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    ¿Quién quiere científicos en este caos?

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    La ciencia argentina sufre un deterioro sin precedentes. Las políticas del gobierno libertario atacan seriamente la estructura del sistema científico-tecnológico impactando en el desarrollo del conocimiento y su consecuente aplicación en la sociedad. Desde las ciencias sociales a las ciencias exactas, la situación es crítica y el panorama a futuro promete agravarse.  

    ¿Quién quiere científicos en este caos
    Fotografía: Facundo Nivolo

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    -¡Afuera!- grita enfurecido, arrancando etiquetas de una pizarra frente a las cámaras de televisión-¡Afuera!. Arranca otra, desencajado. Cada una de ellas llevaba escrito el nombre de un organismo del Estado, y Javier Milei, durante la campaña electoral, a fines del año 2023, montaba un show televisivo haciendo gala de sus promesas de recorte. 

    Tres años después, Argentina vive un experimento político y económico, una distopía del capitalismo salvaje, moderno y digital. En el imaginario colectivo, Javier Milei se encuentra encerrado en el despacho presidencial blandiendo su motosierra. Para algunos es un sketch (o un reel) de comedia, titulado: “era lo que había que hacer”. Para otros, un film demencial sin nombre. La motosierra es una máquina aceitada, un eufemismo para amputar partes del Estado Nacional. Esta vez, cae sobre el Sistema de Ciencia, Tecnología e Investigación.

    De una pasada filosa y certera los organismos destinados a administrar y ejecutar fondos para el desarrollo del conocimiento quedaron sin cabeza. Desde la asunción de Javier Milei, el recorte en el presupuesto científico supera el cuarenta por ciento, se congelaron los salarios, se perdieron más de cuatro mil empleos en el sector, se interrumpieron proyectos en casi todas las áreas.

    Investigar donde el Estado se retira

    Hay un olor fétido. Apesta. Y apesta por la noche, por la mañana, cuando sopla el viento del sudeste y cuando llega el viento norte. Es algo insoportable, pero uno se acostumbra a todo, incluso a cosas olorosas. Se soporta la pestilencia hasta que después, cuando se huele una flor, hay una alegría tan simple que sentirla produce vergüenza. Como si no se mereciera siquiera el aroma de una flor. 

    Desde su nacimiento, las aguas turbias del río Reconquista, el segundo más contaminado de Argentina, bajan lentamente surcando meandros artificiales, producidos por constantes dragados en un intento inútil de hacer fluir la corriente y mitigar la contaminación. Es un río de llanura, sin pendientes ni apuro. El recorrido acabará 82 kilómetros después, desembocando su espeso líquido en el río Luján y luego aportará el 33% de los contaminantes del Río de La Plata. Durante ese trayecto atraviesa dieciocho municipios del Gran Buenos Aires.

    Allí viven más de cuatro millones de personas, desde villas miseria con casillas de chapa y madera hasta barrios privados y acomodados palacetes. Un crisol socio-económico compartiendo el mismo perfume: un río que huele a mil demonios bañándose en azufre. Agua intoxicada por desechos industriales, agroquímicos, un pésimo sistema cloacal, pequeños basurales y uno inmenso, la CEAMSE (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado), a donde llegan a diario miles de camiones con miles de toneladas de residuos.

    ¿Quién quiere científicos en este caos
    Fotografía: Facundo Nivolo

    Los asentamientos que se han constituido en las veras del río Reconquista son barrios densamente poblados. Casas precarias y amontonadas, separadas por angostos pasillos, laberínticas callejuelas de tierra, algunas pocas de asfalto partido, sin mantenimiento, limitado acceso o ausencia total de servicios públicos (alumbrado, agua potable, gas, etcétera). Una población que, desde fines del siglo XX, no ha cesado de llegar, producto de las sucesivas crisis del capitalismo industrial y del agronegocio que los ha expulsado paulatinamente del campo. Para ellos, los residuos, las montañas de basura, son una fuente de recursos donde rebuscarse la vida, la subsistencia económica y hasta la comida, además del paisaje cotidiano.

    Decenas de barrios fueron creciendo sin mayor planificación urbana, tan solo aquella que acude cuando la situación es incontrolable: casi siempre tarde y para asistir como quien coloca un remiendo sobre otro.

