La Tablada, partido La Matanza. Entre montañas de descartes textiles provenientes de grandes empresas, un grupo de mujeres está sentado en ronda alrededor de un fardo interminable de telas. Mate de por medio, entre risas, charlas y comentarios cotidianos, separan uno por uno los recortes de aproximadamente 25 por 25 centímetros según colores, texturas y diseños.
A pocos pasos, otras compañeras ya encendieron sus máquinas de coser. Las manos se mueven con rapidez y concentración mientras se escuchan indicaciones, consejos y correcciones para lograr la mayor prolijidad posible. El cuidado circula tanto como el hilo. Alrededor, niños y niñas juegan a las escondidas con una libertad poco habitual en espacios de trabajo. El galpón parece hecho a medida para eso: los fardos serían un escondite perfecto, aunque mejor no dar ideas.
La bienvenida es cálida y espontánea. Me invitan a sentarme, a compartir el mate y a escuchar. Y es ahí donde se revela lo que a simple vista no se percibe: detrás de cada tela unida hay una necesidad urgente, cada vez más asfixiante. Ese gesto repetido de coser, unir y volver a empezar no solo produce objetos; también construye refugio. Un refugio colectivo frente a la violencia de género, la precariedad laboral y el aislamiento que atraviesan muchas mujeres.
Organizarse para trabajar y acompañar
La escena podría confundirse con la de cualquier taller textil del conurbano. Sin embargo, en ese galpón prestado funciona Abrazando en Red, una cooperativa integrada principalmente por mujeres del partido de La Matanza que encontraron en los descartes textiles una forma de generar trabajo, pero también un espacio de contención frente a trayectorias atravesadas por la desigualdad, la informalidad laboral y la violencia de género.
La cooperativa nació en 2024, casi sin proponérselo, como una respuesta urgente a una realidad que no daba tregua. “Nosotras hace no mucho tiempo, un año para atrás, cuando arrancamos empezamos a trabajar con maderas que llegaban al destino sustentable. Los compañeros de la cooperativa nos proveían de madera, en ese momento se venían las fiestas y por eso surgió la idea de hacer arbolitos de Navidad”, recuerda Nely.
El objetivo era claro: generar una entrada económica para mujeres que no podían sostener jornadas laborales tradicionales. “Algunas compañeras tenían problemáticas de violencia de género. En base a eso tuvimos que acomodar nuestra propuesta con horarios más cortos, que las compañeras puedan llevar a sus hijos a la escuela y poder juntarnos una o dos veces por semana”, explica.
Cuando los arbolitos no se vendieron como esperaban, apareció otra posibilidad. En la cooperativa Reciclando Sueños —un destino sustentable que recibe descartes de grandes empresas y la cual también les presta las instalaciones— comenzaron a llegar toneladas de retazos textiles. “En el momento que vimos las montañas de retazos de tela comenzaron a surgir muchas ideas para armar productos”, cuenta Nely. Lo que para el mercado era residuo, para ellas se convirtió en materia prima y en oportunidad.

Cami, hija de Nely y trabajadora de Reciclando Sueños, aporta una mirada clave para entender el origen de Abrazando en Red, atravesada por experiencias personales y colectivas de extrema vulnerabilidad. Ese recorrido también se vincula con la trayectoria de su madre: Nely es psicóloga social y desde hace años trabaja con mujeres que atraviesan situaciones de violencia de género. Además, se desempeña como operadora de primera escucha de la línea 0800 del partido de La Matanza, un dispositivo municipal que recibe consultas, acompaña y asesora a mujeres en situaciones de violencia.
“Lo que me llevó a hablar con mi mamá fue ver a mis compañeras en situaciones vulnerables. Ver que estaban embarazadas y no querían tenerlo, acompañarlas y ayudarla a encontrar un hospital que cumpla con la Ley porque no todos lo hacen”, relata Cami.
En su trabajo cotidiano también se encontró con discursos profundamente violentos naturalizados dentro del ámbito laboral. “Reciclando Sueños es una cooperativa de trabajo por lo tanto se cobra por lo trabajado, situaciones como el reposo después de una intervención en el embarazo no estaban bien visto por los compañeros. Para ellos era ‘si abrió las piernas, que se joda’”, cuenta.
