron en cara con ternura que lo que yo les contaba de niños era un “cuentito”. Evidentemente, tendía a edulcorar los hechos para que no sean tan dolorosos para ellos. Lo hice como pude, pero con la verdad. Con los nietos ya fue más fácil. Ya sabían algo por lo que les habían contado sus padres y en base a eso venían a hacerme preguntas con más libertad. Mis hijos eran más pudorosos, les daba temor hablar del tema por miedo a que yo sufriera; los nietos fueron al hueso.

–Una de las cosas que llama la atención en el libro es la recapitulación de cómo tu historia se refleja en hechos que parecen pequeños en comparación con otros sucesos tan impactantes. Uno de ellos, la imposibilidad de seguir a rajatabla dietas alimenticias…

–-Nunca. Nunca pude dejar los embutidos y los pepinillos en vinagre. Cuando visité Lida, mi ciudad natal, pasé la noche en la casa de unos familiares de los Shipula, la pareja a la que me entregaron en Polonia para que me protegieran. En esa visita descubrí que en todos los hogares de Lida, las familias hacen sus propios embutidos y encurtidos caseros. Yo supongo que siempre me vi tentada porque fueron los sabores de mi primera infancia, incluso aunque no la recuerde. Es la única razón que se me ocurre. A mi hermana Ester le sucedió algo similar. En general, ella es muy delicada, pero aquella noche en Lida la vi comer con desesperación. No lo podía creer. Es impresionante lo que pasa con los sabores.

Mónica (derecha) junto a su hermana Ester (izquierda). Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.
Mónica (derecha) junto a su hermana Ester (izquierda). Foto/Archivo personal de Mónica Dawidowicz.

–En una entrevista que diste el año pasado para el canal Personas Desaparecida BA, dijiste que uno de los motivos por los que seguís dando tantos testimonios es para que las nuevas generaciones creen un mundo mejor porque la tuya no lo logró. ¿Por qué no lo logró?

–Nosotros pensábamos que el mundo nuevo, el mundo mejor, estaba a la vuelta de la esquina. Pensábamos que estábamos logrando que ese mundo existiera y que la paz en el mundo iba a ser una realidad. Evidentemente, no lo hemos logrado. Sigue viva la discriminación de todo tipo y hay maldad. Hay mucha maldad. Realmente espero que los jóvenes creen ese mundo mejor, un mundo en el que se pueda vivir mejor y que lo cuiden para las generaciones que les sigan. Insisto siempre en que tienen las capacidades para hacerlo. Les deseo lo mejor. Nosotros no lo hemos logrado. La maldad es un concepto que suena tan de niño, pero es eso lo que hace falta: menos maldad.

–En 2022, diste una charla a personas privadas de su libertad provenientes de dos penales de la Provincia de Buenos Aires. Algo que trascendió de esa charla fue el hincapié que hiciste acerca de aprovechar el tiempo: hacer cosas con el tiempo que da la vida, estando o no en libertad. No solo por ser una sobreviviente, sino también por ser alguien que vivió y vive tanto, a tus 84 años, ¿qué significa para vos aprovechar el tiempo?

–Hay que mantenerse activo. Hablando con los presos, también me refería a que no dejen de prestarle atención a su familia. Que, incluso estando lejos, la cuiden. Y que estudien, que se nutran. Aprovechar el tiempo es imaginar un mundo posterior y cuidar lo que te rodea: a tu familia, a tus amigos, a tus vecinos. Aprovechar el tiempo es vivir. Simplemente, vivir.

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Joaquín Benitez Demark es periodista. Escribe el newsletter "La sociedad del rebote" miércoles de por medio.

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