    Uno de esos barrios es La Cárcova, levantado sobre el relleno sanitario del basural. Allí comenzó el proyecto científico.             

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    Hay poetizas, poetas, y contaminación. Todos van a la escuela.

    Escriben en las pequeñas aulas, calurosas en verano, frías en invierno; en la sombra del patio con el mástil despintado y la bandera impecable. Una poetiza se sienta en las angostas escaleras, alguien sube, alguien baja. El despacho del director está en el primer piso y tres aulas más, todo apretado en la arquitectura. También escriben por las noches, pero a veces hay disparos, balas que van y vienen, se cuelan por una ventana zumbando como una mosca, un ajuste de cuentas que entra sin pedir permiso en una casa inocente, y es imposible concentrarse en la justicia del verso. Un tiempo hostil y con pájaros cantando por la mañana.

    Durante el día hay olor a guiso en el comedor escolar. Las manos de la cocinera y un cucharón de madera revuelven fideos y papas, y cada tanto pollo. Un poeta escribió: 

    Pequeño: qué pequeño que es este/mundo: paralelo y confuso/Confuso es el mundo conmigo. ¿Por qué es tan cruel el mundo? /Un mundo donde cabe el dolor y el amor

    ¿Lo escribió en los pasillos, entre los armarios, en el espacio común donde arrumban escritorios y pupitres desvencijados? ¿O en el aula de 5° año, viendo por la ventana que da a la calle, desde la que se puede ver la casa de enfrente donde hay una Santa Rita en flor y un carro atestado de cartones? 

    No se puede escapar de la realidad. Nadie puede. La realidad no golpea la puerta con dos toquecitos suaves. No. La echa abajo de una patada. No se escapa de la sangre de un amigo, de la casa en mitad del barrio prendida fuego por la defectuosa instalación eléctrica, de hurgar en la basura buscando comida y hurgar en la comida quitándole la basura. A veces no sale agua de la canilla, a veces sale marrón, otras con arenilla. A veces no hay luz. Casi siempre alguien ríe, la felicidad encuentra por donde brotar como un yuyo, la música, las letras, una palabra. Otro poeta escribió:

    Un chico vivía en la calle. Siempre se iba a buscar comida en la calle. Le gustaba ir al obelisco a sentarse a pensar qué haría de su vida, siempre pensaba en eso. Cuando iba a restaurantes veía cómo comían. Muchas veces intentó suicidarse, tirarse de un puente, pero la fe que sentía le hizo creer que algún día iba a lograr algo que lo salvara. Comenzó a buscar libros en cada volquete. Las personas de un comedor lo quisieron ayudar. Al día siguiente vendió 78 libros. Nunca se olvidó de las personas que lo ayudaron.

    ¿Lo escribió en la biblioteca, donde no caben cinco alumnos juntos? ¿O en el patio trasero, sentado al sol junto a los maceteros de madera que pretenden ser una huerta, ahí, bajo la pared en que alguien pintó una flor?

    Científicos, no sobra ninguno

    -Hay una fantasía, una ficción de que los problemas de la humanidad los va resolver la tecnología, una app. Los grandes problemas de la Argentina, hoy, son sociales- dice Silvia Grinberg, levantándose los lentes de sol, echando hacia atrás el pelo negro y ensortijado.  

    El proyecto científico comenzó en 2008 como una iniciativa de Grinberg desde la perspectiva de las Ciencias de la Educación. Seis años después, se transformó en una propuesta transdisciplinaria a la que se sumaron Gustavo Curutchet, bioquímico, y Ricardo Gutiérrez, de Ciencias Políticas, financiado por la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación. Cada uno de ellos forman parte del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), el mayor organismo de la ciencia argentina. Para el 2014 consiguieron instalar un laboratorio dedicado al estudio ambiental en la escuela pública N°47 del barrio La Cárcova, municipio de San Martín, provincia de Buenos Aires.