Ese escenario marcó un punto de quiebre. “Entonces para mí Abrazando me permitió militar esa parte y ayudar a mis compañeras, también hubo un trabajo de capacitaciones y encuentros para todos tratando de visibilizar lo que le pasa a las mujeres”, explica. Y agrega una diferencia que sigue siendo una deuda pendiente: “Yo me siento privilegiada porque trabajo en lo administrativo y puedo tener a mi hija acá pero muchas otras no. Algo que nos gustaría es crear un jardín comunitario para que las mujeres puedan trabajar y ser acompañadas. Para mí Abrazando es eso, un lugar seguro, nuestra trinchera”.
Un territorio atravesado por la violencia de género
La experiencia de Abrazando en Red se inscribe en un territorio profundamente atravesado por la violencia de género. La Matanza, uno de los distritos más populares del país, registra cada año miles de denuncias por violencia física, psicológica y económica. Organizaciones sociales y áreas locales coinciden en que una gran parte de las mujeres que atraviesan estas situaciones no cuenta con ingresos propios estables, lo que dificulta —y muchas veces impide— romper el círculo de la violencia.
Las cifras oficiales revelan una realidad alarmante para las mujeres en el distrito y la provincia. En 2024 se iniciaron 94 procesos penales por femicidios en toda la Provincia de Buenos Aires, con 98 víctimas fallecidas por violencia de género, lo que representa más del 70% de los homicidios de mujeres en ese período.
En La Matanza, el informe de homicidios dolosos revela que este distrito —el más poblado del país— tuvo una tasa de asesinatos de 8,11 víctimas por cada 100.000 habitantes, superior a la media provincial, y que el 70,5% de las mujeres asesinadas lo fueron en un contexto de femicidio.
Además, en 2022 se registraron más de 12.700 procesos penales iniciados en La Matanza por violencia familiar y de género, lo que da una pauta del volumen de casos que enfrentan las instituciones y grupos de apoyo locales.

En este contexto, la falta de independencia económica se combina con la informalidad laboral, la desocupación y la sobrecarga de las tareas de cuidado. La imposibilidad de ausentarse del trabajo para denunciar, el costo del transporte o la falta de redes de apoyo se transforman en obstáculos concretos. Generar trabajo propio, entonces, no es solo una cuestión económica: es una herramienta de autonomía y, en muchos casos, de supervivencia.
Todo se construye en red
En Abrazando en Red, el trabajo se organiza en torno a tres líneas de producción: mujer, niñez y hogar. “Llegan los fardos de ropa y ahí nos juntamos cuatro o cinco compañeras y empezamos a separar por colores o diseños. Son telas de 25×25, no son grandes. Nuestros productos tienen tres o cuatro colores distintos, por eso vamos uniendo de una forma que quede un lindo producto con lo que tenemos a disposición”, detalla Nely. De esos pequeños retazos surgen varios productos:
Línea Niñeces: cambiadores de bebe reutilizable 8 mil, toallitas bebés 4 mil, muñecos de apego 3 mil, baberos grandes 5 mil, baberos chicos 3 mil, fundas almohadas de bebe 2 mil, short nena 3 mil y soleritos infantiles 8 mil.
Línea hogar: juego almohadones 13 mil o cada uno 7 mil, agarraderas reutilizables 4 mil, bolsas reutilizables 8 mil, set azucarera yerbera reutilizables 7 mil, manteles reutilizables multicolor 15 mil, alfombras multicolores, porta papel higiénico 4 mil, porta maple de huevos reutilizables 8 mil y corazones estrellas linea souvenir 4 mil.
Línea mujer: pantalón palazo 8 mil, porta cosméticos 6 mil, morrales 8 mil, portalibros 10 mil, set desmaquillante 4 mil, vincha 3 mil, colita de pelo 1 mil e individuales 4 mil.
Productos tejidos con orillos: alfombras 5 mil, carteritas 5 mil y ropa para perro 8 mil.
Chalecos sensoriales: son prendas que contienen en los bolsillos unas bolsitas de bolillas plásticas generando una sensación de pesadez. Esta prenda está diseñada para ayudar a calmar, tranquilizar, y liberar el estrés para personas con autismo, déficit de atención, ansiedad o alta sensibilidad. Simula un abrazo constante que acompaña y contiene. Precio: 20 mil.
El trabajo no es individual. Todo se construye en red. “Nosotras armamos una entretela con distintas instituciones que se dedican a la costura. Vienen con nosotras a clasificar los fardos y nos repartimos entre todas”, explica Cami. Jardines comunitarios, clubes barriales y otras organizaciones participan del proceso, en un intercambio solidario que multiplica el impacto territorial.
