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Norita: el día que pisó Kurdistán y su encuentro con las Madres por la Paz

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Nora Cortiñas sostiene un palo con una de sus manos. Camina por las faldas de las montañas de Kurdistán. El trayecto es empinado, pero se afirma en las rocas y en el palo de madera, y sigue. A su alrededor, las montañas se pierden en el horizonte. En algunos picos, la nieve es blanca como el pañuelo que desde hace décadas lleva en su cabeza, con el nombre bordado de su hijo, Gustavo. Esta rodeada por más pañuelos: son de las Madres por la Paz de Bakur (Kurdistán turco), que también buscan a sus hijos e hijas desaparecidas por el Estado. Norita y las madres kurdas se acompañan y se cuentan sus historias. Dialogan en un baile de idiomas: el kurmanji, el turco y el castellano argentino. Cuando la lengua se pierde en sonidos extraños, el diálogo prosigue con las miradas, los abrazos, las caricias y los besos.

A estas madres que las separa un océano las une el dolor, pero también la lucha y la resistencia. Son víctimas de la represión estatal. En Turquía, esa represión apunta contra el pueblo kurdo, conformado en Bakur por unos veinte millones de pobladores a los que nunca se le respetaron sus derechos políticos, sociales y culturales. En la Argentina de las décadas del setenta y el ochenta, la represión se encarnizó contra hombres y mujeres que apostaron por la revolución. En esos años (1976-1983), la dictadura militar argentina desapareció y asesinó a treinta mil personas.

La historia de Norita -y de las Madres de Plaza de Mayo- y de las Madres por la Paz y las Madres de los Sábados, de Bakur y Turquía, quedó retratada en el documental Pañuelos para la historia, estrenado en 2015 y dirigido por Alejando Haddad (fallecido en 2015 con apenas 35 años) y Nicolás Valentini.

En la ciudad de Amed (Diyarbakir, en turco) -capital histórica de Kurdistán-, en el pueblo de Kulp -cercano a la frontera con Siria- o en la Plaza Galatasaray en Estambul, la cámara sigue a Nora y a las madres kurdas. En cada detalle, en cada gesto y palabra, se genera una conexión instantánea: son las memorias que se cruzan, se reconocen, se complementan. Sus luchas, se dan cuenta, tienen la misma raíz.

Madres en Kurdistán

Las Madres por la Paz nacieron en 1999. Cuatro años antes, las Madres de los Sábados comenzaban con sus sentadas pacíficas en Estambul. En la década del noventa, el Estado turco había desatado una persecución total contra el pueblo kurdo y sus organizaciones de resistencia, encabezadas por el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) y sus guerrillas. Solo entre 1993 y 1995, las fuerzas militares y paramilitares turcas arrasaron con fuego unas tres mil aldeas en Bakur. Organizaciones kurdas de derechos humanos afirman que los desaparecidos por el Estado entre las décadas del ochenta y el noventa ascienden a 17 mil. La cifra es difícil de calcular, porque los sucesivos gobiernos turcos refuerzan un silencio siniestro sobre los cuerpos de los hombres y mujeres asesinados.

En 2013, de paso por Bélgica, Fodul, integrante de las Madres por la Paz, me dijo: “Cuando era joven miré de cerca el ejemplo de Argentina. Estuvimos muy atentas a la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Gracias a ellas sabíamos no solo lo que pasaba en Argentina sino en América Latina. Mi hija está presa, mi hijo asesinado, yo misma estuve presa algunas veces. Ahora vivo exiliada porque en mi país estoy condenada a catorce años (de cárcel). Nosotras sabemos que muchas madres perdieron a sus hijos en Argentina, por eso los dolores son los mismos. En Kurdistán sucedió también que madres que estaban presas tuvieron a sus hijos y ahora sus hijos fueron asesinados”.

En Turquía hay madres que buscan a sus familiares desaparecidos y que fueron encarceladas, condenadas a prisión, reprimidas una y otra vez cuando salieron a las calles. Hay, también, casos más extremos. En abril de 2020, el Estado turco envió por correo postal a Halise Aksoy los restos de su hijo Agit Ipek, guerrillero de las Fuerzas de Defensa del Pueblo (HPG), abatido en 2017. El Estado turco, al igual que el argentino, utilizó vuelos de la muerte, fosas comunes, fusilamientos ilegales y torturas de todo tipo. ¿La excusa? Repeler lo que denominan “terrorismo”. 

Nora "Norita" Cortiñas en Kurdistán durante la grabación del documental Pañuelos para la historia. Foto/Nicolás Valentini
Nora “Norita” Cortiñas en Kurdistán durante la grabación del documental Pañuelos para la historia. Foto/Nicolás Valentini

Aunque lo perdamos de vista, el terrorismo de Estado aplicados en Turquía y Argentina tiene muchos puntos en común. En ambos casos la máquina de muerte desplegada sirvió para forjar modelos económicos neoliberales y, en el mismo nivel, borrar todo vestigio de resistencia, que fue imposible de desaparecer.

