Son las nueve de la mañana en Santa Cruz La Laguna, Guatemala, un pueblo de casi 10 mil personas según el censo del 2018. El lago Atitlán refleja los volcanes conocidos como Los Tres Gigantes: el volcán Atitlán (3,537 m), Tolimán (3,158 m) y San Pedro (3,020 m). Este paisaje volcánico crea panorámicas espectaculares desde cualquier punto del lago. En la orilla, un grupo de mujeres jóvenes se prepara para su clase de natación. Algunas tienen veinte años, otras treinta. Todas comparten algo: es la primera vez en sus vidas que se meterán al agua.
Shelly, creadora de Jo’ Pachoy -una escuela de natación para mujeres- las espera en la parte más baja, con la paciencia de quien nadó miles de horas en piletas de competición en Bahía Blanca, Argentina y ahora enseña en un cráter de millones de años convertido en lago. Tiene 36 años, una historia de migraciones casuales que la trajeron desde Argentina hasta este pueblo y una convicción feminista que la llevó a crear algo que no existía: un espacio para que las mujeres locales aprendan a flotar en el agua que las rodea desde siempre.
“La primera clase de natación es la primera vez en sus vidas que se meten en el lago”, cuenta Shelly, con esa manera de hablar que mezcla el asombro con indignación. “Tienen 20, 30 años y nunca se habían metido en el lago a pesar de vivir muy cerca”. Así como dijo: viven cerca del lago, pasan todos los días por el lugar, pero es un lugar ajeno.
El patriarcado tiene orillas
Los domingos en Santa Cruz solían tener una coreografía predecible. Las familias bajaban a la orilla para el picnic de la mañana. Los niños y los hombres saltaban, nadaban y jugaban en el agua. Las mujeres permanecían en la sombra, mirando cómo los demás se divertían. Ni siquiera se mojaban los pies.
No era por elección. Era el resultado de siglos de roles de género asignados y establecidos que relegaban a las mujeres al espacio privado, al cuidado de otros, a la abnegación permanente. El derecho al tiempo libre, al bienestar, al goce, a hacer algo por ellas mismas que no fuera trabajar o cuidar, simplemente no existía en el mapa de lo posible.
“El rol de la mujer está como relegado al espacio de lo privado, a los roles de cuidado, y de no tener tampoco como habilitado ese derecho al tiempo libre”, explica Shelly. “O hacer cosas por ellas que no sea trabajar o hacer algo para cuidar a otro.”
El lago Atitlán, ese gigante de agua que alguna vez fue el cráter de un volcán, se había convertido en un privilegio masculino. Las mujeres vivían junto a él pero no podían habitarlo. No sabían nadar, sentían miedo, o simplemente no concebían ese espacio como algo que les perteneciera.

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Shelly llegó a Guatemala en 2019 por una de esas casualidades que terminan definiendo una vida. Había renunciado a su trabajo en Argentina, planeaba viajar al sudeste asiático, cuando una amiga que trabajaba en una ONG le escribió: “¿No querés venirte por tres meses de voluntaria? La ONG te paga el pasaje”.
Tres meses se convirtieron en seis años. Primero trabajó en Escuintla con comunidades afectadas por la erupción del Volcán de Fuego de 2018 que dejó un saldo de 2000 muertos y millones de afectados. Después, cuando llegó la pandemia en 2020, ella y sus amigas decidieron mudarse al lago por un mes a esperar que pasara la incertidumbre. Terminaron en una casa espectacular en la orilla de Santa Cruz.
“Llegamos y pensamos, ‘ah, nos podemos quedar más… sí, hasta que vuelva el dueño'”, recuerda con una risa. Nunca se fueron del todo.
Fue ahí, en ese pueblo rodeado de volcanes, donde Shelly comenzó a notar algo que la inquietaba: la ausencia de mujeres en el agua. Ella, que había sido nadadora federada en Argentina, que había competido durante su adolescencia, que llevaba la natación en el cuerpo, no podía dejar de ver esa desigualdad.
