De Bahía Blanca salimos. Tal vez no lo sabés, pero los dos nacimos ahí. Capaz que no sabés tampoco que el 17 de abril es tu cumpleaños, que Graciela y Raúl fueron nuestros padres, que mamá fue muy buena alumna y que a papá le gustaban los animales.
Que soy petisa porque salí a los Romero más que los Metz y que a vos no te conozco, pero tengo muchas ganas de hacerlo. Que te busco porque se apropiaron de vos cuando naciste. Que mamá, papá y los abuelos ya no están, pero que entre todos podemos contarte un poquito de ellos. Todo lo que tengo para decirte, todo lo que quiero que me cuentes. Todo tiene que esperar hasta encontrarnos. Vos con tu verdadera identidad, yo con mi hermano.
(“Carta a mi hermano”, 2021, Adriana Metz)
Durante casi medio siglo, Adriana Metz buscó a su hermano. No tenía fotos, ni recuerdos, ni una voz a la cual aferrarse. Tenía, en cambio, una certeza: ese bebé que su madre parió en cautiverio estaba en algún lugar. La historia de esa búsqueda —que atravesó dictaduras, juicios y reconstrucciones colectivas— encontró un punto de llegada el 7 de julio del 2025, cuando Abuelas de Plaza de Mayo anunció la restitución del nieto 140.
El secuestro y el origen de la ausencia
La historia empieza antes de que Adriana pudiera recordarla. En diciembre de 1976, un grupo de tareas del Ejército irrumpió en una casa de Neuquén y secuestró a sus padres, Graciela Romero y Raúl Metz, militantes del PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo). Ella tenía poco más de un año. Su madre, cinco meses de embarazo.
“Uno de los milicos que estaban ahí me sacó de los brazos de mi mamá y me entregó a un vecino, al que le dijo: ‘vos callate la boca y criala como propia’”, recuerda Adriana.
Ese vecino, a pesar del miedo, decidió devolverla a su familia. Adriana creció con sus abuelos paternos en Bahía Blanca. Años después supo que sus padres fueron trasladados a la misma localidad pero su destino final fue el centro clandestino “La Escuelita”, bajo la órbita del V Cuerpo del Ejército.
Allí, el 17 de abril de 1977, su madre dio a luz. Testigos reconstruyeron años después la escena: una casilla rodante en un patio, dos guardias asistiendo el parto, ella sin poder ver nada. Algunos testigos aseguraron que un mes antes de parir, a Graciela la hacían caminar alrededor de una mesa. Diez vueltas por día, con los ojos vendados y agarrándose para no caerse. Una semana después, fue retirada del lugar. Según declaraciones de sobrevivientes la pareja Metz fue asesinada, su final habría sido el “traslado”.
El bebé Metz, varón, fue apropiado.

Crecer en la búsqueda
Adriana creció en Bahía Blanca con sus abuelos. No hubo un momento de revelación abrupta: la ausencia de sus padres fue parte de su vida desde siempre.
“Yo nací naturalizando que secuestraron a mis viejos. Si alguien me preguntaba contestaba, y si no, no”, cuenta.
Esa naturalización no significaba comprensión. Era, más bien, una forma de adaptación. Fue con el paso del tiempo que esa historia empezó a tomar dimensión. Primero, a través de los relatos familiares. Después, con su propia experiencia. “Recién con el nacimiento de mi primer hijo entendí lo que fue crecer sin mi papá y sin mi mamá”, dice. Y hubo otra revelación, más silenciosa pero igual de contundente: la de ese hermano ausente. “Cuando nace mi segundo hijo y ellos empiezan a interactuar, empiezo a darme cuenta lo que significa la convivencia con un hermano. La dictadura no solo se llevó a mis viejos sino también a mi hermano.”
La búsqueda por su familia se sostuvo en un principio por sus abuelos que encontraron las primeras pistas. En 1981, una carta enviada por una sobreviviente de La Escuelita confirmó lo que hasta entonces era una sospecha: el bebé había nacido y estaba vivo. Esa certeza se volvió motor.
En 1999, Adriana decidió presentarse ante la Justicia. Ya no se trataba solo de una historia familiar, sino de una denuncia pública. “Para la sociedad este juicio es súper importante, pero a mí no me devuelve nada. Y menos mientras mi hermano no esté conmigo”, dijo entonces.
En 2012 comenzó a trabajar en la filial de Abuelas de Plaza de Mayo de Mar del Plata. Ahí, la búsqueda dejó de ser únicamente personal y se transformó en colectiva. “Mi cabeza hace un click de no quedarme sentada esperando a que las Abuelas encuentren a mi hermano, sino de tener una participación activa”, explica.
Se involucró en los mecanismos que hacen posible la restitución de identidad: la CONADI, y el Banco Nacional de Datos Genéticos. “Lo que construyeron las abuelas logró muchas victorias”, dice. También comprendió algo más profundo: que encontrar a su hermano implicaba, de algún modo, encontrarlos a todos.