Abrazadas por el dolor

Dos semanas con las cámaras rodando sin parar. Eso es lo que más recuerda Nicolás Valentini del viaje con Norita a Kurdistán. Junto a Alejandro Haddad -periodista, poeta y documentalista- se abrieron paso en el océano Atlántico como un pequeño barco que avanza lento, firme y constante. En un principio, recuerda Nicolás, el guion no estaba claro. Era, apenas, una “galería” que buscaba mostrar a una Madre de Plaza de Mayo conociendo al pueblo kurdo.  Pero fue surgiendo una idea-fuerza con múltiples ramificaciones. Por eso, decidieron que no solo tenía que conocer a las madres kurdas, sino regalarles una propuesta concreta: todas tenían que ir a la sede de la ONU, en Ankara, a presentar un petitorio para denunciar las desapariciones de personas y demandar justicia. Ese fue, en la memoria de Nicolás, el “arco dramático” de la película.

“Es interesante porque vamos a hacer un documental, a registrar algo, pero a la vez estamos yendo con una propuesta –dice el codirector de Pañuelos para la historia-. Hay una incidencia de la realidad de parte de los realizadores. Entonces le preguntamos a Norita, que a la vez lo consultó con las Madres. Y después preguntamos allá y estaban de acuerdo”.

Además del documental sobre Nora y las madres kurdas, Nicolás fue codirector de la película 4, 3, 2, Uno (2010), y produjo y dirigió Gombrowicz o la inmadurez (2024) y Mis premios (2026). En Pañuelos, su tarea principal era filmar todo el tiempo a esas mujeres que se veían por primera vez y que, pese a las distancias, tenían una historia en común.

Nicolás cuenta que cuando Norita se encontró con la madre kurda Nezahat Teke y luego fueron a su casa, el momento se convirtió en un nudo principal de la película. Nezahat contó que su hija se había incendiado a lo bonzo en su habitación como forma de protesta contra la represión que sufre el pueblo kurdo. Esta decisión extrema es una de las formas más desesperadas que muchos y muchas militantes del Movimientos de Liberación de Kurdistán tomaron para visibilizar su lucha.

“Que Norita se sorprenda con esto, que no lo entienda, pero a la vez se abracen por el dolor -remarca Nicolás-. O también el otro gran concepto, que son ellos hablando de paz y no de guerra, y Norita diciendo, no, esto es juicio y castigo”. Para el codirector lo interesante de la película es que muestra mucho como es su día a día. “No hay mucho filtro con ella. El documental a veces parece un backstage”.

Las sonrisas de Nora y Leyla

Norita viajó otra vez a Bakur en marzo de 2019. Desde hacía meses, en la región kurda de Turquía, miles de personas llevaban adelante huelgas de hambre en demanda de la libertad de Abdullah Öcalan, el líder kurdo encarcelado desde 1999 y fundador del PKK. El símbolo más impactante de esa medida de fuerza era Leyla Güven, en ese momento diputada kurda del Partido Democrático de los Pueblos (HDP). Norita llegó hasta la casa de Leyla para respaldar su protesta. “Cuando entraste al cuarto me llené de energía”, le dijo la diputada, que en años anteriores había conocido la cárcel por su lucha en defensa de los derechos del pueblo kurdo. Hay una foto que retrata el encuentro: las dos sonriendo, Norita con el puño en alto, Leyla con los dedos en V. Es la imagen de la solidaridad internacionalista.

En ese viaje, Norita participó del Foro en Defensa de la Vida y de Apoyo a Leyla, que se realizó en Amed, organizado por el Movimiento de Mujeres Libres (TJA). Mucho antes de esos días urgentes en Kurdistán, no perdía oportunidad para hablar sobre los kurdos. En Plaza de Mayo, en charlas y actos, siempre encontraba unos minutos para defender la lucha de ese pueblo milenario que tiene sus orígenes en la civilización sumeria, y que después de la Primera Guerra Mundial quedó dividido bajo el control de los Estados turco, iraní, sirio e iraquí.

Cuando volvió a Argentina, en una entrevista a la agencia de noticias ANF, la representante de Madres de Plaza de Mayo -Línea Fundadora- no dudó en declarar que la visita a Leyla fue “todo emoción, todo fue una admiración por ella y por todo el pueblo kurdo”. Además, manifestó que el respeto de los kurdos por Öcalan “me causó una impresión que me hizo sentir que esta es la verdadera lucha y resistencia de un pueblo”.

Nora “Norita” Cortiñas participa junto a Madres por la Paz y familiares de víctimas en un reclamo por justicia frente a las desapariciones y la represión estatal en Kurdistán. Foto/Nicolás Valentini
Nora “Norita” Cortiñas participa junto a Madres por la Paz y familiares de víctimas en un reclamo por justicia frente a las desapariciones y la represión estatal en Kurdistán. Foto/Nicolás Valentini

Nora también recordó sus días de filmación y descubrimiento: “Fue impactante, porque yo no conocía ese pueblo, sus costumbres, pero vi que las madres eran iguales que yo, el dolor era el mismo y no había un idioma que nos separara del dolor. Eran las mismas ganas de luchar, el mismo deseo de enfrentar ese fascismo tan grande que hay en Turquía”.