El primer salto
Todo empezó de manera casual. Un conocido estaba enseñando a nadar a un grupo mixto de la ONG local y le pidió ayuda. Shelly dio un par de clases. Al año siguiente, en 2021, decidió armar algo más estructurado: un proyecto de natación para mujeres.
“Fue muy intuitivo”, dice sobre sus formas. “De tener experiencia en procesos de aprendizaje de otras disciplinas, esto se trato más bien de ir sintiendo y viendo los tiempos, presencias y necesidades de las vidas que llegan”.
El primer año comenzó con dos grupos de cuatro mujeres cada uno. La mayoría eran adolescentes. Se corría la voz de boca en boca, dicen que es la mejor manera de divulgación. “Ah, están enseñando a mujeres. Ah, están aprendiendo a nadar. Ah, me gustaría, quiero.” Las clases empezaban con lo más básico: tomar conciencia de la respiración. Inhalar, exhalar, aguantar. Por nariz, por boca. Después, flotar, panza arriba, boca abajo. Luego, los brazos, las piernas, la coordinación. Todo en el agua templada del lago, entre 20 y 22 grados, con las lanchas pasando a lo lejos y los volcanes como testigos.

“Comparten que están nerviosas, pero a la vez noto una entrega desde la apertura”, cuenta Shelly sobre esas primeras clases. “Decidieron estar ahí en ese momento y en ese lugar y como entregarse, decir, bueno, decime qué hacer, cómo hacer y lo intentamos.”
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Para que una mujer de Santa Cruz pueda llegar a esa clase de natación de una hora, antes tuvo que reorganizar toda la estructura familiar. Si la clase es por la mañana, tuvo que levantarse más temprano para preparar el desayuno de toda la familia. Si tiene hijos, tuvo que asegurarse de que alguien los cuide, y ese alguien raramente es el marido.
“Son menos los casos en los que hay maridos que dicen, ‘Ah, no, andá, yo te cuido al pibe'”, explica Shelly, “y son más otras mujeres las que están en ese sistema de cuidados para asegurar ese tiempo para que esta mujer pueda tomar sus clases”.
El precio de las clases es accesible, y Shelly siempre aclara: “Si no podés pagar la cuota entera, lo que puedas. Mi prioridad es que no sea que no pueden aprender a nadar porque no les alcanza para pagar.” Algunos años hace recaudaciones entre la comunidad extranjera para cubrir esos costos.
Pero hay algo más significativo en ese intercambio económico. Que sea Shelly quien trabaja para ellas invierte la estructura habitual de poder: “es raro, no es tan común que alguien local le pague a un extranjero por sus servicios”, reconoce Shelly. “Me gusta mucho porque de alguna manera rompe con esa estructura o esa forma más normalizada de relaciones”.
Nadar para sobrevivir
Más allá de la autonomía y el placer, hay una motivación urgente detrás de muchas inscripciones: el miedo a morir ahogada. En Santa Cruz, vivir junto al lago significa también vivir con el riesgo permanente de los accidentes en lancha. Según Prensa Libre, han ocurrido seis tragedias en las últimas cuatro décadas. “Para muchas, viajar en lancha es una situación de mucho estrés o miedo porque hay un riesgo de morir”, dice Shelly. “Entonces también hay una motivación ahí que viene desde un lugar de supervivencia, de seguridad.”
Las mujeres llegan a las clases con ese miedo encima, pero también con algo más: el deseo acumulado durante años de finalmente poder hacer algo que siempre quisieron. “Son deseos que tienen desde hace mucho tiempo y dicen, ‘Bueno, llegó mi momento. Es ahora.'”
Un pueblo en un cráter
Santa Cruz La Laguna es uno de esos lugares donde la geografía marca el destino. No hay carretera que conecte con otros pueblos, solo lanchas. El lago -ese cráter volcánico gigante rodeado de montañas verdes y tres volcanes- define todo: el trabajo, los riesgos, la manera de moverse por el mundo.