El hallazgo: identidad, tiempo y reconstrucción
El proceso que llevó al encuentro fue largo y silencioso. Denuncias anónimas, investigaciones, inconsistencias en documentos y la realidad. Abuelas logra contactarlo y contarle que podría ser un bebe expropiado durante la dictadura, Adriana cuenta que él no lo creía posible pero sin embargo accede a realizarse las pruebas genéticas. Hasta que finalmente llegó la confirmación: el ADN coincidía.
El 5 de julio de 2025, Adriana recibió la noticia de forma presencial en su casa. Horas después, sonó el teléfono. “Yo me enteré a las 3 de la tarde y él me llamó ese mismo día a las 6”, cuenta. Hicieron una videollamada de más de 30 minutos. Del otro lado estaba su hermano. Un hombre de 48 años que había vivido toda su vida con un relato familiar distinto. Esa breve primera charla ocurrió según Adriana con total cotidianidad para ella “Estaba hablando con mi hermano, algo que nunca tendría que haber faltado.” El abrazo presencial llegó unos días después luego de la conferencia de prensa que se dio en la Ex Esma en un café cercano.
“Estoy aprendiendo a ser hermana mayor con 50 años y él a ser hermano menor con 48”, resume.
Juicios y sentencias
Mientras la búsqueda de Adriana encontraba un punto de llegada, la reconstrucción judicial y científica del centro clandestino siguió en marcha.
Entre 2011 y 2025, las distintas etapas de los juicios por “La Escuelita” confirmaron el funcionamiento del terrorismo de Estado en la región. Más de 60 represores fueron condenados, al menos 40 condenados a prisión perpetua, por delitos como secuestros, torturas, homicidios, allanamientos ilegales, abusos sexuales y apropiación de bebés nacidos en cautiverio. Al día continúan causas abiertas que esperan ser resueltas.
Además de las sentencias, hay otra tarea que continúa: la búsqueda de los cuerpos.
El Equipo Argentino de Antropología Forense sigue trabajando en la identificación de personas desaparecidas en todo el país. Hasta el momento, han logrado restituir la identidad de más de 800 personas, a partir de restos recuperados en fosas clandestinas y cementerios. Ese trabajo, sostenido durante décadas, sigue siendo clave para reconstruir historias que aún permanecen abiertas y empezar duelos que al día de hoy no pudieron comenzar.
“El enfoque de mi búsqueda siempre estuvo en mi hermano porque yo entendía que si ellos estaban vivos (sus padres) me hubieran buscado.” Para Adriana recuperar sus restos no le iba a devolver los años que no los tuvo, solo le podría permitir tener un lugar donde homenajearlos y ese duelo ya decidió de alguna forma darle un final. En cambio con su hermano siempre estuvo la posibilidad de construir un vínculo, que al día de hoy es posible y está en proceso.
La restitución no es un punto final. Es una nueva etapa. “Mi búsqueda no termina acá. Lo que termina es el peso de la carga familiar. Y viene el otro, la carga colectiva”, sostiene.

Un abrazo que refuerza una lucha colectiva
Durante 48 años, Adriana Metz mantuvo una búsqueda que no tenía garantías. La sostuvo con información fragmentaria, con testimonios, con intuición, pero sobre todo con una certeza: su hermano existía.
El día que finalmente hablaron, no hubo distancia que pudiera explicar ese tiempo perdido. El vínculo empezó a construirse desde un lugar simple, casi cotidiano. Como si la historia, pese a todo, hubiera encontrado la forma de abrirse camino.
Pero ese abrazo no es solo personal. Es también político y colectivo. Es la prueba de que, incluso frente a un plan sistemático de desaparición y apropiación llevado a cabo por el propio Estado, la memoria puede persistir.
Quedan aún cientos de historias abiertas. Personas que viven con identidades que no son las suyas. La de Adriana es una de las que llegó a destino. Y al mismo tiempo, es una posta en una carrera que sigue. Porque mientras haya una identidad por restituir, la lucha por la memoria, la verdad y la justicia seguirá siendo una tarea pendiente, viva y colectiva.
Recorda: si naciste entre 1975 y 1980 y tenés dudas respecto a tu identidad comunicate con la organización de Abuelas de Plaza de Mayo.
Link acceso directo: https://www.abuelas.org.ar/dudo-de-mi-origen
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Agustina Gesto es periodista.