    ¿Quién quiere científicos en este caos
    Gustavo Curutchet, Bioquimico, UNSAM, junto a su equipo de investigación.Fotografía: Facundo Nivolo

    Es un laboratorio modesto y de pequeñas dimensiones. Hay una heladera para conservar las muestras. Un afiche explicativo sobre contaminación pegado en la pared con cinta adhesiva, un estante con materiales, reactivos, hisopos, pipetas, cuchara espátula. Al frente, una ventanita de ventilación y debajo de ella un cable de alimentación eléctrica que atraviesa la pared hasta el otro lado, donde se encuentra el patio trasero. A ese cable se conecta una bomba, mangueras y un sistema de tachos, diseñados por los científicos para remediar el agua: el reactor biológico.  

    Cerca de la escuela, a pocas cuadras de distancia, un arroyo y un canal saturados de mugre alcanzan su desembocadura en el río Reconquista, ambos recorren las entrañas y espaldas del barrio, al norte y al oeste. Detrás de ellos, el basural. La contaminación del arroyo, del canal, del río, llega a las casas. Se respira, hay enfermedades respiratorias, y otras que se impregnan en la piel. Los más viejos, los que llevan allí mucho tiempo, recuerdan cuando eran campos de totorales y había arboledas y tan sólo pasaba el tren. Ahora no hay nada de eso; sus nietos, de aquellos recuerdos bucólicos, no tienen más que el tren.

    Los campos se llenaron de residuos, los totorales quedaron sepultados debajo y los árboles se deforestaron. Las sucesivas crisis del sistema capitalista, la falta de políticas públicas para contener, mucho menos neutralizar las consecuencias. La desidia que siempre se acumula en las periferias de las grandes ciudades. El barrio no sabe que se ha desfinanciado la ciencia, o si alguno lo sabe es de los menos. Desconocen tales decisiones del gobierno. Le son ajenas, de otro mundo como un extraterrestre.

    Hay problemas y preocupaciones mucho más visibles e inmediatas: la falta de empleo, el hambre, el narcomenudeo, la basura, el día a día. Entonces, ¿qué es un científico cuando se tiene tan poco y se sufre tanto? ¿Qué importa la ciencia entre tanto caos? Allí, como en tantos otros barrios carenciados, los resultados electorales fueron favorables a Javier Milei. 

    Los camiones de saneamiento urbano cruzan el Camino del Buen Ayre , una autopista que recorre el conurbano bonaerense de norte a oeste bordeando el río Reconquista, hasta adentrarse en la CEAMSE (el gigantesco basural, uno de los mayores emisores de gas metano del mundo). Una vez, buscando cosas en los pilones de basura, un amigo encontró un brazo. 

    “La vida no es fácil”, dicen. Gustavo Curutchet, un pequeño grupo de vecinos y alumnos de la escuela secundaria 47 -poetas y poetizas devenidos en investigadores- ven los camiones ir y venir constantemente, hunden las zapatillas en la orilla cenagosa del arroyo para recoger muestras de agua y sedimentos con guantes de látex y frascos plásticos estériles de 100ml. Luego, irán a indagar en las aguas verde metalizado del canal. 

    ¿Quién quiere científicos en este caos
    Los científicos toman muestras de aguas contaminadas. Fotografía: Facundo Nivolo

    Todos esos frascos, grandes, medianos y pequeños, tubulares, cilindros transparentes, llenos de aguas marrones, de tierras verdosas con manchas negruzcas, arenilla seca, algas babosas; capsulas de Petri y sus colonias de bacterias, tubos Falcón con agua negra, tubos Eppendorf con sedimentos grises; toda esa información no develada, escondida y peligrosa. ¿Qué diminutas enfermedades hay en los frascos? Los alumnos contemplan de cerca los recipientes buscando en ellos la certeza de algo que ya saben. Después de colocarles a cada uno los datos en una etiqueta los conservan en la heladera del laboratorio escolar. Otra buena cantidad de muestras, por duplicado, son llevadas directamente al laboratorio de la Universidad Nacional de San Martín, de la que dependen los científicos.  

    *** 

    ¿Será que el agua de mi casa está contaminada?, dicen. 