Sole es una de las integrantes históricas. Teje desde los seis años y encontró en el descarte del descarte una posibilidad inesperada. “Empecé a pensar qué se podía hacer con lo que quedaba de los retazos y se me ocurrió tejerlos. No conseguíamos agujas, así que el marido de Nely me hizo unas con un palo de escoba y mi marido que es herrero me hizo de diferentes medidas con una varilla de hierro”, relata.
Para ella, el espacio tiene un valor que excede lo económico: “Para mí significa como una terapia. Empiezo a coser y no existe nadie más. Hoy en día para ir a una terapia tenés que tener plata y si no tenemos para un plato de comida, menos para terapia”.

Daiana llegó a la cooperativa en un momento límite. “Las conocí por Instagram, justo me había quedado sin trabajo. Era o me quedaba en mi casa o salía a conseguir algo”, cuenta. Su experiencia laboral previa estuvo marcada por la precariedad. “Yo el tema del trabajo creo que fue peor porque si me hubieran despedido por lo menos tendría una explicación. No pagarle el sueldo por dos meses a una persona es peor”, relata.
Con 36 años y sin estudios formales completos, las oportunidades se reducen aún más. “No soy tan grande pero laboralmente y sin tener estudios se complica mucho. Hasta para limpiar cualquier baño tenés que tener el secundario”, explica. A eso se suma la maternidad ya que tiene un hijo de 12 años que depende de ella.
La violencia de género tampoco encuentra lugar en las lógicas laborales tradicionales. “Igual que ir a hacer una denuncia, te lo descuentan del sueldo. Te cubren el día si te roban pero no si tu marido te pegó”, señala. En Abrazando en Red, Daiana encontró no solo una posibilidad de generar ingresos, sino también un espacio donde esas realidades no son invisibilizadas.
Comercializar lo que otros llaman basura
La comercialización es uno de los mayores desafíos del proyecto. El estigma pesa: que los productos estén hechos con descartes textiles hace que muchas personas los asocien directamente a basura. “La gente cuando le decís que los productos están hechos con descartes textiles piensa basura”, explica Cami. Esa mirada dificulta las ventas y obliga a explicar, una y otra vez, que se trata de materiales limpios, reutilizables y en excelente estado, que de no mediar este trabajo terminarían en basurales.
Actualmente, la venta se sostiene de manera artesanal y territorial: ferias barriales, Instagram, WhatsApp y el boca a boca. No cuentan con tienda online porque los costos de mantenimiento y los envíos encarecen demasiado los productos. “Muchas veces el envío sale más caro que el producto”, explica Nely, y eso hace que muchas compras no se concreten.

Las dificultades se acumulan: la falta de un espacio propio, el costo del transporte y un contexto económico en el que —como dice Nely— “antes de comprar un almohadón se prioriza un paquete de arroz”. Aun así, la cooperativa persiste. “Seguimos creyendo que la salida es colectiva, apostamos a eso, hay que poner el cuerpo, hay que resistir”, afirma.
La salida colectiva como horizonte
Cuando cae la tarde, las máquinas se apagan y los mates se enfrían, queda flotando algo más que el cansancio. En Abrazando en Red, cada costura es también una forma de sostén, cada retazo unido es una historia que intenta recomponerse. No hay épica grandilocuente ni soluciones mágicas, pero sí una convicción firme que se repite en cada palabra compartida.
“Esto es un granito de arena y recién empieza”, dice Nely. “Empezamos un día juntándonos con el mate de por medio y pensando ideas”. En un contexto económico que ajusta, excluye y deja cada vez menos margen, la cooperativa se mantiene en pie como una forma de resistencia cotidiana.
Cami lo define sin rodeos: “Para mí Abrazando en Red es eso, nuestra trinchera”. Un espacio donde la violencia puede nombrarse sin miedo, donde la maternidad no es un obstáculo sino una realidad contemplada, donde el trabajo se adapta a la vida y no al revés. “La lucha es en conjunto o no es”, insiste.
La invitación queda abierta, como las puertas del galpón. “La construcción es colectiva”, afirma Nely. Lo mucho que se logró en tan poco tiempo, siendo pocas, deja entrever lo que podría crecer si fueran más.
En La Matanza, entre telas descartadas, máquinas prestadas y mates compartidos, las mujeres de Abrazando en Red siguen haciendo algo profundamente político: transformar el descarte en trabajo, el aislamiento en red y la violencia en una resistencia que se cose todos los días.
También podés leer: DEL STREAM AL LABORATORIO, EL LARGO VIAJE DE UN FÓSIL
Agustina Gesto es periodista.