El reloj de los pueblos

En Pañuelos para la historia no solo vemos las historias compartidas de las organizaciones creadas por las madres de desaparecidos en dos continentes. Vemos, también, los hechos mínimos, cotidianos, tangenciales, que trazan puentes entre las sociedades kurda y argentina. Como cuando en la película le explican a Nora la letra de una canción kurda y ella dice que es igual que un tango. O cuando la invitan a una reunión de dengbêjs, donde hombres kurdos cantan a capela historias pasadas y le explican que esos cantos se pueden contestar, como en las payadas en cualquier reunión o peña en nuestra tierra.

El documental encadena imágenes y secuencias donde el dolor siempre es acompañado por una sonrisa o un abrazo, donde las lágrimas tienen como epílogo los puños levantados de las madres. Y Nora que observa todo, que pregunta todo, que propone, que discute e impulsa. Por eso, junto a las madres kurdas viajó hasta Ankarapara para presentar una carta a la sede de la ONU en la capital de Turquía. El edificio tiene rejas y seguridad, el funcionario que las atiende en la vereda mira con desconfianza la soledad de esas mujeres que están en la calle buscando una respuesta. Esa imagen en la Turquía del 2013 se podría extrapolar al Buenos Aires de 1977 o 1978, donde las puertas se cerraban para las Madres de Plaza de Mayo.

Norita cumplió sus 83 años en Kurdistán, rodeada por las Madres por la Paz. Quienes estaban con ella le llevaron una torta con una velita que sopló con esa sonrisa que siempre la caracterizó: pícara, casi infantil. Ese día, le regalaron un reloj con el nombre de Diyarbakir, la capital histórica de Kurdistán, escenario de resistencias históricas y bombardeos de la aviación turca. Esa ciudad es el lugar donde los kurdos y las kurdas  celebran el Newroz, el año nuevo con el cual le dan la bienvenida a la primavera. En esa celebración, donde un millón de personas se reúnen pese a la represión, Nora estuvo, entre bailes y canciones, protegida por las banderas de Kurdistán, del PKK y por las imágenes de Öcalan.

Cuando Norita falleció en enero de 2024, desde la Comunidad de Mujeres de Kurdistán (KJK, por su sigla original) manifestaron que la “Madre Nora es la madre de miles de revolucionarios en las montañas y cárceles de Kurdistán, y vivirá en nuestros corazones”. La KJK apuntó que la resistencia de las Madres de Plaza de Mayo había creado “un estilo y un espíritu de lucha universales”.

El Congreso Nacional de Kurdistán (KNK, por su sigla original) también la despidió: “Nora fue una amiga y compañera del pueblo kurdo, especialmente de las mujeres kurdas, con las que siempre se solidarizó y apoyó en su lucha por libertad, democracia y autonomía”. En un comunicado, desde el KNK dijeron que su ejemplo “traspasó las fronteras de Argentina y ella se convirtió en una referente mundial como defensora de los derechos humanos y militante feminista”.

Nora Cortiñas, en Kurdistán, con el pañuelo blanco y el pin de Madres de Plaza de Mayo, símbolos de la lucha por los 30 mil desaparecidos durante la última dictadura argentina (1976-1983). Foto/Nicolás Valentini.
Nora Cortiñas, en Kurdistán, con el pañuelo blanco y el pin de Madres de Plaza de Mayo, símbolos de la lucha por los 30 mil desaparecidos durante la última dictadura argentina (1976-1983). Foto/Nicolás Valentini.

En enero de 2024 estuve en la casa de Norita. Almorzamos, me preguntó por la situación del pueblo kurdo, le pedí que escribiera el epílogo de mi último libro sobre Kurdistán. Me dijo que sí. Escribió: “Sería lindo que algún jueves una madre kurda pueda estar en Plaza de Mayo con nosotras. A las mujeres kurdas les digo que no bajen los brazos. Mi mensaje es que no aflojen. Hay que dar fuerza a los pueblos para que se defiendan de la opresión y luchen por la libertad. Porque es hora que la humanidad cambie y se haga humana”.

En la puerta de la heladera en su cocina, tenía una foto con las imágenes de Sakine Cansiz Fidan Doğan y Leyla Şaylemez, tres representantes kurdas asesinadas en París en 2013. En una de las paredes estaba colgado el reloj que le habían regalado en Kurdistán para su cumpleaños. Tal vez, pienso ahora, ese reloj marca la hora de los pueblos que luchan por su liberación.

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Leandro Albani (1980, Pergamino). Periodista. Autor de los libros "Kurdistán. Crónicas insurgentes" (kunto a Alejandro Haddad), "Revolución en Kurdistán. La otra guerra contra el Estado Islámico", "ISIS. El ejército del terror", "Mujeres de Kurdistán. La revolución de las hijas del sol" (junto a Roma Vaquero Diaz), "No fue un motín. Crónica de la masacre de Pergamino", "Ni un solo día sin combatir. Crónicas latinoamericanas" y "Kurdistán urgente. Historias de un pueblo en resistencia".

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