    Es algo perturbador. Abrir la canilla, ver caer el agua con desconfianza. La misma que se utiliza todos los días para cocinar, para tomar mate, para bañarse, para vivir; saber que las marcas en la piel, el ardor en los ojos, en la garganta, las descomposturas estomacales… Después de acumular muestreos, análisis, comprobaciones, y determinaciones por más de catorce años; muestras tomadas del arroyo, del canal, del río, de la laguna artificial formada en la vieja tosquera, de los zanjones que circulan dentro del barrio formando un entramado cloacal a cielo abierto, de los tanques de agua de las casas; sedimentos de aquí y allá; sedimentos, lo peor son los sedimentos. 

    Gustavo Curutchet mira al auditorio. Antes de hablar vuelve la vista a su lado, a Silvia Grinberg, de pie, serena, acomodándose el pelo negro y ensortijado. Luego, al otro lado, donde está sentado, con las piernas y brazos cruzados, Ricardo Gutiérrez. Y entre ellos las miradas van y vienen y otra vez reparan en el auditorio. En su mayoría mujeres (madres, hijas, hermanas, tías, abuelas), algunos hombres jóvenes, de rostro adusto, y viejos de manos curtidas y piel de tierra. Todos están sentados, congregados en mitad del gran comedor escolar.

    Por la cabeza de Gustavo, a pesar de haber preparado el discurso durante toda la semana, sigue sucediéndose la traducción de terminologías bioquímicas en palabras coloquiales que expliquen la complejidad de los estudios realizados.  

    ¡Un sulfuro volátil! Nadie anda por el barrio gritando “ahí va un sulfuro volátil… atrapen a ese sulfuro volátil”. De hecho ¿cómo se atrapa un sulfuro volátil? ¿cómo se lo distingue si viaja en el viento? Están en los sedimentos, lo peor son los sedimentos. Llenos de sulfatos. Derrame de hidrocarburos, cincuenta y cinco por ciento. ¿Dónde? Algún camión desagotó sus deshechos durante una noche oscura, el líquido derramado se filtró bajo la tierra, también cavaron sepultando los tachos como quien esconde un cadáver. ¿Cómo saben? Gravimetría previa extracción con hexano. Eso no puede traducirse. Investigación, trabajo de campo.

    ¿Quién quiere científicos en este caos
    Inóculo de aguas grises obtenidas del Río Reconquista. Fotografía: Facundo Nivolo

    Gustavo mira al auditorio, a Silvia, a Ricardo. El auditorio los mira. ¿Alguien derramó hidrocarburos y sepultó los tachos? Sí. Alguna empresa sin control estatal. Altas concentraciones de materia orgánica. ¿Es culpa nuestra?, piensan, murmuran. Escuchan. Y lo que escuchan: concentraciones de metales que denotan contaminación de origen industrial y que se encuentran por encima de valores guía de normativas de diferentes países… Cadmio, cromo, cobre, cinc. ¿Quién arrojó cadmio? ¿Acaso usted tiró cromo, cobre o cinc? Un silencio irascible grita en el auditorio, aturdiendo a todos.   

    La ciencia avanza que es una barbaridad

    Para el año 2015, con la llegada de Mauricio Macri al poder, el sector científico vivó cuatro años de algo que bien podríamos llamar, a duras penas, subsistencia. El recorte presupuestario realizado durante su mandato afectó severamente las condiciones de los investigadores. Ahora, diez años después, puede apreciarse como un prolegómeno de lo que vendría. En el año 2021, el Congreso Nacional sancionó la Ley 27.614, proclamada como “Ley de Financiamiento del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación”, y la cual aseguraba un crecimiento sostenido en materia financiera, así como también asignaba otros tantos recursos claves.  

    La motosierra del gobierno libertario fue implacable con la ley y con la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (la que tiene una función específica: asignar y destinar fondos al aparato científico). 

    En un comunicado emitido por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) se desglosa no solo la falta de fondos, sino también la cancelación de los contratos con todas las grandes editoriales del mundo. La suspensión, casi en su totalidad, del programa Raíces (destinado a la repatriación de científicos), y el desfinanciamiento de, prácticamente, todos los programas de colaboración internacional y multilaterales de cooperación científico-tecnológica, fueron consecuencias de las politicas de ajuste del gobierno libertario.