Es un pueblo de contrastes. Conviven la economía de subsistencia con el turismo extranjero, los trabajos en agricultura con empleos en hoteles boutique, las casas locales con las residencias de expatriados europeos y norteamericanos que decidieron quedarse. Solo 3500 personas viven ahí permanentemente, y Shelly conoce a una buena parte.
“La primera camada de personas que han recibido un título universitario son de mi edad”, cuenta. “No hay gente más grande que yo que haya estudiado en la universidad y terminado.” Los que estudiaron, lo hicieron mayormente en administración, contabilidad, turismo. Hay un par de abogados. Dos, literal.
Para Shelly, que creció entre Buenos Aires y Bahía Blanca, que estudió Ciencias de la Educación, vivir en Santa Cruz le ofrece algo que no encontraba en las ciudades: un ritmo diferente, un contacto diario con la naturaleza, un sentido de comunidad más amplio y diverso.

“El sentido de comunidad se hace mucho más fuerte”, reflexiona. “En Argentina, tu red son los tuyos que son iguales a vos, que piensan igual, que se visten igual. Acá es como más casual. Con alguien de Estados Unidos que vota a Trump, no me hablaría en ningún contexto, pero acá es mi vecino y nos encontramos desde otros lugares tal vez”.
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Cinco años después de esa primera clase, algo ha cambiado en la orilla del lago. Shelly camina por el pueblo y la reconocen: “Ah, vos sos la de las clases.” Las mujeres que antes solo miraban desde la sombra ahora nadan. No todas, no siempre, pero cada vez son más.
Entre cuatro y seis mujeres por grupo. Algunas aprenden a ir a la parte profunda, otras a nadar boca arriba, otras a saltar del muelle. Los objetivos varían según cada una, pero todas comparten ese momento de conquista: el instante en que el miedo da paso al movimiento, cuando el cuerpo flota y el lago deja de ser una amenaza para convertirse en territorio propio.
La municipalidad local nunca apoyó activamente el proyecto, aunque tampoco lo desaprobó. Pero el proyecto sigue, año tras año, sostenido por esa economía íntima de deseo y necesidad, de donaciones y cuotas accesibles, de boca en boca entre mujeres que se animan.
Epílogo en aguas abiertas
El año pasado, Shelly se anotó en una carrera de aguas abiertas. Mil quinientos metros en el lago Atitlán, después de años sin competir. Entrenó, nadó, volvió a ponerse la gorra y las antiparras con seriedad. Este año, entre el trabajo con Me Toca —la organización de teatro de las oprimidas donde trabaja— y las clases de natación, no tuvo tiempo para esa rutina… “pero todavía no terminamos”, dice sobre el año, con esa mezcla de esperanza y pragmatismo que define su manera de habitar este lugar.
Mientras tanto, el lago sigue ahí, cambiando de color según la hora, movido por vientos que crean olas inesperadas, habitado por peces y lanchas y turistas y lugareños y, ahora también, por mujeres que aprendieron que el agua puede ser suya. Que flotar es un derecho. Que nadar no es un lujo sino una forma de autonomía.
Cada vez que una mujer entra en el lago Atitlán para nadar, parece moverse como si hubiese música bajo el agua. Un ritmo que lentamente se sincroniza, la respiración que se acomoda. El movimiento de un brazo sale para tomar impulso, lento pero seguro. Las piernas, a puro contraste, van de arriba hacia abajo. Los músculos se tensan en señal de alerta, pero ya está nadando.
Cada vez que Shelly entra al lago para dar una clase, los volcanes le recuerdan que incluso lo más imponente puede reflejarse con serenidad en el agua, que la tensión y la calma pueden coexistir. Y que las estructuras que parecían eternas, como esa imagen de mujeres en la sombra mirando cómo otros se divierten, pueden romperse con algo tan simple y tan revolucionario como enseñarle a alguien a flotar y nadar.

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Historiador, docente universitario y periodista. Trabajé en radio y en la producción de podcast para distintos medios de comunicación. Publico crónicas, perfiles y notas para distintos medios. Nací en México y vivo en Buenos Aires (Argentina) desde hace varios años.