    También se interrumpieron los programas Construir Ciencia y Equipar Ciencia,  y la imposibilidad de gestionar certificados para la importación de insumos y bienes de capital la eliminación de grandes equipamientos, el incumplimiento de contratos y de convocatorias evaluadas y aprobadas, la parálisis del Consejo Interinstitucional de Ciencia y Técnica, la interrupción de los programas Construir Ciencia y Equipar Ciencia,  y la imposibilidad de gestionar certificados para la importación de insumos y bienes de capital. 

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    Silvia Grinberg, Ciencias de la Educación, UNSAM (Universidad Nacional de San Martín). Fotografía: Facundo Nivolo

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    Hay poetizas, poetas, y contaminación. Todos van a la escuela.

    Antes de dormir, piensan. Y mientras duermen, si la noche es calma, los sueños son un refugio agradable. Una posibilidad, el escape de un laberinto o de una cueva. Todas las casas sueñan. Pueden escucharse los sueños rebotando en las almohadas, sacudiendo las piernas bajo las sábanas. Los sueños hacen mover al barrio. Un poeta escribió:

    Un domingo jugando un campeonato en Carcova me vio un señor. Me preguntó si podía unirme al Club Deportivo Español. Me probé de lateral derecho. Quedé. Tomaba tres colectivos. Sabía que se necesitaba disciplina y sacrificio. El D.T un día nos contó de una propuesta en México. Yo tenía muchas ganas de conocer, pero teníamos que hacer el pasaporte. No llegué con la plata y no pude viajar. Decidí no ir más al club. Espero algún día volver y hacer lo que más me gusta. Pero ahora voy a la escuela y no quiero volver a ilusionarme.

    ¿Lo escribió durante el recreo, mientras miraba a los demás jugar un partido? ¿O en la cancha del barrio, donde el campo de juego es tierra seca, piedras y vidrios de botellas rotas? 

    Y entonces caminan por las calles que después de la lluvia son un fangal intransitable. Las calles de asfalto partido hacen grandes charcos que los viejos no pueden saltar, y en los techos hay goteras. La vida puede parecerse al final, a un silencio escrito en la primera soledad. Una poetiza escribió:

    En un piso liso, con pasto y aromas, cruzan mil sombras y las flores que se ahogan. / En un paraíso donde las almas se lamentan, el agua se seca y los pastos se aceleran. / en 3 tumbas, 8 muertos. / Puertas rotas enojadas por el olvido y el silbido sin ruido de un guardia arrepentido. / Había tres puestos afuera del cementerio. En cada uno de ellos intercambiaban flores por dinero. / Lloran las flores, se caen las rocas, piedras preciosas de color rosa. / En los pasillos de la cama una viuda andaba buscando a su pareja para llorar de tristeza.

    ¿Lo escribió en la soledad de su cabeza, desoyendo el barullo de los compañeros que no querían escribir? ¿O fue en un día nublado, sentada en la escalinata de la entrada, esperando que abran las puertas porque llegó temprano después de una mala noche?

    Del laboratorio al exilio

    En octubre de 2025, Silvia Grinberg contaba con los dedos, nombraba a cada uno de los investigadores de su equipo que se fueron del país a causa del ajuste presente y futuro, aún quedan dos años de gobierno y el presupuesto destinado para la ciencia en el 2026 augura tan solo desolación. Según el Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación -CIICTI, presupuesto destinado para estas áreas se reduce a menos de un tercio de lo que estipula la ley. El índice es fulanito de tal, se fue a España, el mayor a Australia, el anular eligió pasarse al sector privado, el meñique optó por dedicarse a un empleo trabajando de cualquier otra cosa, tiene dos hijos y no llega a fin de mes.

    Como no le bastó el pulgar que le quedaba, continuó con los dedos de la otra mano. Cuando dejó de contar, con el gesto indignado y triste, se subió al estrado y presentó su trabajo en el marco del 1° Coloquio: “Violencia en la educación, escuelas en territorios de conflicto”, en el Cinvestav, en México. Allí narró la historia de Facundo, un alumno entusiasta del laboratorio ambiental de La Cárcova que había abandonado la escuela atraído por el narcomenudeo, el cual le aseguraba un ingreso económico entre tanta miseria. Facundo, que antes de ser soldadito fue poeta, escribió: 

    Fue un día soleado /cuando pensaron armar la casa / en honor a los pibes que murieron / para que se sepa que siempre / los vamos a recordar.

     

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